El contagio trans

Así como con el invento de la “ideología de género”, con el cual un reconocido pontífice de los católicos lanzó hace un par de décadas su cruzada contra la diversidad sexual, de género y de familia, cada día aparecen movimientos de personas incapaces de respetar el fuero y el cuerpo y las maneras de expresar el amor de cada quien.

Afortunadamente el Papa Francisco ha revertido en su comunidad, al menos parcialmente, la barbaridad, pero es algo temporal, lo tememos. Pero ahora el turno de amenazar es de nuevo para la ciencia, o la mala ciencia, habría que decir, que como en siglos pasados se usa para justificar la discriminación y la construcción de miseria, en este caso a costa de la construcción de la identidad de niños y niñas y niñes que al crecer se confrontan profundamente acerca de su manera de manifestarse en el mundo, construir relaciones significativas y desarrollar su talento sin tener que preocuparse por darle gusto a los demás, esta vez, en temas de género, preferencias sexuales o concepción de la familia.

En síntesis, la misma lucha por la libertad de siempre, que, revirarán, no lo es, sino “libertinaje, que es otra cosa”.

La broma irónica acerca del “rayo homosexualizador” con la que nos reíamos ante los temores del potencial contagio gay está teniendo un nuevo despliegue contra las personas transgénero debido a la publicación irresponsable de un artículo en una de las revistas de ciencia más famosas del mundo, PLOS ONE, que acogió hace unos meses un escrito de Lisa Littman, quien afirmó en él, “con datos”, que había evidencia de cierto efecto de grupo, es decir, contagio de comportamiento, manifiesto a través de las redes sociales, que estaría impulsando a los y las jóvenes, vulnerables en plena adolescencia, a cambiar de género. Básicamente, “ponía en evidencia” una epidemia de transgenerismo.

La revista, de acceso abierto, que se compromete editorialmente a “verificar únicamente si los experimentos y análisis de datos fueron desarrollados rigurosamente, dejando a la comunidad científica evaluar su importancia, mediante debate y comentarios”, tuvo que reconocer luego que algo no funcionó, cuando se hizo evidente que el citado artículo no tenía la consistencia mínima requerida para hacer las afirmaciones que hacía, ya que la fuente “objetiva” de información habían sido precisamente los padres preocupados por sus [email protected] transgénero.

Básicamente, una “investigación” con una pregunta legítima, resuelta de una manera totalmente inadecuada, puro sesgo de confirmación. La revista trató de echar reversa, pero el daño ya estaba hecho: padres y madres norteamericanos, desconsolados por las elecciones “inadecuadas e inmaduras” de sus hijes ya habían configurado coaliciones enteras y un movimiento “solidario” para protegerles, cosa rara, de si [email protected]

El argumento creciente es que la libre elección del género, que se expresa acorde con las certezas, convicciones y experiencia de vida de cada quien, desde que nace, no puede hacerse sin el consentimiento de los padres, debido a que los y las jóvenes que ansían manifestarse de acuerdo con su personalidad no están en condiciones mentales para hacerlo: la presión social de “una época de perdición” les tiene [email protected], les ha lavado el cerebro y hay que encerrarles en el asilo hasta que hayan reflexionado lo suficiente como para reconocer su error y “aceptarse”.

La misma “terapia” de siempre, la disciplina disfrazada de buenas intenciones, pero letal para una persona que sabe desde su primera infancia que no puede expresar su identidad de género porque a alguien no le parece, una persona que al cumplir la mayoría de edad ya tendrá lacerada el alma y el cuerpo.

La educación en casa y en la escuela es un vehículo central para transferir los valores y principios de una civilización a lo largo de los tiempos, dando cohesión a la sociedad, un sentido y un propósito compartido. Pero sabemos que puede utilizarse para adoctrinar con el simple gesto de suprimir el libre albedrío, restringir la libertad de expresión y anular la capacidad crítica de las personas, para aprovecharse de ellas. La historia es ese debate.

