La medicina del bienestar y la felicidad

En 2017 empecé mis columnas advirtiendo, o mejor, insistiendo en la locura en la que se encuentra el planeta a causa del uso desmedido de las llamadas redes sociales. Como una pandemia que afecta la mente de millones de personas, califiqué la adicción a las mismas. 2018 comienza con una advertencia de la Organización Mundial de la Salud, ente universal que va a incluir la adicción a los videojuegos como una enfermedad que trastorna la psiquis, la mente y el comportamiento de quienes abusan de las tecnologías virtual y digital modernas. Un S. O. S. de la O. M. S. a los adultos en el mundo que vienen haciendo un desmedido uso de las redes sociales dando un mal ejemplo a los niños y adolescentes, actitud intergeneracional que tiene enganchados a millones de mujeres y hombres a sus móviles, computadores, tabletas y demás aparatos electrónicos, que además de generar ansiedad y depresión, impiden que sus usuarios lleven una vida armoniosa, plena y placentera. La falta de control sobre la frecuencia e intensidad en el manejo de las redes afecta a una elevada tasa de ciberadictos en el planeta. Además, los grupos de WhatsApp se han convertido en una pesadilla y en un problema mayúsculo por el manejo desbordado del sistema generando conflictos sociales, rupturas de relaciones de pareja y otros fenómenos negativos de interactividad personal y social.

 

Las campañas electorales se convirtieron en guerras personalistas y en ofensas e insultos recíprocos de los candidatos; los colegios, con sus alumnos y padres de familia, han hecho de esta asombrosa y prodigiosa tecnología un escenario propicio para el llamado matoneo y ni qué decir del manejo de las relaciones de miles de parejas para destruir un nexo afectivo por un mensaje de texto o una pose con un tercero. No cesará este columnista de insistir en la parodia o farsa de vida de quienes creyéndose superiores y únicos se han desbocado exhibiendo egos supremos, publicando en estas redes aspectos y episodios de la vida de los que se creen estrellas posando ante las cámaras digitales e ingenuamente se auto engañan creyendo que sus miles de seguidores son sus admiradores reales, y peor aún, sus amigos. Fundamentalmente la alta tecnología de los computadores, celulares y tabletas provienen de los Estados Unidos, ya que en California, Seattle y otros estados tiene sus principales centros Apple. Los chinos han sido la competencia con la poderosa empresa Huawei, que ha tenido una gran fuerza en el mercado de la moderna tecnología digital. Irónica y paradójicamente las dos naciones que hoy son la mayor fuerza económica en el mundo, han producido al mismo tiempo los sabios y genios de la ciencia y la tecnología, pero también los más grandes pensadores del difícil arte del buen vivir. Ambas potencias, como es lógico, aprendieron de las insignes civilizaciones egipcia y griega. En la vieja China, emperadores, filósofos y artistas, pregonaron la vida sencilla, simple, aldeana, exenta del vértigo de la velocidad de la vida moderna. Hoy, la nueva China pos maoísta y excomunista, olvidó las enseñanzas de sus antepasados y se convirtió en feroz capitalista mundial. También la unión americana de hace cerca de dos siglos tenía entre los suyos a excelsos filósofos, sabios, pensadores y poetas pregoneros de la vida sosegada y simple, muy distintos a los ricos exhibicionistas y deshumanizados, entre los cuales su principal representante hoy es el primer mandatario, Donald Trump.

 

Emperadores de las viejas dinastías chinas jamás imaginaron que más de dos mil años después, su bella, campesina y tranquila tierra se convertiría en el asiento de centenares de negociantes y mercaderes ávidos de dinero y que colonizarían al mundo para enriquecerse y competirle a su rival de siempre, la potencia gringa. Igualmente, hombres epónimos y de un humanismo excelso como Walt Whitman, Ralph Emerson y Henry David Thoreau, entre los principales, nunca pensaron que sus grandes ideas en favor de una vida bienaventurada y feliz, aldeana, frugal y carente de lujos exóticos, desaparecieron y en su lugar se impusieron las de los ricos de nuevo cuño, vastos, materialistas, egoístas y mezquinos que enfrentados a los chinos pretenden apoderarse del mundo y sumir en la pobreza y el hambre a la mayor parte del mundo.

