Qué pena con Boric (y contigo)

Siento una pena terrible con Boric, el bisoño presidente chileno. Como la que uno puede tener en la Copa del Rey (España), cuando un modesto equipo de tercera división sale trasquilado por la puerta del estadio Bernabeu, tras un fino 7 a 0 (y el Real Madrid, con los jugadores suplentes). Hay derrotas que son tan abrumadoras, que cuesta hablar de ellas. En el Bernabeu, en estos casos, los aficionados salen en silencio, por respeto al vencido. Pero, con el debido respeto, quiero sacer algunas conclusiones que nos pueden servir para reflexionar sobre el apasionante estado de cosas de la política patria.

Veamos algunas:

  • Nunca hubo un “tsunami rojo” en Latam, sino un generalizado voto de castigo contra los gobiernos incumbentes. Las recientes victorias de candidatos presidenciales de izquierda-izquierda en Chile y Colombia abrieron paso a la idea de un continente en estado de reforma populista. Esto, como el dicho de que “en el futbol puede pasar cualquier cosa”, es una falacia. En Latam no hay un cambio estructural del electorado, sino un re-ajuste táctico en el que el proceso electoral juega en contra de los candidatos moderados. Este proceso empezó con Ecuador, luego Perú y continuará con Brasil, donde prefieren la presidencia de un corrupto convicto a volver a elegir al incumbente (lo que ha hecho el Real Madrid con su portero de toda la vida, por ejemplo). La mayoría social de izquierdas es aun elusiva en países como Chile y Colombia, que gravitan hacia el centro derecha. Lo demuestra la composición de sus parlamentos.

 

  • El extremismo hace buena televisión, pero mala política. El discurso de la izquierda es atractivo y tiene “Zeitgeits” (van con el espíritu de la época, sobre todo el de la muy asertiva genZ). Sus personajes, desde los más folclóricos hasta los más académicos, tienen brillantes intervenciones en los debates, tertulias y otros formatos festivos de nuestros medios de comunicación, tan low cost y zero quality. Son ideas aparentemente justas, expuestas con la rotundidad zelota de lo inevitable (como increpar al arbitro cuando se va perdiendo). Sin embargo, a la hora de ponerlas en marcha, falta el componente de sensatez que da la dura realidad. Pregunten de Barcelona a Monterrey, de Tijuana a Punta Arenas, cuantas medidas espectaculares y transformativas han conseguido implementar sus gobiernos. Tantos como goles le ha marcado el Cortuluá al Real Madrid. Podemos no ha podido en España. En Chile, país serio y circunspecto, han optado por repetir constituyente a aprobar un irrealizable brindis al sol. Una cosa es elegir un presidente joven y optimista, y otra es cambiar las reglas del juego sin tener claro a donde nos lleva ese viaje.

 

  • Nuestros líderes no han ganado las elecciones por su cara bonita. Serán carismáticos, hablarán como arrebolantes trovadores, lucirán históricos, pero sus votos son prestados. Más allá de la fanaticada (el “fondo Sur” del Bernabeu) que los ve como seres superiores e inmunes al error, el común de los mortales solo piensa que es un político, y que los políticos son, como poco, peculiares. Todas las últimas presidenciales en la región se han disputado a segunda vuelta entre opciones claramente extremas. Es la polarización. Entre Keiko o el señor del sombrero cómico, ¿nos sorprendente que ganara el segundo? Lo que el ínclito líder no se puede creer, es que tenga un mandato claro del electorado para realizar cambios transformativos. Puede, y probablemente, debe hacerlos. Pero han de generar un amplio consenso que incluya a todos los que le han votado sin ganas (o sin comulgar con sus ideas), y a muchos de lo que han hecho lo propio con el candidato perdedor. En la Commebol, si juega un equipo colombiano, el que sea, le hacemos barra. Pero eso no implica que lo queramos ver de amos y señores de la Dimayor.

 

  • Aunque ellos ni lo sospechan, los centristas son lo “it”. EL centro político existe y aun puede decidir elecciones. Los vencedores anónimos de las últimas elecciones son los políticos de centro izquierda que movilizaron el voto del “centro de la campana” (y, en Colombia, sus muy bien engrasadas maquinarias, que aquí la mermelada también lubrica). Los extremos suelen contar con menos elementos, pero muy movilizados: activos y proselitistas. Las barras bravas del partido. El centro, por definición, es donde el grueso de la población habita (el “centro de la campana de Gauss”, que es la figura con la que se representa la distribución más común de una población). Y, por definición está menos movilizado. Sobre todo, a la hora de votar. Somos los que vemos el futbol en casa. En las presidenciales colombianas fue el liberalismo (en todos sus sabores y combinaciones) quien claramente decantó la balanza a favor del actual primer mandatario. En Chile, ha sido el centro izquierda el que se ha llevado el gato al agua. Algunos sistemas electorales favorecen las opciones radicales y generan una decisión binaria: o posesionas a Wayne Rooney o a Cristiano Ronaldo, a Alien, o al Depredator.

 

Estas son lecciones que deben de revisar todos los actores de ese culebrón de fábula que es la política colombina. Sobre todo, los entusiasmados hinchas del Pacto Histórico, que en su momento vieron a Chile como un envidiable espejo. El gobierno aun está dando sus primeros pasos. Puede aprender mucho del tropiezo de su amigo Boric en Chile. A fin de cuentas, todos tenemos una gran pena con él.

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