En el tema de género, en occidente aún existen instituciones que separan niñas y niños con argumentos pseudocientíficos, seguros de que su encuentro, regulado, producirá en su momento seres cada vez más virtuosos. En esa polaridad, los estados intermedios (que somos la mayoría, pues “puros” machos o hembras solo existen en la deficiente y violenta biología imaginaria de quienes pretenden ejercer la autoridad de género) son violentamente “corregidos”, incluso apelando al cuerpo médico y otros recursos, cierto, y peor, en otras sociedades sólo hay un género con derechos, pues ni siquiera existen las mujeres como personas o continúan siendo desaparecidas.

La disciplina de género existe, es ruda y aún está presente en el país, para no irnos al extremo de Afganistán, y también se usa acá como arma de guerra y control político, causando muertes, dolor y frustración.

El reciente informe de la Comisión de la Verdad sobre violencia contra la comunidad LGBTIQ+ lo muestra sin tapujos. Pero lo más grave es que se siga buscando justificación estadística y apariencia de rigor científico en las cruzadas contra la diversidad sexual, de género o sus expresiones de cuidado, es decir, de familia, como en el caso de las demandas de personas preocupadas por el “contagio transgenerista”; China ya vetó muchos de sus artistas por “exceso de feminidad”, como si no tuvieran un problema inmenso de asimetría demográfíca causado por los abortos de mujeres en tiempos de la política de un solo vástago.

El trasfondo del asunto sigue siendo la convicción, que puede entenderse como producto de la historia, pero no justificarse más, de que existe solo una manera “natural” (una falsa correlación con “virtuosa”) en las que el sexo, el género y la familia pueden existir, y sobre todo, manifestarse estética y comportamentalmente, que es lo que fastidia a la larga, como si en la multiplicidad de culturas y los miles de años de existencia de lo humano no se hubiera demostrado lo contrario, que la diversidad es regla.

Con la anotación de que nadie está obligado a ser o “hacerse diferente”, pero sí, a respetar el deseo y las búsquedas de sentido de los demás.

La construcción de conjuntos de datos para justificar cualquier cosa es parte rutinaria del entrenamiento de un científico, con el fin de detectar las falacias y las intenciones o sesgos voluntarios e involuntarios en los que incurrimos las personas cuando deseamos tener la razón o nos conviene más una versión de las cosas que otra. La mejor escuela para practicar al respecto y divertirse al tiempo es el famoso programa de “alienígenas ancestrales”, una maravillosa producción de falacias, desarrolladas de manera plausible a partir de una manera particular de ver y juzgar las correlaciones entre hechos (a menudo también supuestos), una práctica a la que estamos confrontadas las personas y que resulta fundamental en la construcción de todo tipo de conocimiento.

Al final, somos libres de adherir a las hipótesis que queramos, torpe o cuidadosamente sugeridas por cualquiera: twitter, como los chismógrafos premodernos, también es una fuente inagotable de tonterías y errores (a veces mortales cuando creemos en publicidad engañosa), pero le damos la bienvenida como reto y parte fundamental de la libertad de expresión, a menos que inciten al odio o la discriminación negativa.

La verdad es un producto colectivo de estabilidad incierta, pero que requiere unos niveles mínimos de consistencia para permitir la adaptación de la sociedad al mundo. Funciona hasta que la suma de contradicciones del acuerdo que la sostiene se hace tan evidente que debe ser reemplazada.

A eso se llama cambio de paradigma, y no sucede sin traumatismo, es cierto. La diversidad de género que hoy evidenciamos, por ejemplo, no es resultado de ninguna epidemia, sino el reconocimiento de un complejo proceso de liberación humana de un mecanismo de opresión milenario y una invención arcaica que fue conveniente a lo largo de la historia para ciertos fines, pero a un alto costo, y que hoy emerge como una revolución inusitada, una que viene reestructurando las civilizaciones, obviamente algunas más que otras.

Porque sabemos que el solo hecho de vestirse con “las ropas inapropiadas” conlleva al destierro en muchos países del mundo, cuando no a la pena de muerte.

A ver si entendemos que lo que se contagia realmente es la libertad, en este caso de género, como vacuna defin

Brigitte Baptiste

Bióloga transgénero bogotana, promotora de las diversidades y convencida del poder crítico de la comunicación.

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