¿Qué hacemos con tanto para “digerir”?

Por: Juan Camilo Clavijo


Juan-Clavijo
@Myloclamar

En el S. XX la lectura se consolidó como el medio para dotar de herramientas y “filtros” al hombre para comprender la realidad. Los periódicos y la radio jugaron un papel vital en ese momento de la humanidad. En la segunda mitad de ese siglo con la televisión aparecieron sus noticieros y periodistas, y la lectura seguía teniendo un rol importante. En el S. XXI, es el Internet quien domina. En él, el 80% de los contenidos que se consumen son videos y 500 horas de video son subidas a la red por minuto. Entonces ¿Cómo hacemos para “digerir” toda esta información en este siglo? 

El coronavirus, el terrorismo, la xenofobia, las crisis económicas y políticas son aumentados por los ecos de Twitter, Facebook e Instagram sin ningún límite. Los usuarios recibimos toneladas de información que no podemos procesar en tiempo real. Nuestro cerebro se ha convertido en un receptor de datos, conversaciones y debates, sin ningún tipo de análisis.

La “digestión” y análisis que damos son repeticiones incesantes de artículos o entrevistas de personas con quien compartimos creencias y puntos de vista, que en muchos casos ni influencers, periodistas o ciudadanos sabemos de dónde vienen, o siquiera si son reales. Por ejemplo, “árabe = musulmán = terrorista”.

Los avances tecnológicos, económicos y sociales durante toda nuestra historia han acumulado tanta información y tantos datos, que el paradigma “del ilustrado” de siglos pasados, donde la persona que más leyera y recibiera más instrucción era el ideal, ha mutado al “Pragmático”: no importa cuánto se ha leído, importa la ubicación y el tamaño de los datos (información), para su posterior comparación y así crear una conclusión, adoptando cada vez más modelos de inteligencia artificial.

Ante este cambio de paradigma, donde las personas nos convertimos en simples administradores de conocimiento, se hace necesario encontrar un modelo para desarrollar y fortalecer la crítica, la lógica y la analítica entre los ciudadanos. No sólo para tener un manejo responsable de la información (que es un argumento válido en el periodismo, pero corto), sino para comprender, “digerir” y tomar acción en un mundo cada vez más volátil. ¿Cuál es ese modelo? ¿hay una herramienta?

Soy un convencido que los progresos tecnológicos traerán más avances para la humanidad, sin embargo, también creo que debemos definir la palabra avances. Si avanzar significa convertirnos en una sociedad como la china, que entre las redes sociales y el estado asfixian el pensamiento crítico, mientras proveen la sensación de bienestar y seguridad, dominando a sociedades por completo (esto merece otro artículo, poniendo a Confucio como base), estamos en el camino correcto.

Pero para quienes creemos en la democracia ¿Qué significa avanzar? ¿Puede ser más libertades individuales, económicas, políticas y culturales, realzando siempre al individuo? ¿Cómo se conserva la libertad de pensamiento en un mundo embebido por el coctel de la inmediatez, la repetición sin “digestión”, la necesidad propia del sistema como es la constante venta de productos, el narcisismo extremo y la perdida absoluta de la privacidad? (hoy hay más información personal en el celular que en la casa, ¡Es más peligroso que le roben el celular en Transmilenio a que le roben la casa!).

Es imposible seguir con el modelo actual de educación, es absurdo utilizar el método del “ilustrado” cuando se necesitan son “administradores de conocimiento”. Pero tampoco podemos perder prácticas que nos han llevado a la posición en la cual nos encontramos hoy.

Desde la invención de la imprenta (realmente originaria de China), la lectura se ha convertido en un vehículo clave que ha modelado sociedades. Lutero, Calvino o Rousseau fueron unos de los muchos arquitectos de las sociedades modernas, que gracias a la masiva impresión de la Biblia y textos de filosofía griega pudieron crear reformas que hoy son la base de empresas como Google o iniciativas como Singularity University.

Otras columnas del autor: Retos colectivos Vs. visiones individuales

En consecuencia, la lectura no se debe desechar, pero sí se debe transformar para acoplarse a los nuevos tiempos. Difícilmente hoy alguien va a leer los 7 tomos de En Busca del Tiempo Perdido de Marcel Proust, pero existen medios para conocer esta obra y muchas otras, que responden a esa inmediatez y las múltiples ocupaciones de cada uno.

Por otro lado, se hace necesario fomentar en el individuo el interés por el conocimiento. Para afrontar los tiempos actuales y los que se vienen, la niñez debe ser formada en medio del amor a la historia, el conocimiento y la consciencia que esto es necesario para sobrevivir en un mundo cada vez más cambiante, agresivo y con menos libertades intelectuales.

Bienvenidos todos los cambios, pero debemos estar preparados para asumirlos. Un libro bien leído puede significar una antena repetidora menos.