Cosmorama, Opinión

Por un mundo más sonriente

La opinión de Gustavo Salazar Pineda
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Gustavo-Salazar-Pineda
Gustavo Salazar

No hay duda que la alegría, la risa, la sonrisa y el buen humor son elementos personales y sociales que hacen a una nación más culta que otra.

La vieja China, la tradicional y feudal, nos ha legado la cultura de un pueblo que tradicionalmente ha amado el buen vivir basado en una mirada risueña y un tanto escéptica de la vida.  Pero precisamente la China de hoy, enfrentada vorazmente en lo comercial y digital con Estados Unidos, nos está llenando el mundo de personas agrias, amargadas, mustias, tristes.

Ignoraba este columnista un vocablo que he aprendido en una tertulia en un acogedor cafetín del centro de Medellín, de esos mágicos lugares creados para la conversación, el diálogo y el disfrute de la amistad y la vida, que realizamos varios contertulios, quienes profesamos el amor por el pensamiento, la cultura y las conversaciones parroquiales y profanas.   Lo que aprendí es una palabra que deberá incorporarse a un neologismo de la real academia:   nomofobia.   Fuí sorprendido en amena tertulia por el culto líder sindical Mario de J. Valderrama, que la palabra que encierra otra enfermedad del siglo XXI, un sida del espíritu, un cáncer del alma, la nomofobia o terror a perder, olvidar o no tener consigo el móvil o teléfono celular.

Lo hemos predicho muchos opinadores que nos interesamos en esta vorágine virtual que amenaza la raza humana: en Inglaterra, China, Estados Unidos y otros tantos lugares son millones las mujeres y hombres que se volvieran completamente móviles-dependientes, enfermizos y compulsivos drogodependientes de la tecnología cibernética.

Más que la heroína, la cocaína, el LSD, las anfetaminas, el innegable apego a la supuesta comunicación electrónica, está generando estragos emocionales y espirituales superiores a los que causan las drogas enervantes del cerebro. Ansiedad, angustia, miedo, timidez y otros síntomas parecen otros apocalípticos caballos de la modernidad.   Medio siglo atrás era impensable lo que le está sucediendo a la humanidad tan extensa en número de habitantes del planeta como chata y roma en su forma de pensar y concebir la belleza de la naturaleza y el universo.

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La nueva subcultura tecnológica ha cambiado por completo los cánones de costumbres y modo de vida de estos tiempos.   Las élites culturales del mundo se están acabando, en su lugar afloran musas amorfas e insípidas que, celular en mano y en toda ocasión, parecen no poder vivir sin este adminículo tan importante y necesario para ciertas actividades y oficios, pero al que se le ha elevado a la categoría de Dios, de ícono.

Antes teníamos hombres y mujeres a quienes admirar y emular:  los héroes, los iconos, los personajes paradigmáticos, los varones y hembras egregios, epónimos que le dan lustre a un tiempo, los que hacen historia y conmueven al común de las gentes, han ido desapareciendo y los hemos cambiado por los modernos fetiches de la comunicación.

Bobalicones, ingenuos y estúpidos deambulan por calles, plazas, aceras y, lo peor, restaurantes, cafés y lugares tenidos antes como templos de la contemplación, la amena conversación, con sus celulares en manos y cual primates no pueden vivir sin estos juguetes y supuestos símbolos de estatus y comunicación global.   Estreñidos espirituales son quienes no piensan más que en su teléfono móvil a toda hora y en cualquier ocasión, sus almas cada día son más inanimadas.  La risa, la sonrisa y la alegría desaparecen progresivamente de sus rostros, lucen, quién lo duda, mustios, tristes, apáticos, desorientados.

En palabras que me transmitió el culto antioqueño Valderrama Gómez, la enfermedad de la nomofobia (vocablo no castizo) amenaza con convertir al mundo en un corral infame de autistas, de mulas con faldas y calzones, de primates cada día menos humanoides.

 

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