 

Emerson y Thoreau sentaron las bases de una vida feliz y simple hace más de 150 años. Amor al conocimiento, a la naturaleza como máxima expresión de Dios, la vida solariega, la confianza en uno mismo (conocerse y amarse), la contemplación de todo lo que existe como fuente de gozo y disfrute de la vida son en esencia los pilares del bienestar y la felicidad del ser humano. Principalmente el último de los pensadores, concibió la palabra eupéptica o generante del bienestar y felicidad, que combate y aleja la maldad y el dolor, factores que arruinan el buen vivir.


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Autoestima: antídoto contra el mal vivir

No obstante ser la autoestima una necesidad básica del ser humano, un derecho natural de toda criatura racional viviente, ella fue despreciada en épocas pretéritas y actualmente no se le da la importancia y muchos escritores creen que se adquiere mirándose en un espejo y repitiendo frases mecánicas nos alentamos a nosotros diciéndonos que somos bellos, inteligentes o grandes seres humanos. La autoestima es un corroborante de la mente y del espíritu que nos mueve a sentirnos únicos e irrepetibles, capaces de vivir una vida alegre y con gran sentido y cuando nos trazamos metas confiamos en obtener buenos resultados. Creerse ganador, sentirse entusiasta, no desfallecer ante obstáculos normales es la conducta de quien tiene buena autoestima. Confiar en nuestra capacidad de emprendimiento y enfrentarnos a los desafíos normales de la vida es el sello que caracteriza al entusiasta, al que tiene buena estima de sí mismo y se tiene la valía que todos debemos tener.

 

Difícil sí resulta tener altos niveles de autoestima en una sociedad que ha sido construida sobre la base de sentimientos de inferioridad, especialmente para las mujeres, pero que también afecta los varones. La religión católica, que es la que en su mayoría rige las conductas de millones de personas, menosprecia a cada individuo hasta el punto de convertirlo en un mero juguete monitoreado por el Dios del cristianismo, desfiguración y tergiversación de la doctrina de Jesús bien distinta a la concebida en la biblia y predicada a los feligreses por los sacerdotes, obispos y papas en todo el mundo. Pecadores y aspirantes al fuego eterno nos consideran el cristianismo, manchados del pecado original y criaturas tentadas por el demonio, es el concepto que la iglesia católica tiene de sus adeptos, lo que evidencia un desprecio enorme por la autoestima de hombres y mujeres.

 

Débiles de mente es lo que forman las religiones y en especial la cristiana. Neuróticos, psicópatas y candidatos al suicidio es lo que fabrican las diferentes concepciones religiosas, dentro de las cuales la musulmana sobresale sobre las demás. El sentimiento de inferioridad al que ha sometido el catolicismo a sus feligreses mujeres, es innegable; se les ha prohibido ejercer el sacerdocio, se les tiene como demonios tentadores con su carne del hombre. Cultura anti femenina pregonada en los púlpitos y altares, hogares y otras instituciones sociales; en suma, un arsenal utilizado contra las mujeres y en menor grado contra los hombres. Las mujeres de 30 ó 35 años eran consideradas antaño indignas del amor y de conseguir pareja, millones languidecieron y murieron por causa de una cultura patriarcal, machista y radicalmente misógina o enemiga de la mujer. Todavía, sobre todo en las áreas rurales, quedan rezagos de este sentimiento de inferioridad alimentado en el género femenino. El elogio y la crítica son los elementos que potencian o menguan la autoestima de las personas.

