Opinión, Sociedad Superficial

América Latina y la izquierda que debe ser (II)

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Esta reflexión no alude a la situación de Venezuela la cual solo sirve para un ensayo sobre la indignación y la estupidez que todavía es posible en América Latina.


Jaime-Acosta-Puertas
Jaime Acosta

Los enemigos de la región no hay que buscarlos afuera. El estancamiento perpetuo de unos países y el constante crecimiento mediocre de los demás, se han originado en las mismas naciones de esta parte de las Américas. Las disputas entre conservadores, liberales, socialistas, comunistas y alternativos, son superficiales, de matices, pues creen que defienden unas banderas que en la realidad no existen porque todos juegan en la misma cancha del capitalismo. Son una especie de sujetos funcionales de un poder superior difundido por el mundo.

Desde que cayó el muro de Berlín, y se acabó la Unión Soviética y la cortina de hierro en los países de Europa del Este, en el planeta solo existe un tipo de sociedad, la sociedad capitalista, como sistema absoluto con instituciones para todo lo que rige la vida ciudadana y de los estados. El capitalismo no es un modelo económico, es un modelo de sociedad, donde el individuo y la producción son el motor.

El mundo funciona bajos principios, leyes e instituciones de capitalismo global. Rusia y China que no siguen al pie de la letra el modelo anglosajón de occidente, son sociedades y economías de mercado con marca propia, así China se defina como estado comunista.  

Los socialismos europeos son construcciones sociales de mercado que se pliegan a la tendencia de moda del capitalismo del momento. Los socialismos escandinavos son expresiones sociales superiores del capitalismo. Pensemos en América Latina, nuestra casa.

La izquierda latinoamericana en la transición del mundo 

En los últimos treinta años los gobiernos de izquierda han sido expresiones populistas o apuestas de un capitalismo social de mercado. Ninguno ha intentado, a nivel nacional o local, cambiar los modelos económicos en la era post soviética. Por el contrario, algunos cayeron en la corrupción o en gobernar para los grandes conglomerados empresariales con el fin de hacer más competitivas y más abiertas las economías al comercio y a las inversiones globales, eso sí, implementando políticas y programas para hacer mejor la vida de los más necesitados, e impulsar proyectos estratégicos para el desarrollo nacional de largo plazo.

Algunos gobiernos de izquierda han acertado, y los países han mejorado. Otros se han equivocado, y sus países son iguales o peores a la herencia que recibieron. Los que fracasaron dejaron abierto el camino a contrarreformas de la derecha que afectan a la clase media y a los más pobres, porque los ajustes castigan a los vulnerables. Los que han hecho bien o mejor las cosas, han dejado una mejor nación. Sin embargo, son débiles los pilares con los que gobiernan.

A la ultraderecha no le gusta que la izquierda maneje el presupuesto de la nación. Ella quiere manejarlo, recurriendo a las más espantosas fantasías ideológicas y a unas perversas estrategias de fake news, como sucedió en el golpe a Dilma, impulsado por partidos creados para tal fin, y por el PSDB (Temer y demás del golpe institucional), un partido aún más corrupto que el PT. Si el asunto era la corrupción ¿por qué Temer y Bolsonaro llegaron a cambiar las políticas estratégicas que Brasil tenía para convertirse en una verdadera potencia emergente? ¿Por qué Brasil tiene que menguar a los BRIC y abrazar a Estados Unidos e Israel, en vez de ampliar las alianzas como potencia emergente? Pelear con China y con Rusia es una bestialidad, incluso con la India, porque será otro poderoso gigante a la vuelta de pocos años, y por supuesto, estar en contra de Estados Unidos, no es sensato.

Una especie de nueva enfermedad es la derechización de la clase media, la de las grandes revoluciones. Se educaron y lograron crear espacios de trabajo y de emprendimiento, por eso está instalada en puestos estratégicos del estado, en el sector privado, en los organismos internacionales, en la educación, y en miles de miles de ONGs. La clase media es el corazón y el motor de toda sociedad moderna. Dado que los grandes conglomerados tienen enormes beneficios fiscales, y la población menos necesitada requiere de cuantiosas inversiones públicas, entonces, la clase media se siente amenazada porque las reformas tributarias y los subsidios a los pobres, en parte los termina pagando. Como no está dispuesta a discutir con quien le paga, se abalanzan en las urnas contra los que reciben lo que paga en impuestos. El triunfo de Bolsonaro se debió al voto de la clase media.

De esta manera, la sensibilidad, la conciencia, la inteligencia, el sentido social y la transformación de la sociedad, no lo abandera en este momento la clase media y con ello se pierden la inteligencia que puede desde el conocimiento, la creatividad y la participación, hacer los cambios que la sociedad necesita. Así las cosas, en vez de ser la fuerza de tracción para el desarrollo de los que menos tienen, el puente con el empresariado para que sea mucho más alta la productividad, y el gran transformador de la gestión del estado, se ha convertido en una fuerza poco interesada en hacer las reformas del estado para desarrollar las naciones. Incluso, la mayoría es opositora del mismo centro, con posturas y consignas que son verdaderas piezas de fanatismo. La clase media se ha vuelto superficial, se ha convertido en fuerza de la inmovilidad, y son víctimas de sofisticadas campañas de manipulación y mentiras, porque poco lee o lee mal.

En Brasil, OGlobo fue determinante en el golpe a Dilma. En Colombia, dos grandes medios pusieron a Peñalosa en la alcaldía de Bogotá con la amenaza de que si ganaba Clara López Obregón, al día siguiente Maduro gobernaría a Bogotá. Hoy OGlobo ya no es el mejor amigo de Bolsonaro, y Bogotá espera el primero de enero del 2020 para que Peñalosa se vaya.

