Opinión personal

Alfonso Castro Cid

Cuál es el cuento de poner en los perfiles de las redes sociales, especialmente en Twitter, la frase “opiniones personales.” ¿No son las opiniones, personales? ¿Creen estas personas que, si la embarran con lo que escriben, esta frase los absuelve de responsabilidad? Parecieran ignorar que, al visitar su perfil, uno tiene el objetivo de conocer su forma de ver el mundo, lo que hacen, sus gustos, en resumen: sus opiniones.

No logro comprender el uso que quieren darle a estas dos palabras. Es que, hasta los perfiles falsos en redes sociales, no recurren a esta extravagancia. Tener opiniones acarrea consecuencias, decir lo que se piensa levanta ampolla, hace que se volteen cejas, se den calificativos como: anarquista, liberal, conservador, inhumano, capitalista, ambientalista, optimista, tonto y todo cuando pueda llegar a ser contradictorio para la persona que interactúa con esa idea. Recientemente en el país, vivimos una nueva forma de calificar a los que no tienen posiciones fuertes o radicales, los empezamos a llamar “tibios”. Todas, formas de emitir juicios frente a las visiones de otros. Es así como la consecuencia natural de dar a conocer las opiniones es que siempre llegarán las réplicas. Eso que a muchos molesta, a otros encanta.

Hay a quienes les enseñan a expresarse, a decir lo que piensan. Muchos de ellos lo hacen abiertamente y sin filtro. Otros se muerden los codos para quedarse con un pensamiento en la cabeza y se les ve haciendo el esfuerzo para contenerse, buscando la forma amable y el momento oportuno para decir, correctamente, lo que pensaban. Escribir en caliente siempre es malo, tan negativo como nunca decirlo. Ese fino balance es un arte que las sabias abuelas resumen muy bien: prudencia.

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Dudo profundamente de aquellas personas que no expresan lo que creen, esos que parecieran tener sentimientos asépticos y sus opiniones nunca tienen ese valor intrínseco a la humanidad, la valoración. Algún comentario hay que hacer que sea desacertado, alguna opinión se nos tiene que salir en cierto momento de la vida y buena o mala, tenemos que aprender de ella para asumirla y seguir adelante. No debemos eliminar nuestra capacidad para opinar, si, desde lo personal, desde eso que creemos profundamente y nos hace únicos.

Los grandes líderes no son precisamente reconocidos por su falta de visión o ideales. Sus opiniones demuestran, constantemente, su entendimiento de la sociedad. Es precisamente por esas creencias que se hacen querer de algunos y odiar de otros. No debemos escondernos detrás de trilladas frasecitas de cajón, que parecieran funcionar como una salida por si cometemos una imprudencia y necesitamos excusarnos en que “eso no es lo que creo.”

Uno no deja de ser padre, porque ocupa un cargo laboral. Tampoco abandona su condición de creyente o ateo, por ser jugador de fútbol, ejecutivo o albañil. No se es otra persona cuando se maneja un carro o se va a pie. Los seres humanos somos una unidad, un único ser con miles de facetas y roles, y en todo momento esas opiniones que dijimos hacen parte de nosotros, nos definen. Podemos cambiar de perspectiva, ver las cosas distintas, incluir matices y nuevas realidades, aprender de lugares y culturas que nos hacen ver el mundo de otra forma. Cuántas veces no miramos en retrospectiva y decimos “qué soberbio que era yo a mis 20 años” o “si hoy supiera lo que sé, habría dicho o hecho esto de manera diferente”.

Puede ser que las personas que incluyen en sus perfiles la frase “opiniones personales”, a lo que temen es a esa arqueología que permite hacer una red social. Esos pensamientos, esos insultos, los juicios de valor, las burlas de una situación específica, el trino emocional o esa expresión de vulnerabilidad, quedan ahí en las redes, para que cualquiera las encuentre y nos las traiga de vuelta algunos años después. Ahora bien, ¿existe realmente alguien tan puritano que no se arrepienta de alguna cosita, entre todo lo que ha dicho?

Estoy por creer que esa frase que tanto me taladra el cerebro, puede ser un refugio para quienes en el fondo esperan mandarse un día de estos con un espectacular madrazo, de proporciones épicas, contra ese detestable político o infrahumano corrupto, insoportable vecina, desinflado influencer o perjudicial violador de menores, y cuando lo hagan, puedan decirle a su jefe o pareja con total satisfacción: “tranquilo, esa es mi opinión personal, para nada compromete o refleja la relación que tenemos”.

@AlfonsoCastrCid