 

En épocas pasadas no existían los elogios ni el reconocimiento expreso para los hijos, no se daba el comportamiento tan necesario para el niño de recibir afecto, reconocimiento y elogio de sus padres. En los tiempos que vivimos del siglo XXI se pasó al extremo y el elogio, el refuerzo de la conducta y la motivación personal hacia los hijos, se sobrevalora, se dimensiona en exceso las cualidades de los mismos.

 

Cualquiera de los dos extremos es dañino y vicioso dado que, como lo enseñan los griegos, el término medio es la fórmula adecuada. Los psicólogos aconsejan no devaluar al infante, como lo hacían los padres de antes, ignorarlos y considerarlos ineptos y brutos, prédica repetida por educadores y propenden, al contrario, por elogiar mesuradamente a los párvulos. El elogio exagerado es inadecuado, el que aplican muchos padres modernos de considerar a sus hijos más sabios, unos bellos ejemplares de la raza humana, unos superdotados. Los niños de antes, para ser considerados buenos y modélicos, debían permanecer inmóviles y en silencio; actualmente se evalúan mejor los avispados, alegres y dinámicos.

La obediencia irracional al maestro o a los padres, la aceptación mecánica hacia el mandato de los superiores, es cosa del pasado, el hijo y el niño en general merece respeto y libertad de mente. El problema radica en que los papeles o roles se invirtieron y ellos, los menores o infantes, son los reyezuelos, los dictadores, los impositores de ideas, conceptos y actitudes dentro de la familias. Replantear la forma de elogiar y criticar a los hijos es un imperativo para adecuar las conductas de autoestima de las mujeres y hombres de hoy y del mañana.

 

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El buen vivir de las mujeres

El masculinismo, que ha caracterizado la historia de la humanidad, ha reducido a la mujer a una sirvienta, en otros tiempos condenada a vivir solitaria y despreciada dentro en un núcleo familiar en el que el padre era el poderoso y omnímodo amo y sus hijos, meros vasallos. En el medio siglo último las condiciones materiales, sociales y personales de las mujeres ha mejorado pero lejos está de haber alcanzado esta mayoría de población del mundo una vida de alta calidad.  El servilismo, la esclavitud y discriminación cambiaron de ropaje, más no han desaparecido del mundo de las mujeres que siguen siendo discriminadas y caprichosamente manejadas por otras tiranas que no por aparentemente inofensivas continúan siendo un obstáculo para que la felicidad, el bienestar y la buena vida sean el sello de la existencia de millones de mujeres que sueñan con ellos pero sin que les sean fácilmente accesibles.

 

En otras épocas la iglesia, los padres y la sociedad en general condenaban a las mujeres a una vida poco atractiva y confortable.  En la actualidad están ellas bajo el control de la moda, los mitos, el poder avasallador de los medios de comunicación, y últimamente, juguetes robóticos de instagram, facebook y las innumerables aplicaciones que se apoderaron del mundo y sus habitantes.  Las ilusiones, sueños y proyectos de las mujeres las hace ver que pueden fácilmente alcanzar el paraíso existencial, empero muchas sucumben a una pesadilla que las lleva a tener una vida triste y una vejez horrible e inhumana.  En el amor, en el trabajo y en muchas otras facetas de la vida de las damas se viene imponiendo la tecnología y las  pobres no pueden ser ellas mismas pues el aparato electrónico les regula sus vidas sin que se conozcan a ellas mismas ni que tengan la oportunidad de acceder a una vida auténtica, personal e individual, sin una programada por quienes manejan y crean toda la parafernalia cotidiana de ellas. La inteligencia personal, emocional y de otro tipo ha desaparecido progresivamente de la humanidad de estos tiempos, pero especialmente de muchas mujeres que se contentaron con la artificial, la virtual, la de esos adminículos rectangulares sin los cuales ni pueden vivir, ni amar, ni relacionarse con el mundo exterior.

