La desigualdad, las falacias para justificarla y las desacertadas reformas tributarias

El capitalismo ha permitido una concentración absurda de riqueza en poquísimas manos, lo cual, se vuelve una amenaza contra la democracia y la estabilidad, no solo porque los más poderosos decidieran dejar de profesar el liberalismo económico (libertad, democracia, propiedad privada), sino porque las masas de gentes menos favorecidas entren en un estallido social en serie. Los economistas alrededor del mundo lo advierten a diario, pero pareciera que son poco escuchados por gobiernos y poderes económicos sordos, y para la población tal vez resulta un tema muy complicado de entender. El famoso economista francés Piketty, por ejemplo, concluye que en los últimos 150 años la tasa de acumulación de capital en relación con el crecimiento económico ha registrado un peligroso y autodestructivo aumento.

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El economista chileno Palma (Universidades de Cambridge y Santiago) ha hecho una bisección muy interesante de la desigualdad, en la que al comparar el comportamiento entre 127 países del mundo concluyó que (para su propia sorpresa) las diferencias se daban entre el 10% mas rico en comparación al 40% más pobre, porque el otro 50% más o menos recibe el mismo % de los ingresos invariablemente. Por ejemplo, Colombia muestra 4 veces el ingreso de esa fracción de ricos frente a los pobres y ocupa el puesto 14 en desigualdad entre los países de Latinoamérica (bastante peor que la mayoría, en la región más desigual del mundo) (citado en BBC, 2016). Si le pidiéramos que refinara un poco sus cálculos seguramente concluiría que las diferencias importantes se dan solamente con el 1% más rico; en nuestro país se puede estar en el 10% más rico recibiendo solamente un salario de 4.5 millones mensuales.

En sus explicaciones muestra cómo a medida que se va dando la desigualdad se va concentrando la riqueza, y cómo todos estos procesos se aceleraron en los 80 (Reagan, Thatcher) con la “teoría del goteo”, que decía que bajarle los impuestos a los ricos era incentivarlos a invertir y mover la economía, generar empleo y mejorar salarios, que finalmente irrigaría a todos en la sociedad, por goteo. Los economistas británicos Hope y Limberg (London School of Economics) lo estudiaron en detalle y concluyeron que el efecto de la “teoría del goteo” era cero, que no había evidencia de que la reducción de impuestos, incluyendo los de las rentas de capital y las herencias, hubieran tenido algún efecto sobre el crecimiento de la economía (analizaron 2 decenas de países desde 1965 a 2015, citados por BBC, 2021). Tal afirmación ya la habían hecho economistas de la talla de Stiglitz que ha publicado varios libros sobre desigualdad con sus conclusiones. Palma muestra además, cómo la aceleración de la concentración desde la aplicación masiva de reducción de impuestos para los ricos y otras fórmulas que hacen parte de la teoría conocida como neoliberal, se refleja en el ascenso progresivo de los ingresos de ese 10% más rico en detrimento de los ingresos de ese 40% más pobre. Después de Reagan muestra cómo la reinyección de capital de ese 10% mas rico cayó de 54% a 33% (que son los niveles de Latinoamérica, mientras que en Asia pasan del 70%).

La liviandad de argumentos de aquellos que se han polarizado y son fanáticos de la ideología de derecha (tal vez porque ya ganan más de 4.5 millones al mes y se consideren de los ricos) indican que la desigualdad es algo natural entre los seres humanos y que se da porque los pobres así lo han decidido, son vagos y no se esfuerzan lo suficiente, mostrando su aporofobia, que han comprado como parte de la manipulación con fines políticos locales. En igualdad de oportunidades, como alimentación, salud, educación, una base mínima de recursos e incluso buenas relaciones familiares, partes todas de una plataforma mínima de despegue, sería estrictamente cierto que sobrevendría la desigualdad natural humana. Pero mientras las oportunidades no sean iguales es irresponsable y poco compasivo hablar de que todo el que es pobre es porque quiere. Si cualquiera mira alrededor, invariablemente encuentra que la gran mayoría de personas han trabajado toda la vida, que han luchado, que siguen trabajando como esclavos, y que siguen siendo pobres como nacieron. Es cierto que habrá una porción de la población que son vagos, unos pobres, pero también algunos ricos que recibieron su herencia y no hacen nada; pero sacar una conclusión sobre una observación muy parcial es el famoso error conocido como “sesgo de confirmación”, que se hace para manipular a ingenuos o a ignorantes de la situación pero de la cual tampoco quieren saber la verdad debido a la doctrina que rezan. Al respecto, se sabe bien en el mundo que es muy difícil salir de pobre, y en cambio muy fácil seguir siendo rico. Pero de lo que se trata no es atizar estas vulgares opiniones falaces, sino ver cómo encontramos una forma de que ninguno sea pobre y nadie pase dificultades y tristezas.

