La terrible dependencia de un barril de petróleo

Las aguas parecen calmarse, pero la cura no aparece. Nada tiene que ver el gobierno de Petro con la dependencia del petróleo. La dependencia la sembró Gaviria en 1991 cuando la apertura frenó en seco la industrialización y la autonomía alimentaria, dos ventajas estructurales que pocos países emergentes pueden cumplir, y que Colombia destruyó.

Quedó en pie la autonomía energética basada en hidrología y recursos minero energéticos, que son recursos finitos porque, por ejemplo, si las fuentes de agua se destruyen las turbinas de las hidroeléctricas se apagan. Por eso alargar la dependencia es una monumental estupidez política y de política económica porque en urgente construir con esos ingresos nuevas capacidades productivas y tecnológicas, como lo han hecho todas las economías más avanzadas y emergentes inteligentes con ventajas comparativas en recursos naturales.

Colombia nunca desarrolló potentes industrias de tecnología a partir de recursos naturales de distinto tipo, por eso no es conocido como innovador de algún nicho tecnológico avanzado. Produce algunos repuestos, insumos, uno   que otro equipo menor y nada más.

Esta es otra bonanza que Colombia desaprovechó, y si pensamos en café, el modelo de la dependencia se reproduce, puesto que la tecnología avanzada para manejar, tratar y transformar el grano, la desarrollan otros.

La dependencia se volvió una manera de pensar, una manera de vivir, y de crecer y progresar, pero a una menor velocidad y profundidad que otras naciones. Con la dependencia se pierden más del cincuenta por ciento de la inteligencia y de las capacidades creativas, intelectuales, emprendedoras e innovadoras: Colombia una sociedad de medio cerebro.

La dependencia, como cultura, es la desesperación que expresan los agentes del mercado que andan angustiados con algunas señales del gobierno en materia de transición energética vía la reducción de la dependencia del petróleo y el carbón.

El problema no es el cambio paulatino de la matriz energética. El problema tiene una doble cara, ambas perdedoras: la primera, extender la dependencia de un recurso cuyo potencial verdadero es incierto y cuyo tiempo de demanda creciente en el mercado internacional será cada vez más corto por los avances en energías alternativas que están acelerando el cambio tecnológico. Europa acaba de decidir que en 2035 dejarán de circular vehículos impulsados por  combustibles fósiles; y la segunda, tiene unos fundamentos teóricos equivocados que dan como resultado suma cero, es decir, tenerlo o no tenerlo, en el fondo es igual. Me explico.

Si Colombia exporta en petróleo y carbón 35 mil millones anuales, y parte importante de esa plata no se reinvierte en el desarrollo de industrias que sustituyan a las actividades que están en proceso de salida por una caída segura de la demanda, y cuando la balanza comercial del conjunto de la economía es tan monumentalmente negativa, la dependencia de las exportaciones de petróleo y carbón no harán más que alargar la enfermedad holandesa, ucraniana, rusa o gringa, como la quiera llamar, que convertirá a Colombia en un eterno paciente de una UCI en la clínica para desahuciados en la economía internacional. Si a esos 35 millones le resta la tecnología que importa para sacar petróleo y carbón, y si además le carga la canasta de importaciones de consumo de las grandes superficies, no queda sino un creciente déficit estructural en la balanza comercial y un rezago en productividad e innovación mayor en el sistema productivo. Esas son razones más de fondo para generar incertidumbre en los mercados, que otras sin razones del intocable mercado.

Ecopetrol no es una empresa de investigación y desarrollo, es una empresa que importa tecnología de extracción, comparativamente a nivel internacional. El Instituto Colombiano del Petróleo es un importante centro de investigaciones, pero no es un centro mayor porque de destrucción creativa poco o nada ocurre en Colombia. Bionergy ha sido un fracaso. Los sobrecostos de Reficar y el banco fantasma de Ecopetrol en una pequeña población de Suiza, habla de que la transición energética no está en el frente de la agenda porque la capacidad de inversión ha estado concentrada en otros negocios, y en inversiones que se duplicaron por corrupción e ineficiencia en la construcción de Reficar que condujeron a demorar la modernización de la refinería de Barrancabermeja.

El hidrógeno verde es como la primera aventura con el futuro, pero no el grueso del negocio de Ecopetrol, de antes y de ahora. Ecopetrol no es el culpable, lo que sucede es que en estos días lo han puesto en vitrina por la discusión respecto a la transición energética y la reforma tributaria, y por mañosas decisiones del uribismo en la junta directiva. Históricamente los culpables han sido los gobiernos y la dirigencia empresarial, en últimas, los responsables de la desindustrialización de Colombia y de la dependencia de los minero energéticos. Los culpables no son ni Petro ni Ocampo ni los demás ministros y ministras del actual gobierno.

Considerando que las políticas de competitividad y de desarrollo productivo han sido malas, pues nunca han tenido focos estratégicos en sectores y actividades de alta tecnología, de manera tal que no ha estado centrada en la diversificación y en el desarrollo de nuevas industrias e innovaciones. Entonces, Ecopetrol y demás multinacionales extractivas han hecho lo que les da la gana: obtienen beneficios para simplemente optimizar la extracción y la refinación de combustibles.

Los gobiernos han tenido a Ecopetrol como una caja grande para gastarla en lo que les da la gana, las carboneras y el ferroníquel, solo extracción y nada de investigación y de nuevas actividades de transformación, por eso Colombia aportó muy poco a la investigación e innovación de esos sectores. Ahora son gigantescos agujeros de los cuales salieron miles de millones dólares, pero no el desarrollo, la equidad y el bienestar que se esperaba y necesitaba.

Ecopetrol no se llamará eternamente Ecopetrol, porque el petróleo se acabará como fuente de combustibles limpios. Si Colombia quiere disponer de un estado emprendedor e innovador, debe crear ya una empresa colombiana de tecnologías alternativas, como parte de la política nacional de reestructuración industrial.

Llevar las empresas extractivas a pagar impuestos sobre las utilidades por la explotación de recursos que son de la nación, es lo mínimo que pueden hacer. La reforma tributaria es correcta y solo los lobistas que trafican corrupción en el congreso y en los medios, se oponen a esos impuestos, con el vil argumento de darle certidumbre al mercado, esa especie de demonio divino que se tomó el mundo para desgracia de países atrasados como Colombia, impedidos para actuar con autonomía en los sistemas globales.

El día que Colombia alcance los 40 mil millones de dólares en exportaciones no tradicionales, ese día se deben terminar los contratos para nuevas exploraciones. Esa meta hay que alcanzarla entre el 2035 y el año 2040.

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