 

Ya no se les diseña solamente vestidos, zapatos, bolsos, relojes y accesorios de todo tipo a las mujeres del siglo XXI, sino su intelecto, su emocionalidad, su capacidad laboral por medio de diseños supuestamente virtuales inteligentes.  Las neuronas de hombres y mujeres, pero más las de ellas, se están muriendo no por uso o paso del tiempo, sino por la incapacidad asombrosa de pensar, de crear, de investigar y estudiar, todo lo están dejando en el apéndice cibernético en el que se convirtieron los móviles, tabletas y demás aparatos electrónicos que invaden el planeta.  No estamos los humanos evolucionando, sino involucionando; marchamos a pasos agigantados hacia la autodestrucción emocional, espiritual e intelectual.

 

Las mujeres han sido objeto de posesión de los hombres, víctimas de un modelo exagerado de belleza corporal, de la maternidad como vehículo de autorrealización personal. Nada hay más mentiroso, nocivo y dañino para las mujeres que las consideren, valoren y estimen solo por su apariencia física y por la bobalicona idea que todas han de ser reinas.  No existe halago mayor para una dama que la traten de bella y le den el título o rótulo de reina.  Veneno encierra este trono creado por el hombre como señuelo de buena vida, pero que no pasa de ser más que la engañifa y estafa superior del sexo masculino que les crea esa falsa expectativa de acceder a un buen vivir si son o se comportan como reinas.  Veremos en artículos futuros como las mujeres que mejor se lo han pasado en este tránsito por la tierra son las rebeldes, las inconformes, las salidas del patrón cultural de belleza física y atractivo personal como señuelo para conquistar al hombre de su vida.

 

Los pecados capitales también atenazan el espíritu y el alma de las mujeres, pero ninguno como la soberbia, enmarcada en lo que el Eclesiastés bíblico llama vanitas, vanitatum, omnia vanita (vanidad de vanidades, todo es vanidad) el pecado supremo, capital y demoníaco del género femenino.  La soberbia, el orgullo y la vanidad llevan casi siempre a la mujer al abismo.  Lo reafirma la historia:   la caprichosa, vanidosa y despilfarradora hija de los reyes austríacos, Francisco I y María Teresa, tuvo una vida corta y la perdió en sus desvaríos por el poder y el malgasto excesivo hace más de dos siglos. 

 

Que ser reina es una desquicia antes que un privilegio lo prueba también la parábola de vida de la emperatriz austríaca, Elizabeth o Isabel de Baviera, conocida también como la Sisi, tuvo una vida de lujo descomunal, poseyó palacios, castillos, joyas, viajó incansablemente, se dió innumerables caprichos y sin embargo era triste y desgraciada en su vida matrimonial con su esposo Francisco José, emperador de una de los imperios más grandes del siglo XVIII, quien gastó su vida trabajando y sin gozar la vida como debe hacerse. 

 

Las ingenuas e incautas mujeres de este siglo que se sientan halagadas y se creen el cuento de hadas del príncipe azul y que aspiran a tener el título pseudonobiliario de reinas, desconocen un proverbio antiguo:   “Los príncipes y las princesas son simplemente esclavos de su posición”.  Tampoco probablemente desconocen lo que sentenció otra famosa de la realeza francesa: “No tengo por muy feliz la condición de reina, se padece la mayor de las coacciones y no se disfruta de ningún poder, una es como un ídolo, debe aguantarlo todo y encima sentirse contenta”. Se dice que mejor se la pasan las condesas.  La cantante Madona, que ha utilizado su cuerpo y su sensualidad sin ser un espectáculo de belleza, se ha proclamado la “reina del mundo”, aun cuando agregó que nadie ha dejado su trono por ella.

 

Hace poco falleció la duquesa de Alba, mujer que a pesar de tener muchos títulos, fue rebelde, irreverente y desafiante; supo vivir sin importarle el qué dirán, ese enemigo supremo del buen vivir femenino.

 

Chavela Vargas, la exitosa cantante costarricense que se hizo en México, fue la típica mujer indómita, auténtica, que le importó poco los corsetes y las creencias que la sociedad impone; se bebió la vida hasta una edad avanzada; supo sacarle provecho a su talante musical y sus ansias de enfrentar rabiosamente el machismo del país azteca.  Un gran ejemplar del buen vivir.

