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Minería, riqueza enterrada

La opinión de Jaime Acosta Puertas
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Jaime Acosta

Mucho se especula y poco se sabe en Colombia del complejo e inmenso universo de la minería el cual abarca todos los territorios del planeta pues no existe lugar donde no haya materiales que luego el ser humano, vía el desarrollo tecnológico, usa en la producción de bienes y servicios para el capitalismo global de estos días.

El geólogo e historiador Alvaro Ponce Muriel, quien trabajó muchos años en la UPME (Unidad de Planeación Minero Energética del Ministerio de Minas y Energía de Colombia), escribió un libro: Riqueza Enterrada, Balance histórico de las apuestas mineras de Colombia, publicado por ECOE Ediciones en este 2019, luego de que en el año 2012 Radom House Mondadori le publicara: ¿Cuál locomotora? el desalentador panorama de la minería en Colombia.

Confieso mi menor conocimiento en el tema, pero adquirí el libro por tres razones: para entender cómo la minería se relaciona con la economía de la innovación; porque es un sector clave de la economía nacional y del cual dependen las exportaciones y otros factores de la producción y macroeconómicos, y también clave en muchos territorios desde el periodo de la colonia por allá en el siglo XVI hasta  estos días; y porque la minería está inmersa en los eternos conflictos de Colombia. 

El país cree que todos los periodos de violencia asociados a los problemas de la tierra se han limitado al sector agropecuario, y poco conoce que la minería ha tenido expresiones propias de furia armada, por tanto, con actores y formas singulares, como la explotación de esmeraldas, y otras expresiones de barbarie ligadas a las guerrillas y grupos ilegales relacionados con la minería ilegal, y también incidiendo en la actividad de la pequeña y mediana minería legal de lo cual tampoco escapan las grandes empresas mineras. 

En el conflicto sin fin de Colombia no existe gran sector económico ligado a la ruralidad que haya escapado de los cruentos conflictos armados, como se infiere del trabajo de Ponce, porque el libro está dedicado a mostrar la historia y el balance económico de la minería en cuatro largos siglos, sin ahondar en los efectos asociados con la violencia, lo cual provoca al lector porque le permite pensar y recordar cómo la barbarie se ha paseado y se sigue paseando por donde hay recursos naturales. No hay riqueza descubierta o enterrada que en Colombia no tenga un alto componente de sudor, sangre, explotación y corrupción.  

Entonces, lo central y la mayor riqueza de la obra está en que muestra de manera fluida, muy bien documentada y con rigurosidad en el análisis, el derrotero histórico, constitucional y económico desde cuando los conquistadores saquearon stocks de oro y otros materiales preciosos que las culturas indígenas habían acumulado, y luego cuando iniciaron un proceso más reglamentado de explotación desde el siglo XVI, hasta llegar al ciclo de altos precios de las materias primas en el mundo, en esta segunda década del siglo XXI.

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Como siempre ocurre en Colombia, casi todo se hace para el corto plazo, con leyes a medias y parciales, con avances y retrocesos, sin llegar al perfeccionamiento de políticas de largo plazo, integrales, profundas, avanzadas y sostenibles, que hubieran hecho de este potente sector de múltiples subsectores, un sistema minero energético dinamizador del desarrollo nacional a través de la transformación de la economía primaria y su industrialización. La minería es otra ventaja comparativa que no avanzó lo suficiente para convertirse en ventaja competitiva y contribuir de manera más nítida y sostenida a elevar la productividad de los factores. 

Solamente ahora, desde el año 2001, como se explica en el libro, se han construido mejores bases normativas e institucionales, aunque no suficientes, para pensar y proyectar un desarrollo de la minería de largo plazo, más inteligente y menos bruto, puesto que el extractivismo puro como modelo de producción es un modelo bruto porque la inteligencia está donde se desarrolla la ciencia y la tecnología para las industrias que extraen y transforman las riquezas enterradas. 

En Colombia, como ha ocurrido con el sector agropecuario, también ha sucedido con los recursos minero energéticos: poca y tardía industrialización, poca y tardía investigación científica y tecnológica, y por tanto menos industrialización de frontera de los eslabones claves de las cadenas productivas. Ha sido y sigue siendo una actividad extractivista con tecnología importada, por tanto, con escaso desarrollo industrial, científico y tecnológico, en consecuencia con limitada capacidad endógena de innovación y emprendimiento, porque en cuatrocientos años Colombia no hizo lo suficiente para desarrollar la nación desde los recursos primarios. Solo aportes a un crecimiento blando y mediano, porque incluso, en los últimos años, el componente para ciencia y tecnología de las regalías minero energéticas no ha sido bien dirigido y bien gastado.

Colombia ha tenido y tiene una diversidad inmensa de minerales, aunque no tan inmensa como nos hacen creer tecnócratas, políticos y periodistas poco informados, pues solo es el quinto país donde más llega inversión extranjera en América Latina, y su participación en el mundo es menor al 1% en sus principales recursos. Otra más de las tantas mentiras del “país milagro”, del “país de moda”, y del “país admirable y feliz”.La “Riqueza Enterrada” es un libro que deben leer todos los ciudadanos que quieran conocer y entender esta otra cara de la moneda de los recursos naturales en el país, un libro para la formación y estimular la investigación en las universidades, y un texto para que los medios de comunicación informen mejor sobre lo que ocurre en este mundo difícil de la minería en Colombia.

Twitter: @AcostaJaime

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