El valor de la norma chiquita

Alfonso Castro Cid

Para la Navidad del 2002 mi hermana y su esposo alquilaron un apartamento en Barcelona.  Manejamos desde Madrid hasta la capital de Cataluña y allá nos recibió un señor catalán muy amable que sin hacernos firmar ningún inventario nos entregó las llaves de su casa y se fue.  Entramos y nos sentamos en la sala, mi hermana, su esposo y yo.  Enfrente de nosotros había una repisa llena de pequeñas figuritas, sencillas y lindas.  Miré a mi hermana y estábamos pensando en lo mismo, así que lo comentamos:  “Qué señor tan confiado, cómo nos deja este apartamento con tantas cositas y sin inventario, cualquiera podría robarse una figurita y nadie se daría cuenta”.  Dicha la frase, mi cuñado que es alemán, se sonríe y dice: “Esa es la gran diferencia entre ustedes y nosotros, a mí no se me habría ocurrido que eso se podía tocar”.

Este es un sencillo ejemplo de cómo funcionan de diferente unas sociedades de otras.  El valor de lo ajeno en ciertas culturas es poderoso.  La regla de “Lo que no es tuyo, debe ser de alguien más”, funciona mejor en otras culturas que en la nuestra.  No soy sociólogo, antropólogo o psicólogo para hacer ahora un debate sobre el comportamiento humano y su condicionamiento, pero sí soy un observador crítico de lo mucho que dejamos flexibilizar las normas para que se acomoden a nuestra conveniencia, o como decía un amigo: “en Colombia la ética es situacional”.

Nos quejamos de quien pasa por nuestro lado en un carro excediendo la velocidad y pitando a más no poder, pero gritamos al ciclista que va en un carril donde él tiene la prioridad y nosotros queremos adelantarlo manejando el carro.  Nos parece absurdo que el vecino se queje de los ladridos del perro de arriba a las 11 de la noche, pero si es nuestro animalito lo excusamos diciendo que está feliz y debe expresarse.  Sentimos un arrebato emocional cuando alguien se “cuela” en la fila del supermercado, pero nos parece lo más normal tirar cinco chaquetas y desperdigarnos como muñeco inflable sobre sillas vacías para cuidar los puestos en un show del colegio de nuestras hijas, en un auditorio al que nuestra familia llegará cuando la obra esté ya en el segundo acto.

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Las normas chiquitas, esas que hacen a una sociedad grande, las agredimos constantemente, y de forma consistente estamos pasando esta costumbre de generación en generación.  Debo admitir que en nuestro país algunas cosas han ido mejorando, pero aún tenemos mucha influencia de la cultura mafiosa en donde se aplica constantemente la regla de el que tiene el oro pone la regla.  Si vas a pie eres un pobre pedazo de carne caminante que será abusado por el ciclista, quien es a su vez agredido por el motociclista, que debe cuidarse de no ser arrollado por el de cuatro ruedas, que tendrá que vigilar sus espejos para sobrevivir a los buses o camiones.   Todos serán en algún momento los mismos peatones que deberán sufrir el abuso de sus conciudadanos al volante.

El incumplimiento constante de estas reglas minúsculas es precisamente lo que más evidenciamos en medio de esta pandemia.  Cada quincena hay nuevos motivos para encerrarnos, pero cada día nosotros, por nuestra incapacidad de autorregularnos, estamos buscando excusas para organizar fiestas, quitarnos el tapabocas, salir de viaje, vernos con amigos… salir, salir y salir.

Tendemos a creer que el que tiene y ostenta, vale más que el otro. Una regla tan débil y medieval que genera escalofríos.  Me pregunto si esa “ética situacional” deberíamos exponerla más en nuestras culturas para que nuestros hijos vean lo poco que nos deja avanzar.  Es nuestro gran karma en donde al amañar las normas para nuestra conveniencia, pierden su objetivo de garantizar un beneficio colectivo.   Vivimos en sociedades (típico caso latinoamericano), donde constantemente nos quejamos de que nada funciona, porque todos estamos buscando que las cosas funcionen para un solo lado.

Finalmente, mis vacaciones en Barcelona terminaron y para tranquilidad del amigo catalán y del cuñado alemán, nada salió de la casa en nuestras maletas, salvo una gran enseñanza.  18 años después de esa experiencia, en la que el concepto de AirBnB era aún inexistente, revivo el caso en el comedor de mi casa, contándoles a mis hijas porqué es qué somos tan insistentes en que deben aprender a respetar las normas chiquitas.

@alfonsocastrcid