 

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Progreso material vs felicidad personal

Durante los días de agosto de 2017 que la Medellín primaveral celebraba su fiesta anual de la Feria de  las Flores y miles de paisas y de extraños se entregaban a la ingesta de nuestra bebida alcohólica, el aguardiente, me fui en compañía de unos seres entrañables a la sala de cine independiente, Las Américas, para disfrutar una película curiosamente producida en Canadá, que lleva por título un nombre que sugiere una temática bastante sugestiva ya que apunta a la ilusión de vivir algo parecido al poema del gran poeta español, Calderón de la Barca, La vida es un sueño.  La trama central hace referencia al típico hombre de clase media con esposa y dos hijos; ella, gran consumista para llenar su aburrida vida matrimonial, y él, entregado frenéticamente a hacer dinero para tener una bella casa y confortable en la que concurre la tediosa existencia de la pareja, conformista con su rutina sexual y poco placentera.   El escenario en el que se rodó la película es extraordinariamente atractivo, pues nos muestra la hermosa y elegante Quebec, urbe por excelencia del Canadá franco parlante.   Cualquiera imaginaría viendo parajes, calles, monumentos y casas tan atractivos al ojo humano, que es el lugar ideal idílico para vivir a plenitud la felicidad personal y familiar.  Sin embargo, el gran mérito de la cinta consiste en tratar con maestría el tema fundamental en que se debate la sociedad moderna:   la tecnología como supuesto progreso material y el concepto de civilización.

 

Para muchos vivir en este doblemente frío país (en clima y en relaciones apáticas personales) presupone una condición de la cual derivan la felicidad sus habitantes; no obstante, al final la enseñanza y el mensaje que se extrae es que puede vivir mejor un campesino de la Antioquia rural o de la Andalucía española que los nativos de América del norte.

 

Con una vida frenética, colmada de gastos y facturas y una infelicidad conyugal manifiesta, en la que la sexualidad genital de los esposos es tan pobre y escasa de satisfacción, que el sexo solitario es la única forma de desfogue del atribulado cónyuge y padre de familia que termina arruinado y por supuesto, aplicando la frase de Máximo Gorki, según la cual cuando el hambre entra por la puerta, el amor sale por la ventana, que la antes supuestamente cariñosa y sumisa esposa termina mandándolo a dormir en lo que por estas tierras llamamos el cuarto de San Alejo.  La película es de una gran riqueza argumental, pues muestra crudamente la forma de vida del típico hombre de clase  media que vive de la apariencia y que a cambio de una casa confortable y unos muebles y enseres aparentemente bellos, renuncia a una satisfacción individual en el plano emocional, intelectual, cultural y sexual. 

 

El drama urbano cotidiano del hombre norteamericano que vende su alma al diablo del consumismo es magistralmente retratado en esta excelente cinta producida en un país que no tiene tradición en el arte cinematográfico.   Que los valores humanos es países como Canadá, Estados Unidos y otros nórdicos europeos están más retrasados que la tecnología, queda demostrado en el guion que dura casi dos horas.   Escenas y diálogos cargados de realismo y dramatismo conyugales hacen de la mencionada cinta una de las mejores que he visto en los últimos días.

 

La falta de civilización de América del norte y Europa nórdica se patentiza en este culebrón conmovedor que como el buen cine, se proyecta en pequeñas salas donde se degusta este bello arte y no en las grandes en las que la ficción exagerada aburre hasta el hartazgo.   Como niños confundidos padres e hijos juegan en los roles conocidos de la pareja típica pequeñoburguesa como un supuesto marco idílico de confort habitacional, pero con una pobreza emocional extrema.  Los juguetes de unos y otros son los mismos de nuestra familia clase media latinoamericana, que juegan a ir a otros planetas mientras olvidan disfrutar su única vida terrenal que tienen.

