Desigualdad ¿qué significa? (para no economistas) (6): el meollo

Hasta aquí todo giraba en torno a lo económico.

El meollo de la desigualdad

Un pilar esencial de la democracia es la justicia. Todos debemos ser iguales ante la justicia. Cuando este pilar se quiebra, también se quiebra la democracia. Sucede cuando la concentración de poder alcanza para cambiar las reglas a su antojo rompiendo la equidad en una sociedad; sin importar el tipo de régimen que lo logre, de derecha o de izquierda.

En nuestro caso, la justicia selectiva que se logra al torcer la justicia con el peso del poder económico (sobre el poder judicial y el político) es una fuente enorme de desigualdad que se manifiesta cotidianamente (el dicho popular de que “la justicia es solo para los de ruana” lo refleja a la perfección). Una especie de impunidad garantizada para quienes tienen poder económico basada en una justicia corruptible. Y peor, retroalimenta la concentración del poder económico, usurpando derechos a los demás y generando aún más desigualdad.

Por otro lado, si los ricos, con poder económico, financian las campañas de los legisladores que van a determinar asuntos directamente relacionados con sus intereses personales como cuánto deben pagar en impuestos, no solo impacta las tasas reales para ellos (bien bajas) sino que condicionan la visión del Estado que se debe tener y sus funciones de redistribución y ayuda para bajar la desigualdad. Un Estado que no trabaja en bajar la desigualdad requiere menos recursos. De ahí el reclamo de que faltan recursos para la inversión social, no proviene solamente del poco recaudo sino de la concepción de la función del Estado que ha sido fuertemente influenciada por quienes en la práctica ponen al poder político, ejecutivo y legisladores, a través del financiamiento de sus campañas principalmente (que se quiera o no acaba con su independencia y que es lo único que podría mantener saludable a una democracia). Es decir, más grave aún es la reafirmación sobre la causa del problema: la comprensión que tenga el pequeñísimo grupo de poder económico sobre la situación real. Este es el meollo de nuestra desigualdad, amplificando aún más la espiral descendente. Hay que recordar el concepto de la suma cero para entender las fuertes consecuencias de esto.

Desafortunadamente ahí no para el impacto de tal amplificación. Las sociedades desiguales como la nuestra, además de todo lo dicho, tienden a segregar a los pobres de la buena calidad comparativa de asuntos clave para poder surgir y salir de la pobreza, como la educación, la salud, la alimentación y las condiciones de vida en general, todas concatenadas en alguna medida. Esto ayuda a perpetuar la espiral descendente y a que la mayoría queden atrapados en la pobreza (las 11 generaciones que estima la OCDE que se requieren en Colombia para superar la pobreza).

El origen de la desigualdad determina también la forma en que podemos disminuirla

Y sin embargo hemos avanzado. Somos mejores que nosotros mismos hace 50 años, o hace 100. Lo cual habla bien de nuestro potencial para emprender la disminución de la desigualdad.

Que el país haya avanzado bastante relativamente a su propio pasado no quiere decir que debamos anestesiarnos y no aspirar a vivir mejor y sobre todo al compararnos al mundo, donde hay países en que la gente vive muy bien, con una calidad de vida muy superior a la nuestra y a nuestro precario bienestar, con prosperidad cuando aquí ya muchos perdieron la esperanza, y muy lejos de la violencia persistente que roba nuestra tranquilidad como casi en ningún otro país. No hay que aceptar comparaciones con los demás países de Latinoamérica, que tienen las mismas enfermedades graves nuestras, sino con respecto a los mejores en desempeño de bienestar y progreso de su gente; solo así podemos comprender bien.

