Migrar al sur

Hace décadas los españoles se acostumbraron a la invasión de trabajadores del norte europeo que ahorraban todo el año para pasar el verano en las playas mediterráneas. Se habla más alemán que catalán en la Costa Brava y que mallorquí en las Baleares, y de las rumbas épicas en Ibiza surgieron muchos amores y música memorable.

Grandes artistas se iluminaron en las islas, pues el hábito de cambiar de latitud estacionalmente es inspirador, disruptivo y no es nuevo, lo hacen centenares de especies de aves, mariposas y tortugas, para no hablar de las ballenas jorobadas colombianas que migran con sus ballenatos recién nacidos hacia el polo sur para engordarlos con la abundancia de las corrientes más frías de la costa chilena. O de las ballenas jorobadas chilenas que migran al norte chocoano a parir sus ballenatos y celebrar la vida ecuatorial.

Al paso que se proyectan los precios de la electricidad y la crisis del suministro de energía en Europa querría pedirle a algún economista que donase unas horas de tiempo para calcular el costo/beneficio de migrar por unas semanas en este invierno que llega, hacia las cálidas y gratas tierras colombianas, donde a cambio de pagar una cuenta exorbitante de calefacción podrían disfrutar de espacios de trabajo y rumba más benéficos o equiparables para las cuentas globales de CO2, pero con otra perspectiva del bienestar: unas vacaciones climáticas extendidas.

Además de calcular los costos financieros y en carbono del viaje transatlántico, que se podrían compensar en una gozosa sembratón de arbolitos en un día de fiesta al aire libre con temperaturas garantizadas entre 15 y 30°C, habría que contrastar los costos del uso de oficinas o lugares de trabajo con plena conectividad y servicios, ya que las diferencias del costo de vida entre Bogotá y Tallin (donde según Nimbeo.com, el costo de energía es 330% más alto, en promedio, no en invierno) o Varsovia (donde el costo de vida es un 63% más alto), resulta ventajoso para nosotros, para poner unos ejemplos sencillos.

No es una propuesta viable para trabajadores con salario mínimo, es cierto, pero tampoco es para millonarios: el turismo académico y de salud ya lo demuestran, venir por servicios odontológicos o de salud a Colombia podría representar 6,3 millones de dólares en 2025 según Colombia Productiva.

¿Qué tal un programa oficial de promoción a la migración invernal laboral desde el norte global hacia Colombia? Un paquete de tres meses con múltiples fines de semana de aventura en el país de la biodiversidad y todas las garantías para ejercer el teletrabajo desde la ciudad que escogiesen, según sus propias preferencias. Obvio, en Cartagena el reto es mayúsculo, las mojarras en playa y la luz son más caras que un almuerzo ejecutivo en Oslo, pero escapar varias semanas de crueles nevadas urbanas en Floridablanca, Villavo o Ipiales, por citar tres localidades maravillosas al azar, parecería un buen plan.

Algunos escoceses (claro, viven con libras) pasan 6 meses en Edimburgo y 6 en Ciudad del Cabo (la energía era 160% más costosa en promedio en la primera que la segunda, antes de la crisis), al otro lado del planeta y con ello contribuyen a equilibrar un poquito las economías de la Commonwealth, así como muchos colombianos que tienen que pasar las navidades bajo la nieve del norte (no siempre una aventura grata para los seres equinocciales), envían dinero a sus familias acá. Obvio, es diferente elegir a verse obligados y la invitación incluye el norte global asiático, a ver si nutrimos al menos por unas semanas el intercambio cultural y vencemos la xenofobia. Aun así, entre el invierno japonés y el bogotano (así sus tarifas de electricidad sean solo un 150% más altas) hay un buen tramo…

Queridos y queridas compatriotas del viejo continente, dos o tres meses en Colombia al año no hacen daño, por el contrario, podrían ser buenas para la economía y el ambiente, además de que ayudan a superar nuestro parroquialismo eterno y a relativizar la idolatría al extranjero que nos invade, porque querríamos tener más amigos globales, no sólo clientes o patrones.

Vengan al Guaviare, que se camella rico en San José, incluso en Puerto Carreño o Puerto Inírida, si quieren vivir libres del wifi por unos días, y lo digo sin ironía. Escojan plaza, miren lo que cuesta un arriendo con todo incluido (nada de turismo sexual, por favor) y tráiganse la oficina unas semanas, sus embajadas estarán felices de atenderles sin duda, porque hemos visto gozar Colombia a sus diplomáticos, nos conocen mejor que muchos compatriotas. Encontrarán un territorio desafiante, lleno de oportunidades de negocios si es lo que buscan, pero también, de espacios de reflexión y reencuentro personal: no solo en el Himalaya se puede reflexionar acera del sentido de la vida, el trópico ofrece otra perspectiva.

Si esta propuesta les parece ingenua o inapropiada, les invito a pensar a fondo las implicaciones de los costos de la energía a lo largo y ancho del planeta durante las próximas décadas, y si bien no se resolverán con una amable invitación a compartir beneficios por vía del turismo, es mejor abrir puertas que construir muros…

Migrar durante el invierno del norte al sur ecuatorial podría ser una buena opción.

Brigitte Baptiste

Bióloga transgénero bogotana, promotora de las diversidades y convencida del poder crítico de la comunicación.

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