 

El deleite y goce de vivir grecorromano de la Europa y África mediterráneas no aparecen en el paradigma de existencia de la América y Europa Nórdicas.

 

Ejecutivos agresivos, competitivos e infelices abundan en los países llamados desarrollados, pero sus vidas son desconcertadas e insatisfechas, lo que demuestra que las mencionadas naciones  conocieran primero la tecnología pero no han podido aun conocer un grado de civilización que les permita a sus nativos vivir alegre y placenteramente.  Este último modo de vida es el que los griegos llamaban bárbaro y es el que impera en nuestras Colombia y España de estos tiempos así muchos crean vivir civilizadamente.

 

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La vida serena y apacible

El mundo moderno es demasiado tenso y por tanto los habitantes que poblamos la tierra en este siglo XXI nos tomamos la vida de una manera distinta a cómo ha de vivirse.  La teología cristiana nos ha enseñado a ver la vida terrena como un castigo por el pecado cometido por Adán y Eva y los sacerdotes predicadores de la fe, dos veces milenaria, nos invitan añorar una buena vida de ultratumba, aquella que ha de suceder a la muerte y de la que no sabemos a ciencia cierta si existe, a cambio de sacrificar la única que poseemos en este tránsito temporal por la tierra. 

 

El concepto pagano de los griegos, más pragmático y menos rígido, particularmente el segundo por la filosofía hedonista y epicureista, parece más acorde a la débil y frágil condición humana.

 

El budismo y el hinduismo, religiones aparentemente tristes, practicadas por millones en el mundo oriental, generan individuos al menos más resignados y menos exigentes que nosotros los habitantes de occidente, probablemente más felices y alegres dentro de su pobreza material, pero con una inmensa riqueza espiritual.

 

El cristiano ortodoxo quiere que seamos inocentes, tontos y poco educados, pues según sus enseñanzas extremas es la única manera de llegar al reino de los cielos sin habernos gastado la vida hasta el último segundo con mucha voracidad y alegría. Conocimiento y sabiduría son conceptos que para la religión judeo-cristiana no generan felicidad, cuando sabido es que una mujer y un hombre cultos, educados y sabios tienen mayor vocación de alcanzar una vida dichosa.  Algún pensador dijo con demasiado tino que quien leía tenía la posibilidad de vivir miles de vidas, en tanto que quien no lo hace vive una muy estrecha y deficiente.  

 

Desde la infancia ha de practicarse la afición por la lectura, no impuesta sino producto del deseo de superación y conquista del saber que hace de quienes adquieren tan noble y provechoso hábito una persona atractiva, singular y con carisma especial.  Si en la niñez los juegos han de ser el escenario primordial del infante, la tertulia, la charla compartida, de tienda, de plaza, lo ha de ser para el joven para quien se abre su vida a un futuro halagüeño y prometedor.  La gallada, la patota o la barra barrial y callejera de quienes vivimos la niñez hace algunos años han desaparecido.  Esa alegría bullanguera y esa amistad despreocupada y sana de otros tiempos no muy lejanos que no pueden vivir los jóvenes de ciudad de ahora, son propicios para formar adultos alegres y optimistas, tan escasos cada día más.

 

Cada vez que nos volvemos más viejos, adultos, más maduros, dejamos atrás una época aventurera que le da a la vida un sabor especial, pues como dijo alguien, un anónimo: “una juventud sin travesura es una vejez prematura”.  Si queremos llevar una vida bienaventurada y dichosa durante la adultez y la vejez, debemos practicar el rito humano más exquisito y rejuvenecedor del espíritu: la conversación. Nada hay más inhumano que crear lazos afectivos, amistosos y solidarios con otros de nuestra especie a través del diálogo, de la conversación, de la charla, todas estas hermosas acciones que ha desplazado, primero la televisión, luego internet y ahora los teléfonos móviles y las redes sociales.