La desigualdad afecta a los pobres en forma directa, y como hemos anotado, también a los ricos en dos formas: la primera es la ausencia de seguridad y tranquilidad, que bien podría equivaler al valor de la vida misma (secuestros, asesinatos, violencia, inseguridad, invasiones) y la segunda, la estrechez del mercado con personas de baja capacidad de consumo, que de no haber esa desigualdad ampliaría las oportunidades de los mismos ricos mejorando a los pobres simultáneamente. En todo caso, la desigualdad afecta a todos.

La mayor parte del problema está dentro del capitalismo como sistema de funcionamiento económico de la sociedad, basado en unos postulados que no se cumplen y albergando en su receta práctica los mecanismos corruptos que lo degradan y que de paso dañan a la democracia que es nuestro máximo valor social. Parafraseando la famosa frase de la adalid del capitalismo, Margaret Thatcher1: el peor enemigo del capitalismo no es el socialismo… ¡es la realidad!

Citando al conocido Piketty, “la desigualdad en los países desarrollados solo cedió después de grandes crisis como la Segunda Guerra Mundial o la Gran Depresión, cuando las élites aceptaron reformas sociales, políticas o económicas. … las élites de los países emergentes deberían ser más inteligentes y permitir las reformas sociales antes de que el descontento de la población lleve a grandes desastres de ese tipo” (Semana, 2016). Un mensaje certero y claro. Solo falta que esas élites (el poder económico) comprendan que se está cosechando una crisis desastrosa, y que ellos son quienes deben cambiar su visión.

Necesitamos a esos buenos ricos que solo ganan mercados en franca lid, que pagan sus impuestos, que no interfieran con los demás poderes en forma corrupta para dar rienda suelta a su codicia, que reinviertan en el país para hacer más empresa; los necesitamos al frente de una nueva forma privada de pensar el país en donde cada poder hace su parte en forma independiente y todos siguen las reglas, en donde no quepa ninguna forma de corrupción. Todo lo demás en lo público, incluyendo las reformas políticas y los nuevos políticos necesarios, brotarán a partir de este cambio de modelo de país generado desde lo privado.

La desigualdad no es un asunto colateral al capitalismo que se puede sobrellevar por tiempo indefinido. Así como la falta de libertad, pese a la aparente igualdad socioeconómica, derrumbó al socialismo, la desigualdad, pese a la aparente libertad, derrumbará al capitalismo. Es necesario corregir la desigualdad si queremos estabilidad y prosperidad dentro del capitalismo.

Ya el pueblo colombiano ha mostrado unas señales claras de la urgencia de cambiar el rumbo a través de estallidos sociales en los años precedentes, y una mayor, con el resultado de las elecciones de primera vuelta en mayo de 2022 en donde el “establecimiento” solo recibió el 23% de todos los votos.

Un verdadero grito que deben escuchar y reflexionar aquellos que sí pueden cambiar estructuralmente el estado de las cosas. Invertir en la reducción de la desigualdad y acabar con la corrupción en todas sus formas. Y así, emprender un nuevo país con un nuevo futuro, mejor para todos.

Somos desiguales, sí

Es cierto que los humanos somos desiguales, es cierto que unos tienen mayor habilidad para progresar y que esto siempre será parte de la vida natural. Pero también es cierto que vivimos en una sociedad en donde se amplifica la desigualdad dejando sin chance a quienes no nacieron con una buena posibilidad de salir de la pobreza, así sean esforzados y abnegados trabajadores. Es preciso entenderlo para poder emprender el camino a la generación sistemática de oportunidades de mejora, entre todos, que tiene además la virtud de ayudar a mejorar aún más las de quienes ya gozan de un buen nivel. Además del sentido de humanidad que esto conlleva, su fuerte lógica es una razón de peso para avanzar hacia una sociedad que genere un mejor bienestar para cada colombiano, unos más, otros menos, pero todos alcanzando a vivir dignamente dentro de una democracia más cierta y funcionando sobre un capitalismo muy mejorado.

@refonsecaz

1 “El peor enemigo del socialismo no es el capitalismo… ¡es la realidad!” Margaret Thatcher

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