Carreteras de la corrupción: un viaje de Bogotá al sur de Colombia

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@AcostaJaime

Por: Jaime Acosta Puertas


Este recorrido comienza en Soacha. Sabemos que las salidas y entradas de Bogotá es lo más atrasado que una ciudad capital pueda tener. Un urbanismo desordenado, feo y estrecho, es la imagen que queda cuando se deja atrás ese municipio.

Ya en la carretera, la doble calzada demorada y mal terminada por la corrupción de los Nule, es una vía que necesita seis calzadas y el rediseño del trazado hasta Melgar incluida la construcción del túnel de ida en el Boquerón para evitar la nariz del diablo, porque ahora lo que existe es únicamente un espantoso túnel de regreso.

De Melgar a la entrada de Ibagué, la parte plana atravesada por el Magdalena, la vía va bien, el paisaje es lindo y el sol abraza, han terminado obras que también muchos años se retrasaron, y se anuncian nuevas como el segundo túnel en Gualanday.

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A partir de ahí comienza otro capítulo de la malversación de recursos del estado. El túnel de La Línea o el cruce del macizo central como lo ha rebautizado Duque. Alguien que vive fuera de Colombia hace muchos años, me dijo: “si lo hacen bien, porque se hará con ingeniería nacional, será un estímulo para que el país piense en grande porque se creerá capaz de hacer cosas grandes, si no lo hace bien, Colombia seguirá siendo la misma ……. de siempre”.

Se adjudicó la obra y se anticiparon problemas que el proceso de contratación obvió. Pasaron los años, se fueron miles de millones de pesos, y la obra se suspendió por incumplimientos de todo tipo. Se contrató un nuevo consorcio, se sacó más plata del estado, y por fin será realidad en 2021.

Mientras tanto, hoy se pasa Ibagué para llegar a Cajamarca y luego al alto de La Línea, en ese recorrido se observa la construcción de varios viaductos que de pronto desparecen pero que más adelante vuelven a aparecer, no son nuevos, son los que dejó a medio hacer Collins, el primer contratista.

Los están terminando porque conducen a los dos túneles mayores, el de ocho kilómetros y el de cuatro. Se pasa por el frente de sus bocas de entrada y luego se sigue subiendo por la carretera que pronto no volveremos a ver. Al fondo las maravillosas palmas de cera, rectas y erguidas como si quisieran seguir creciendo hasta tocar el cielo.

Coronada La Línea, en el descenso se ven filas de cansadas tractomulas subiendo sin ganas. En la mitad del descenso se encuentra la boca de salida de los túneles grandes, aparecen más viaductos en construcción, la doble calzada está en ejecución, y ya cerca a Calarcá nuevos viaductos que hace poco entraron en servicio. Cuando todo esté terminado, tal vez una hora y media se acortará el tiempo entre Ibagué y Armenia. Habrán acabado diez años y más de los impactos de la ineficiencia y la corrupción. Billones perdidos por sobre costos y por lo que ha perdido la economía en competitividad y productividad.

Avanzando en el viaje se dejan Calarcá y Armenia y se toma una vía que en suave bajada transcurre en dos carriles, un rato en tres, recorriendo el paraíso incomparable del Quindío y del norte del Valle hasta tomar en La Paila la doble calzada a Cali en medio de los inmensos cultivos de caña de azúcar.

En la salida a Popayán se tiene una vía de dos carriles, que más tarde se vuelven doble calzada hasta Santander de Quilichao, y luego, ya en territorio del Departamento del Cauca, se vuelve a los dos carriles, porque dicen que la corrupción también hizo de las suyas en este trayecto. Sin embargo, el gobierno de Duque terminará esta doble calzada porque es uno de los compromisos con la minga indígena.

De Cali a Popayán el paisaje es hermoso, aunque al mirar a lo lejos las montañas del Cauca, es imposible no pensar la violencia que esconde. Los paisajes mitigan el cansancio que producen las carreteras, la tristeza de su historia y las incertidumbres ante el futuro.