 

Si la humanidad supiera darle valor al arte de la palabra, el más grande y precioso de todos, no estaría en el presente inmersa en esa fatídica manía de comunicarse virtualmente, ejercicio que está debilitando el habla y promocionando seres autistas y mecánicos.  Las pasiones, los deseos, los miedos, los temores y toda una gama de sentimientos que nos hace profundamente humanos los estamos evitando cuando cada vez nos comunicamos menos en forma personal, cara a cara y lo hacemos por medio de una vida gélida y pantallera.

 

Si la cultura comprende el vivir las pasiones, las ambiciones, los deseos como el hambre, los dolores, el enojo, etc., la subcultura de la informática practicada como se hace ahora por muchos millones de personas en el mundo, pueden ser consideradas incultas en el arte del buen vivir.

 

Muchas gentes se quejan, se duelen que la vida es corta, pero no hacen nada para aprovechar los años que perduran en esta tierra y desperdician horas, días y meses en practicar actividades inocuas e improductivas para el espíritu como jugar cartas, beber alcohol o pasar noches enteras en recintos oscuros y bullosos, exhibiéndose, creyendo que están intimando con otros y cuando están en soledad se sienten vacíos y quieren repetir su existencia rutinaria y monótona de rumba y diversión exagerada.

 

Quienes aprovechan sus horas libres para leer o realizar una actividad manual o de otro orden que los enriquezca y viven la vida a plenitud pueden irse de este mundo con edades relativamente juveniles, pero conscientes de haberle sacado el mayor jugo y provecho al paso por el mismo.  Quien así ha vivido puede expresar al morir:   vaya viejecito tan agradable he tenido o que buena estuvo la función o no perdí mi tiempo y mi vida que es el mayor pecado que existe.

 

Si nos comparamos con una fruta que sabe mejor cuando madura o con el vino, no hemos de tener temor a vivir una niñez feliz, una juventud alocada y una vejez serena, ella será una buena vida exenta de preocupaciones innecesarias.

 

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Hace unos dos siglos atrás, tanto en España como en las comarcas americanas conquistadas por la llamada Madre Patria, la religión católica era la base fundamental de las familias y por ende de la sociedad.  Si bien es cierto que en el aspecto social la tradición cristiana le ha hecho mucho daño a la humanidad con sus prédicas moralistas, conservadoras y puritanas, tópico en el cual el mundo árabe de tradición musulmana es menos rígido y más libertario aun cuando muy machista, en otros aspectos la iglesia católica le hizo un enorme beneficio a la sociedad de antaño, estrictamente apegado a su código religioso resumido magistralmente en el catálogo llamado los Diez Mandamientos.

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Hace algunos meses un ministro del Japón propuso eliminar la enseñanza de las disciplinas filosóficas y humanísticas de las universidades niponas. Nada raro en estos asiáticos que andan por la vida pensando solo en tecnología y han hecho del trabajo las metas de sus vidas, actitud que les acarrea que mueran infartados y presenten niveles altísimos de la enfermedad llamada karochi, que lleva a muchos al suicidio. 

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El fútbol, que fuera inventado por obreros ingleses en las horas de descanso de sus jornadas laborales, nació como una actividad eminentemente lúdica, esto es, con un sentido y finalidad de diversión y competencia exenta de cualquier interés económico. Una centuria después devino una mercancía vulgar y los jugadores auténticos esclavos, pues a la manera del Imperio Romano, más que personas son todavía en estos tiempos cosas que se transfieren incluso contra su voluntad a través de los llamados pases, que en casos de figuras estelares del balompié constituyen transacciones multimillonarias en euros y dólares.

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En este alborotado mundo poblado por diferentes tipos y clases de gentes, existen dos raleas antípodas una de otra pero que significan la condensación de la condición humana.  Demás está decir que abundan más los segundos que los primeros y tienen mayor influencia sobre la vida de los ciudadanos del mundo y con honrosas y contadas excepciones constituyen la plaga que tiene sumido al planeta  en un completo caos.

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