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Una nación protesta contra la injusticia y la violencia

La opinión de Jaime Acosta Puertas
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Cuando los estudiantes y mucha gente mayor no salieron a defender el acuerdo de paz en el plebiscito del 2 de octubre de 2016, fue el punto de quiebre de la indiferencia ciudadana en Colombia. Desde ese momento los estudiantes comenzaron a tomar conciencia y a darse cuenta que su futuro era el presente porque de lo contrario no tendrían futuro. 

Mientras tanto, la extrema derecha creyó que su triunfo a punta de mentiras gobernaría para siempre esta esquina de la tierra que durante años se ha sembrado de muertos, los ríos teñido de sangre, las ciudades y los campos habitados de pobres eternos, una clase media que vive en estado de deuda, millones deambulando por caminos y ciudades porque violentamente los sacaron de sus parcelas, al mismo tiempo, la economía criminal conformada por políticos corruptos, algunos empresarios, y narcotraficantes, se roban la plata de todos y la vida de quienes reclaman con justicia el derecho a vivir en paz.

Una sociedad sin un estado que la proteja plenamente, una economía hecha para los trimillonarios, mientras los pobres y la clase media se dan cuenta que pasaron treinta años de un neoliberalismo equivocado, y que pueden pasar otros treinta, y la sociedad que le prometieron no será para ellos. La gente no quiere sobrevivir, la gente quiere vivir.         

Los partidos políticos tradicionales y sus derivados solo son máquinas electoreras y corruptas, que engañan al pueblo y compran su voto, y luego lo olvidan para hacer de los recursos públicos, recursos propios. La profunda corrupción.

Así llegamos al 21N, con un gobierno y con un partido que tiene asediado al presidente, que en un mes armaron un terrorismo mediático, fabricaron un terrorismo desde el estado, compraron saboteadores para destruir las concentraciones y generar pánico en la ciudadanía, todo, con el fin de deslegitimar un paro nacional convocado por diversas colectividades cuyo objetivo es proponer reformas a la constitución o echar abajo iniciativas gubernamentales que los podrían afectar, lo cual será al final la salida a esta crisis del neoliberalismo y de una democracia golpeada. Es un movimiento que se hace sentir aquí y más allá, donde Colombia es hoy el centro mundial de la protesta.

El 21N fue maravilloso, algo que nadie jamás se imaginó, porque fue tanto el temor que desplegaron el gobierno y su partido, y algunos de los grandes medios, que el millón de colombianos que salieron a las calles pacíficamente a pedir que no maten más campesinos y líderes sociales, que se cumpla todo el acuerdo de paz, que la educación debe ser para todos y de calidad, y que las reformas sociales que está promoviendo o insinuando el gobierno, no las quiere así la sociedad. 

El 21N marcharon personas de todos los estratos sociales y económicos, llenaron plazas, armados de sus convicciones y de sus palabras, con música y cantos contra la violencia y la desigualdad. Los únicos partidos que salieron fueron los Verdes, el Polo y la gente de Fajardo, mientras Petro decía que la protesta social era a favor del metro subterráneo, y el urbismo no se cansaba de agitar terror. 

Al final del día, ningún sindicato, ningún partido, ninguna organización social, puede decir que su llamado fue el que llevó a millares de colombianos a las calles y a llenar plazas. Fueron todos los anteriores y más gente que de manera espontánea, consciente e inteligente, salieron de sus casas a la protesta. Es la ciudadanía que no le tiene miedo a Uribe. 

El 21N terminó cuando aparecieron el Esmad y los encapuchados producto del terrorismo que agitó el gobierno y la extrema derecha. Salieron de las manifestaciones a sembrar caos y acabar con la fiesta.  Sin embargo, la gente no se escondió, fueron a sus casas para hacer el cacerolazo más grande de la historia de Colombia, que desde entonces se repite todos los días. 

En 2008 salieron con rabia contra las FARC, en el 2019 salen pacíficamente a pedir una nueva sociedad. Para ellos la guerra se fue, para ellos la paz y los acuerdos hay que cumplirlos. Las reformas sociales no solo deben ser funcionales a las empresas, deben ante todo ser funcionales a la transformación de la economía y del estado para hacer posibles los anhelos de toda la sociedad.  

