“Nos llevó el diablo”, opinión de Jota Domínguez Giraldo

Jota Domínguez G.

La Constitución Política de Colombia (1991, artículo 19), garantiza a todos los habitantes de este país la libertad de cultos. La Constitución ordena, da un mandato y en consecuencia hay que obedecerle. Ella es la mamá de la casa.

Y, ¿qué es lo que hay que obedecer?; pues que todos, incluidos los jueces, respeten a todos el derecho a profesar libremente su religión – incluido al Presidente – y que él, como cualquiera otro colombiano, la pueda difundir en forma individual o colectiva.

El tema de hoy pues, es la conducta religiosa del señor Presidente de la República, que un Tribunal de Cali le juzga al mandatario como intimidatoria.

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A los hechos: El Tribunal Superior de Cali falla a favor de un peticionario una tutela impetrada por un ciudadano que siente que el Presidente Duque le viola su libertad religiosa, cuando el presidente hace público un mensaje el 9 de julio vía twitter, así: “Respetando las libertades religiosas de nuestro país y en clara expresión de mi fe, hoy celebramos los 101 años del reconocimiento a nuestra Virgen de Chiquinquirá como patrona de Colombia. Todos los días en profunda oración le doy gracias y le pido por nuestro país”.

El Tribunal en su sentencia dice que cualquier ciudadano de este país puede invocar o llamar o rezar con el santo que le dé la gana, menos el señor Presidente.

El artículo 19 Constitucional es reforzado por el 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; .. así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado…”.

El Presidente en ese mensaje twitter no ha llamado a nadie a rezar, ni ha pedido que lo sigan, ni les ha dicho que lo repitan, ni ha solicitado a los colombianos a congregarse en oración en torno a la Virgen y a nadie ha pedido que piense como él y que le sigan su culto. Lo que hizo fue informar con un trino a sus compatriotas que en 1829 el papa Pio VII declaró a la Virgen de Chiquinquirá patrona de Colombia y que el 9 de julio de 1919, el presidente Marco Fidel Suárez coronó a la Virgen de Chiquinquirá como reina de Colombia, y sigue contando que todos los días le pide a ella por nuestro país, es decir, para que ilumine a los jueces en sus fallos. También debería pedirle para que les evite tantas fallas.

Un día (historia real), un estudiante de Constitucional le preguntaba a su profesor que “¿por qué en esta universidad hay una imagen de la Virgen y una capilla, si en Colombia existe la libertad de cultos?. El profesor le respondió, “porque en esta universidad hay una mayoría de estudiantes católicos que pidieron una imagen y una capilla y la institución les garantiza así su culto. Eso es para los que quieran asistir. Y a quienes no estén de acuerdo con esa advocación, se les garantiza el derecho al no obligarles a asistir. Pero nadie aquí invocando el derecho a la libertad de cultos, puede pedir que quiten la capilla de la virgen, sólo porque usted o cualquiera otro no está de acuerdo con esa advocación. Eso sí sería violatorio de la libertad de cultos”.
Uno creería que el de la pregunta, tiene que ser muy buen estudiante como para no pedir una ayuda extra a la virgen en los exámenes y preparatorios.

Algo parecido le acaba de suceder al Presidente Duque.

Falta ahora que el Tribunal Superior de Cali en ese fallo le prohíba al señor Presidente despedirse de los escoltas, choferes, pilotos, periodistas, ministros, emisoras, noticieros, sacerdotes y amigos con las frases “mi Dios le pague”, o “que el Señor los bendiga” o “que la Virgen los acompañe”, frases que en este país es necesario pronunciar por todo lo que aquí sucede cada minuto.

Quien tiene que estar muy molesto con el trino de Duque, es el Mesías, el salvador de Duque y jefe de la Virgen.

Duque debió aprovechar mejor la fecha del 4 de julio (le faltan asesores) y haber escrito lo siguiente: “Respetando las libertades religiosas de nuestro país y en clara expresión de mi fe, hoy celebramos los 68 años del reconocimiento a nuestro Mesías, como el patrón de Colombia. Todos los días en profunda oración le doy gracias y le pido por nuestro país”. (Digamos en voz baja, que “debe ser que el Mesías no se ha dado cuenta y por eso no lo ha regañado”).

Lo que si tiene que hacer el Presidente es enviar dulces o mensaje de agradecimiento a los magistrados de dicho Tribunal porque en la sentencia dicen que “esa declaración (de Duque) por provenir del primer mandatario, predica un alto grado de credibilidad”.

Esa favorabilidad no se lo han dado todavía Napoleón Franco, Invamer, Yanhaas, Datexco, ni otros encuestadores. Y si esa frase de credibilidad viene de los jueces hay que recibirla con mucho agrado, porque se sabe que ellos son imparciales siempre.

Que un ciudadano y un tribunal le revisen los escritos trinados y las palabras al presidente, es señal que algo raro está pasando en este país, pues la costumbre colombiana es precisamente no ponerle cuidado a los presidentes. A ellos se les pone más cuidado siendo expresidentes (ya Santos está volviendo a hablar).

Debe ser que a los magistrados del Tribunal de Cali no les gusta el fútbol, porque si así fuera, el exitoso narrador deportivo Javier Fernández, se obligaría a cambiar su conocida frase “qué el Señor les siga bendiciendo”, la que utiliza de despedida ante millones de televidentes, porque según el tribunal de Cali “es atentatoria contra la libertad de cultos por ser un claro discurso en materia religiosa cuya divulgación es prohibida, pues implica el desconocimiento del derecho de libertad de culto”.

“Nos llevó el diablo”, el título de esta columna, también podría ser fatal para la libertad de cultos.

Y como el Presidente está en su derecho de impugnar la tutela del Tribunal de Cali, también existe la probabilidad de que el fallo definitivo nos diga que entre quienes producen ese tipo de sentencias “hay una gran libertad de incultos”.

Y si así fuera, entonces “que Dios nos ampare” y presento mis excusas al Tribunal por decir esta última frase.