Mi amor infinito por la Copa América 2001

Juan Felipe Rengifo

Colombia siempre ha sido un país en crisis, no me quedan dudas que, desde tiempos de la Patria Boba, estamos condenados a esa situación. Ese año fue particularmente difícil, con el fracaso de los diálogos de paz con las FARC en 1999, el grupo guerrillero se tenía el país de ruana, con un estado alcahuete y negligente que le cedió más de 40000 kilómetros para patio de fechorías.

Necesitábamos una bocanada de oxígeno, algo que nos hiciera olvidar nuestra horrible realidad. Gracias a la vida estaba el fútbol, bendito deporte que no sabe de divisiones, de regionalismos y que para lo bueno y para lo malo, enmascara situaciones de todo tipo. Junto al fútbol venía de la mano su socio perfecto, la selección Colombia y de local, algo inédito, ya que habíamos rechazado la organización de la Copa Mundo de 1986.

A pesar de la gran ilusión, a que todo estaba listo, el 28 de junio fue secuestrado el dirigente Hernán Mejía Campuzano, aunque fue liberado al poco tiempo, el daño estaba hecho y parecía que el sueño continental se escapaba. Aunque el torneo se salvó hubo daños colaterales, Argentina y Canadá se negaron a participar, por lo que se tuvieron que invitar a última hora los seleccionados de Costa Rica y Honduras, debutante absoluto en competencias Conmebol.

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Después de superar tantos problemas, la bola rodó en el Estadio Metropolitano el 11 de julio con el partido Ecuador- Chile, a segunda hora le tocaba el turno a Colombia, nuestra poca confiable selección. Para mi siempre ha sido como ese amor poco correspondido, ese que te demuestra el cariño a cuenta gotas, en donde hay más decepciones que buenos momentos, pero como tu sentimiento es tan profundo, sigues ahí.

Afortunadamente en esos poco más de quince días, los dirigidos por Francisco Maturana fueron imparables, alcanzaron el 100% de rendimiento, Óscar Córdoba y Miguel Calero no recibieron goles en contra, Víctor Hugo Aristizábal fue el goleador con 6 anotaciones, literalmente los nuestros se llevaron el título de cabo a rabo, algo inédito en la competición. Esta ha sido la única vez que no nos faltaron cinco centavos para el peso o que jugamos como nunca y perdimos como siempre.

Otras dos selecciones que se llevaron el respeto y cariño de la afición fueron Costa Rica y Honduras, los primeros lideraron el grupo C (originariamente el grupo de Argentina) y los ‘Catrachos’, que llegaron dos días antes de su debut, pero se acoplaron rápidamente, escoltando a los costarricenses como líderes del grupo y posteriormente, eliminando a Brasil en cuartos de final y ganándole el tercer lugar a Uruguay.

Para los que le restan mérito a nuestro único título porque Argentina no asistió (una ausencia aun inexplicable y totalmente sancionable), hay un dato que no le gustará a los inconformes, los Gauchos desde 1959, apenas han conseguido dos Copas América y desde 1991 no ganan ningún título en categoría mayores.

Lo que se vivió en Colombia en esos días, la unión de todo un pueblo por un solo objetivo, la celebración de desahogo después de vencer a México en la final y el orgullo que produjo el rendimiento de esa selección, para mí y para la mayoría de los colombianos, será inolvidable. El otro año y si el coronavirus lo permite, volveremos a ser sede de una Copa América, oportunidad de oro para repetir tantas emociones indescriptibles de ese hermoso julio de 2001.