El presidente se ha equivocado. Negando el problema, rodeado de una vicepresidenta y de un gabinete que lo acompañan a promover algo confuso, la paz con legalidad, que nadie en el mundo entiende porque ha congelado el cumplimiento del acuerdo de paz. 

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Así mismo, reacio a entender la protesta social, nada decía en sus apariciones en la televisión, nada de lo que pide la gente. Al final escuchó y convocó a una difusa conversación nacional que comenzaría el 27N  – sin embargo el 24N ya la estaba iniciando -, queriendo ganar tiempo y esperar que de pronto la ciudadanía se rinda, pero esta no se va a rendir, porque los padres y las abuelitas también están con las cacerolas en las manos para defender a hijos y nietos, y pedir los derechos que ellos no tuvieron porque hacen parte del 73% que no tiene pensión.

Conversó con alcaldes y gobernadores electos, pero se equivocó de enfoque. Se desgastó al decir que su plan de desarrollo soluciona las quejas de la protesta, para dar a entender que esa será su agenda y que dentro de ella todo, por fuera de ella, poco. Sigue equivocado porque de los seis temas sobre los cuales quiere adelantar la “conversación nacional”, solo dos, educación y corrupción, hacen parte de la protesta. Ni una palabra sobre igualdad, que incluye pensiones, reforma laboral, y empleo. Y cero palabras sobre el asesinato de campesinos y líderes sociales, y de cumplir con la totalidad de los acuerdos de paz. 

Claudia López le sugirió cinco puntos sacados de la protesta para esa conversación, y además  le expresó que debe haber respuestas y soluciones inmediatas y no al 15 de marzo, porque sería dilatar algo que no da espera.

La magnitud de las reformas las ilustro con un ejemplo. El problema de las pensiones, del empleo, del acceso a educación y mejor salud, y de más recursos para inversión, comienza y termina con una revisión de fondo del modelo económico y de las políticas que desarrollan el sistema productivo porque su transformación es la que permite crecer más, generar más recursos para la inversión social, y cambiar el régimen de pensiones, y sobre todo para generar más y sostenibles oportunidades de empleo o de emprendimientos innovadores que desate una nueva generación de empresas avanzadas. Entonces, hablar de reforma pensional, laboral, y más educación y mejor salud, pasa por una nueva política de desarrollo productivo y de ciencia tecnología e innovación, que son los motores del desarrollo de la economía y de las sociedades modernas, porque es la producción inteligente y la investigación lo que transforma la economía y produce nuevas narrativas sociales y políticas. 

Esto y más, como una reforma tributaria correspondiente al cambio estructural sugerido, y las reformas a la justicia y a la política, implica un esfuerzo enorme de cambios institucionales y constitucionales, que no sabemos si un gobierno con poca aceptación, un partido extremo y de capa caída, un congreso conformado por muchos políticos corruptos, y un feudalismo premoderno, harán lo que necesita Colombia.

La economía tal como es hoy no tiene como afrontar una buena y justa reforma pensional, una política de empleo calificado y sostenible, y las inversiones públicas necesarias para un crecimiento más alto y duradero.

Los cambios que se deben hacer son tan grandes que deben ser graduales, priorizados y empezando ya. Este no es un diálogo con los partidos tradicionales, ni con los gremios que defienden el neoliberalismo. Con ellos habrá que conversar más adelante cuando Duque de una respuesta a los 13 puntos del Comité del paro y los que vendrán cuando se siente con los jóvenes.

Entonces, el comienzo de la conversación nacional es con los estudiantes, profesores y rectores que entienden la protesta, artistas y pensadores, trabajadores, analistas independientes, empresarios conscientes y de mente abierta, organizaciones sociales, y con los partidos de la oposición. Esta protesta social no morirá en los llamados que harán los partidos tradicionales y Uribe. Esta protesta social tiene actores propios y nuevos, es lo increíble  de este movimiento inteligente y humano para una nueva Colombia.

El 27N saldrán millares en Colombia y en el mundo a decirle hasta siempre a Dilan y a los miles de Dilan que se ha llevado para siempre la violencia.

@AcostaJaime

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