Dejando atrás Popayán empieza un camino cuesta abajo, donde después de El Timbío se encuentra la falla de Rosas. No sé cuantos kilómetros se recorren pero hay una parte donde una de las dos calzadas se fue hace tiempo, y en otra parte la vía tiene otra falla que la atraviesa de lado a lado, y entre las dos fallas, un corredor de pequeños derrumbes y de lugares que fueron arrasados donde antes había casas. En este trayecto no hay tiempo ni ganas de ver al fondo las colosales montañas del Cauca. Sin embargo, recuerdo que al salir de una curva al frente apareció la inmensa cordillera central, y más cerca, como obra de arte, una enorme montaña de verde profundo.

El trayecto de una nueva carretera entre Popayán y El Bordo, hay que hacerlo por otro lado, decenas de curvas deberán desaparecer para quitarle una hora o más al recorrido hasta el valle del Patía. El descenso hasta encontrar el plano, tiene el encanto de una cantidad de pequeños, bellos y fértiles valles, que se acaban cuando luego de pasar el río Patía, aparecen grandes montañas de raquítica vegetación y abundantes cactus, cubiertas por un verde superficial y pálido hasta llegar al aeropuerto de Pasto donde vuelven a aparecer los verdes de todos los colores hasta alcanzar la capital del país del sur.

El trayecto del aeropuerto a la ciudad, unos 30 kilómetros, la corrupción también arrasó con una doble calzada que hace años debió terminarse y que Duque culminará a poquitos.

Como en Colombia la infraestructura se construye a pedazos, la idea era hacer una doble calzada del aeropuerto Antonio Nariño hasta Rumichaca (Ipiales), paso fronterizo con Ecuador. De ese proyecto contratado en los años de Uribe a un consorcio paisa, solo se avanzó en una variante por los bordes de Pasto, un tramo de dos kilómetros de doble calzada, y el mejoramiento de la vieja vía del aeropuerto a la ciudad.

Ahora está en construcción una espléndida 4G entre Pasto e Ipiales, que en una hora conectará las dos ciudades, y reducirá  en sesenta minutos el recorrido, transitando en medio de montañas colosales y de una tierra exuberante cosida por pequeñas parcelas de distintos cultivos.

Por lo dicho es de esperar que una doble calzada entre Cali y las capitales del Cauca y de Nariño, es una obligación estratégica y prioridad nacional. Es posible pensar que Cali – Quito se haría en doce o trece horas, y de Cali a Pasto en seis.

Resumiendo, partiendo de Bogotá hasta llegar al sur, hoy se va de Bogotá a Ibagué por doble calzada, de Ibagué al Valle del Cauca en dos carriles, por las planicies del Valle en doble calzada, de Cali hasta Pasto en dos carriles, y entre Pasto y la frontera por una 4G en construcción. La corrupción retardó muchos años las obras entre Bogotá y Armenia, entre Cali y Popayán, y entre el aeropuerto Antonio Nariño hasta Catambuco, salida de Pasto al sur.

Así las cosas, es de esperar que en cinco años, Bogotá – Quito – Guayaquil estén conectadas por doble calzada. Y en el 2050, Bogotá – Cali por seis carriles. El paso de La Línea en pocos años quedará nuevamente rezagado. Las obras en Colombia se demoran mucho entre su diseño y construcción, entonces los diseños se tornan obsoletos cuando la obra se construye, porque la población crece, la economía se expande y la tecnología avanza.

En este viaje del centro al sur es imposible no pensar en la tragedia de la violencia de Colombia desde 1946 hasta estos días. El paso de La Línea fue terrorífico en los años cincuenta, luego el norte del Valle se sembró de muertos primero con la violencia y luego con el narcotráfico, y saliendo de Cali, a partir de Jamundí hasta los límites entre Cauca y Nariño, la guerra de este último medio siglo. Los paramilitares no se fueron y las guerrillas tampoco, porque están los carteles de las drogas.

Son carreteras de corrupción y violencia, en medio de un paisaje espectacular, y unos territorios con potencial enorme para tener una buena y productiva economía. Sin embargo, pueden transcurrir veinte o más años para reestructurar estas economías si las políticas son correctas. Si se continúa como ahora son, y sin cumplirle al acuerdo de paz en la política agraria, ese estado de atraso, ilegalidad y violencia se extenderá por generaciones.