Además, la izquierda no tiene canales de comunicación propios, distintos a las redes sociales, pues no han creado medios propios, y porque los medios más poderosos no tienen una dimensión más amplia de la política, de las ideologías, de la democracia y de una sociedad más moderna, avanzada, plural e incluyente. No existe banco que vea con buenos ojos a la izquierda, incluso, ven con inquietud al centro. Ni creo que existan empresarios de izquierda, y pocos de centro. El discurso termina siendo irracional porque divide a la sociedad, crea barreras donde no debe haberlas porque todos defienden y viven en un sistema del mercado, porque al existir esas fuerzas que tensionan hace que algunos dogmáticos de la izquierda se vayan a la extrema zurda, generando conflictos con la extrema derecha, los cuales amenazan a todos, copan la atención de todos, desestabilizan las instituciones y bloquean la inteligencia en la construcción del futuro.

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Así, la deformación del discurso político vuelve marginal los temas fundamentales de las sociedades latinoamericanas de estos días. Los consensos para desarrollar las naciones, proteger el medio ambiente, desarrollar la educación, la ciencia y la tecnología, transformar la estructura productiva para desarrollar la economía y así abatir la pobreza, la informalidad y la ilegalidad, disponer de una seguridad social de calidad y de cobertura absoluta, como la pensión para la mayoría o para todos, atender bien a los que tienen limitaciones en su condición física y cognitiva, desarrollar espacios para la creciente población mayor, se vuelven marginales, cuando deberían ser el centro del debate político e intelectual, para mejores políticas de estado.

El capitalismo mundial de los últimos treinta años está fracturado, creció exponencialmente, su ciclo de crecimiento y desarrollo de largo plazo que comenzó alrededor de 1962 terminó en 2012. Hay que rediseñarlo hacia una nueva dimensión de lo social, ambiental, del desarrollo, de la cultura, de la democracia participativa, y de la multipolaridad, porque la amenaza de grandes confrontaciones militares está a la vuelta de la esquina. El bloqueo a Irán puede ser el principio del fin.

El mundo y América Latina navegan sin rumbo. Los paradigmas desde las ciencias sociales, ya no responden. La nueva revolución tecnológica va a una velocidad inimaginable. Una nueva sociedad mundial debe emerger o la especie peligra, siendo latinoamérica la más amenazada por su ubicación en la zona caliente del planeta, y porque destruye los recursos naturales de manera suicida, por la manera irracional y superficial de entender el desarrollo.  

A donde debe ir la política en América Latina

Superar la trampa de izquierda comunista la cual ya no existe, porque el comunismo murió hace 30 años, y no tiene ninguna posibilidad de emerger si las sociedades hacen las cosas bien. Los peligros nacen y penetran cuando los estados, los partidos y la dirigencia hacen las cosas mal. 

El discurso social que promueve la izquierda no es insuficiente, porque su concepción murió hace treinta años. Lo social no solo tiene que ver con mejorar las condiciones básicas de los que menos tienen, los paradigmas tecnológicos emergentes, y los problemas y desafíos de las nuevas realidades globales, son inmensamente complejas, sistémicas, desafiantes y emocionantes, por eso existen las teorías de la complejidad. Generar riqueza no es malo, lo malo es que quede en pocas manos. Ahí se desbarata la democracia y el estado social de derecho, y no emerge una idea revisada del bien común. Todo lo anterior, de derecha, de centro o de izquierda, ha muerto, así siga ahí.

Si las asombrosas nuevas tecnologías digitales derivadas de la electrónica se usan bien, pueden ser una herramienta para un cambio global positivo, porque nuevas tecnologías para viejas sociedades es una contradicción. Genera deformaciones, incrementa las diferencias y las brechas de todo tipo. Los emprendedores de estos días deben ser revolucionarios tecnológicos y agentes políticos y sociales de cambio. Nuevas tecnologías, nueva sociedad, nueva política.     

La posibilidad intelectual de la inteligencia es poder entender, pensar y construir más allá de la dimensión sectorial de la especialización de cada iniciado. Depende del campo de actuación de cada ciudadano, su mirada debe ser amplia y de una capacidad ilimitada de conectar temas en una dimensión casi que infinita. Esto es válido en tres ámbitos: en la educación y en la investigación; en la planeación y gestión de largo plazo de los estados; y en el sector privado.

Este último tiene una responsabilidad enorme, porque la sociedad y la economía están hechas para las organizaciones. Las empresas deben ser ejemplo de ética, de innovación, de productividad, y de inteligencia para el bien común. El enfoque mediante el cual el negocio es lo  más importante, no es funcional a las organizaciones del futuro. 

Todo esto y mucho más debe ser el discurso de la izquierda si es que realmente quiere ser una opción duradera y de cambio positivo sin los sesgos ideológicos del pasado. La izquierda debe pactar con la sociedad que no llegará a destruir lo que está bien construido, que hará transformaciones para hacer sociedades más avanzadas en todas las dimensiones, y también los poderes deben comprometerse a no socavar los cambios positivos.

El centro debe decidir qué tipo de centro quiere ser. Hoy es una especie de la nada, que a veces le da la mano a la izquierda y luego la quita, otras veces a la derecha, y luego la esconde, y al final funge como actores en la nebulosa porque su discurso no se ancla en nada. En sociedades conservadoras, el centro termina siendo derecha.  

En síntesis, el desarrollo del pensamiento latinoamericano debe ir a las fuentes de la historia, a las necesidades del presente, y a los desafíos del futuro, para construir culturas que podrían conformar una nueva civilización. La izquierda debe entender esto, y la derecha latinoamericana debe aprender de líderes como Angela Merkel, porque Bolsonaro, Macri, Uribe, están lejos de la visión de la líder de Alemania. 

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