Una sociedad enferma de inmediatez

La inmediatez es una enfermedad actual en la era digital

  Marcial Muñoz 

Confidencial Colombia. Las prisas dirigen nuestras vidas. Y son extremadamente contagiosas y dañinas. Por si fuera poco, suelen ir de la mano del no menos tóxico estrés. Un veneno letal para nuestra salud física y mental, un puñal para el buen humor o nuestra capacidad de relativizar los problemas.

Desde la llegada de la tecnología, hace ya unas décadas, estamos en una continua carrera por ganar segundos al reloj, por hacer muchas cosas en poco tiempo. Por hacer todo rápido, pensando que eso nos hará mejores. Enfermos de inmediatez. Y esa es una obsesión que nos aleja de los procesos biológicos y naturales del planeta en el que vivimos.

Un ejemplo es la ansiada vacuna contra el coronavirus. Desde marzo queremos que salga “para ya”, y no solo lo queremos, lo deseamos de tal manera que nos ‘inventamos’ unas realidades paralelas. Los científicos ya advirtieron que sería cosa de un año en el mejor de los casos, mientras que en agosto la gente se hacía ilusiones (y se autoengañó) con la vacuna rusa. Al final, en un esfuerzo científico y económico sin precedentes, va a estar en torno a los 12-13 meses. Y ahora nos falta la logística: producción, envío, gestión de almacenamiento… que no es un tema menor. También deseamos que la población se vacune en el menor tiempo posible para recuperar nuestras vidas, pero nuevamente tendrá sus tiempos y no hay que engañarse, no será un mes, ni en dos, ni tres. Es posible que sean años hasta una normalidad pre-covid. No confundamos realidades con deseos.

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Cuando hay un suceso que impacta a la sociedad, enseguida ya culpables. La opinión pública, a través de las redes sociales y los medios, apuntan y juzgan paralelamente. Casi que no importan los hechos, importan los resultados, queremos que vayan a la cárcel rapidito. Ese es un riesgo que termina con la presunción de inocencia, pilar fundamental del estado de derecho por la presión que se ejerce sobre los que deben juzgar en realidad, los jueces. Dejemos a la justicia que obre, aunque lenta, que obre. Lo más importante es la ley. En estos momentos de crisis democrática, la justicia es el último muro de contención frente a los tiranos populistas.00

Ni que decir de los medios de comunicación, en esa carrera por dar la primicia frente a la competencia, a veces caen en imprecisiones o en noticias falsas sin dimensionar los riesgos reales. El océano de desinformación que es Internet es un abismo negro del cual aún ni imaginamos las consecuencias que va a traer a la sociedad en los próximos años.

Suficientes ejemplos de los efectos perversos de las prisas.

Bajo la influencia de las prisas buscamos una gratificación momentánea sin tener en cuenta las repercusiones que ello puede tener sobre los demás y sobre nuestra propia vida. Cuando cedemos a sus dictados buscamos resultados inmediatos, y perdemos interés en esforzarnos para conseguir metas a largo plazo más elaboradas.

Las prisas y su consiguiente estrés reducen nuestra tolerancia al error y nos hacen caer en precipitaciones, convirtiéndonos en esclavos de la ansiedad y la frustración. Cada vez estamos más enchufados a una realidad virtual en la que nuestros deseos de inmediatez se multiplican. Tal vez sea el momento de cuestionarse la idea generalizada de que ‘cuanto más rápido mejor’, por otra que sea ‘cuanto más óptimo mejor’, y en esa ecuación meteríamos la felicidad por encima del resultado. Sí hay que mejorar tiempos, recursos y esfuerzos, pero sin olvidarnos de nosotros mismos, de nuestra salud o la familia.

Para concluir les quiero invitar a ser transgresores. Elijan un día, el que quieran, y dense el placer de hacer las cosas ‘despacito’, como diría Luis Fonsi, en su día a día. Intenten ir a otro ritmo, hacer las cosas con un poco más de calma. No quiero decir con esto que se olviden del celular o dejen de ir a esa reunión de trabajo, para dedicarse a contemplar la vida. No es eso, es pensar un poco más cada acto que ejecutamos y el por qué lo estamos haciendo. No recurrir tanto al automatismo. Bajar las revoluciones en el quehacer diario. Y esto no sólo referido a sus actos, sino a las expectativas de uno respecto a los otros. Prueben, el único peligro es que les acabe gustando.