¿Cómo se genera la desigualdad? El profesor Palma ilustra muy bien el mecanismo mostrando una gráfica en la que aparecen los salarios en USA de 1970, prácticamente estables 5 décadas después, con un poco de variación al alza de los salarios femeninos por obra de una legislación más favorable, pero que aun así no alcanzan a los de los hombres. En la misma gráfica están los ingresos del empleador, que inicialmente tenía un excedente bruto sobre el costo del trabajador similar a este monto, la economía iba bien, al empleador le iba bien y al trabajador también, pero que desde ese año inicial no ha dejado de crecer hasta tener hoy en día poco más o menos tres veces el excedente inicial. ¿Qué pasó ahí? Los salarios estancados (pese a que la productividad en USA no ha dejado de subir) y los precios al alza permanentemente: el cuento de la mano invisible de la teoría clásica brilló por su ausencia por posiblemente al menos dos motivos: no hubo competencia suficiente o mercados que no son de tan libre competencia por efecto de las prebendas que encuentran algunos del poder económico condicionando al poder político (financiación de campañas y todo lo que ello implica), desregulación por ejemplo (que impide corregir posibles problemas de mercado), y no pleno empleo que le permitiera a los trabajadores mejorar sus salarios por efecto de una mayor competencia. El sistema económico, con todas las reglas prácticas que tiene, genera desigualdad per sé, vía aumentos de precios simultáneamente con estancamiento de salarios. Pero no solo es un problema distributivo, es que la reinversión privada del ingreso de los más ricos es apenas del 33% en Latinoamérica (y en USA), lo que hace que se pierda su fuerza dinamizadora que ayudaría a mejorar la distribución vía competencia en los mercados: unos “malos” ricos desde el punto de vista de su papel en la economía.

En Suecia también hay desigualdad y concentración. Lo que pasa, explica el profesor, es que se corrige con el sistema fiscal, a través de los impuestos y las trasferencias. Allí los ricos son muy ricos aunque paguen tasas del nivel del 70%, permitiendo a todos los suecos tener salud, educación y servicios de primera, lo cual le brinda a todos esa plataforma desde la cual despegar con más facilidad y si se quiere, llegar a ser rico. Hay que anotar que allí, como en Europa, las herencias dan cuenta de alrededor del 60% de las fortunas (en Colombia está alrededor del 50%, y en USA bordeando el 29%) por lo que no emergen multimillonarios todos los días. Poco probable seria pensar que la seguridad de esos ricos en ese buen entorno fuera a verse comprometida por una revuelta social; si todos viven bien, no habría tal motivo. El punto clave es que a través del sistema fiscal corrigen la desigualdad (atenúan quizás se mas descriptivo). No pasa lo mismo en Corea donde antes de impuestos la economía no genera una fuerte desigualdad. Sin embargo, no nos recomienda tratar de adoptar un sistema como el coreano porque les ha costado 50 años y han contado con una oligarquía (textual) que toma riesgos, que absorbe tecnología y no rentista como la nuestra (claramente no es nuestro caso, por cierto). De 167 países analizados, ¡120 no presentan correcciones significativas después de impuestos! En contraste, los nórdicos mejoran el índice Gini en más de 50% con su sistema impositivo.

Cualquier reforma tributaria es de cuidado y cada vez peor si no apunta a ser un instrumento que corrija la desigualdad. Los economistas tienen claro que si no es por este mecanismo la inviabilidad de las sociedades como hoy las conocemos se va a volver sofocante.

Ahí es donde entra de fondo el economista Piketty (citado por muhimu.es, 2018) con su propuesta basada en un impuesto progresivo sobre el capital, lo cual considera crucial para combatir las crecientes desigualdades y útil para resolver la crisis de la deuda pública con contribuciones de cada uno según su riqueza. Se sabe que tenemos una mayor participación de impuestos indirectos (al consumo), que favorecen menos la equidad que los impuestos directos (a la renta o la propiedad). La economista colombiana Londoño (Universidad de California, citada por La República, 2021) resumió así los problemas de nuestro sistema fiscal: “informalidad alta no solo en los trabajadores independientes sino también en las empresas que operan sin la vigilancia y la regulación del Estado, y la complejidad tributaria que se refleja en los excesivos beneficios (impuestos muy baratos que recaen sobre personas con alto poder adquisitivo) que hay frente a otros países de la Ocde, y el cual genera un gasto del Estado que no compensa los ingresos recaudados”. El propósito de una reforma tributaria debería estar muy claro.

Pese a que están jugando con una bomba de tiempo, los ricos que ostentan el poder económico (tal vez el 1%) siguen usándolo para que el poder político les mantenga el statu quo a través de desregulación y menos impuestos de patrimonio, rentas y herencias, sin prever que tarde o temprano un estallido social podría afectarlos radicalmente. De paso, dando razones para que alternativas de izquierda convenzan al pueblo de que pueden cambiar la situación a una más justa, de las cuales no hacen más que denigrar y asustarse (por el estallido que imaginan) siendo que ellos son sus mismos originadores. La reflexión es imperativa.

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