Reinventar la democracia para salvar la democracia

         Marcial Muñoz

Confidencial Colombia. No hace falta ser sociólogo, ni siquiera un astuto observador de la realidad para darse cuenta de que el clima político en el mundo está como una olla a presión en ebullición a punto de explotar. Esta polarización extrema, creada única y exclusivamente por políticos, ha bajado de la arena de los Congresos a las redes sociales, y de ahí, ha permeado a la calle. Discutir de política se está volviendo un tabú, una tortura. La confrontación de ideas queda para el barro de Twitter. Al mismo tiempo, el desencanto de la ciudadanía hacia sus políticos es una realidad en las casi todo el mundo. Empezando por EE.UU, donde se vienen tiempos oscuros. Y no pensemos que es un fenómeno de ahora, para nada, esto viene de lejos. Décadas. El sistema, las instituciones, la confianza cada vez se degrada un poco más. Y es un aviso serio para la democracia, que creíamos perfecta porque eso nos dijeron desde que somos niños.

Sin embargo, la democracia es muy imperfecta, no por el sistema en sí, que está bien pensado en su forma, no en la ejecución. La democracia es muy imperfecta porque la hacen políticos. Personas. Personas en muchos casos corruptas, inmorales y que sólo están en el ejercicio del servicio público para beneficio propio. La democracia actual es la teatralización de las élites para que pensemos que realmente la ciudadanía tiene algo de poder y de control sobre sus propias vidas. Nada más lejos de la realidad y con el Covid-19 se ha puesto más de manifiesto.

Reitero que la principal falla de la democracia como sistema radica en las personas, la corrupción que se genera alrededor del poder. El cómo se retuerce el modelo para hacer ver que no funciona, o incluso para quebrarlo y buscar ‘fórmulas alternativas’. Y lo cierto es que cada día tengo la sensación de que la democracia funciona peor, reconozco que no sé si llegué a esa conclusión inducido por un ente superior o por mí mismo. Creo que la democracia ‘enfermó de éxito’. Se creyó a sí misma eso de que “es el mejor sistema de gobierno, o el menos imperfecto”, y ahí ha derivado hacia algo realmente ineficiente.

Explico los por qué en seis claves:

1. Los políticos, el gran problema

Hay una ausencia de líderes de talla intelectual. La élite en el bueno sentido. La democracia en la Grecia clásica daba por sentado que solamente las personas más preparadas eran ‘elegibles’. Se hacía un filtro natural por capacidades y aptitudes. Hoy en día nada más lejos de esa realidad cercana al sentido común. Cualquier analfabeto funcional puede ser presidente de un país. Literalmente y me vienen varios nombres a la cabeza. Para llegar arriba solo basta medrar, tener respaldo de algún grupo económico o mediático, mentir bien y tener cero escrúpulos.

Yo plantearía las siguientes ideas para mejorar este quiebre:
Para ostentar un cargo público electo de responsabilidad se debería demostrar una experiencia mínima de al menos 10 años en el sector privado. Si una persona no ha demostrado su valía en el mundo real, la empresa, definitivamente no tiene nivel ni capacidad para ejercer un cargo público y manejar la vida de millones de personas. Sólo a la actual democracia se le ocurre poner como presidentes o alcaldes a personas con estudios básicos y sobre todo, personas que no han creado un puesto de trabajo en su vida. Que no saben lo que es trabajar nunca fuera de la política. Por eso pasa lo que pasa, el fracaso está asegurado. Currículum, por favor.

Ganar un cargo electo no debe ser un cheque en blanco para hacer lo que se quiera. Los gobernantes deben tener controles y evaluaciones continuas, necesariamente. Así como a un gerente de empresa se le exigen responsabilidades, rendición de cuentas con números y gestión cada año (o todos los meses) a nuestros gobernantes les deberíamos exigir que rindieran cuentas igualmente. Saber en que invierten nuestro dinero. Es increíble que si eres CEO de una empresa tu cargo esté pendiente de un hilo casi a diario en función de tus resultados, y que un cargo público pueda hacer lo que dé la gana cuatro años sin que nadie le exija nada. Es un sinsentido.

Y lo más insultante. Las promesas electorales. ¿Cómo es posible que la ciudadanía haya aceptado que las promesas en las campañas políticas se hagan para no cumplirlas? ¿En qué momento empezamos a aceptar eso y no hubiera consecuencias? Al igual que un gerente si no cumple con sus objetivos está en la calle, un político debería mostrar su decálogo de gobierno al inicio del mandato. E ir viendo puntualmente el cumplimiento de su plan de gobierno; y si no cumple, a la calle. ¿Qué sinvergonzonería es esa de que hagan lo contrario de lo que prometieron después de llegar al poder? ¿Por qué el mismo sistema no castiga eso? Los programas electorales deben ser ‘contratos’.

2. Sistema representativo cuestionable

Desde siempre ha habido controversia sobre si es mejor un sistema de voto universal o cualificado. Eterno debate sobre quien puede votar y por qué. En esto la democracia ha evolucionado durante siglos. Pasó de ser un sistema oligárquico en sus inicios a un sufragio universal en la actualidad. Pero no nos equivoquemos, lo que tenemos ahora suena bien, pero no necesariamente es lo más adecuado ni siquiera lo más justo. Hitler o Hugo Chávez llegaron al poder por la vía de las urnas. Ellos, y otros tiranos fueron los más votados por el pueblo. No nos dé miedo a decir que el pueblo se equivoca, se equivoca mucho. Sobre todo si no tiene herramientas intelectuales o de libre pensamiento para confrontar al poder. Es un contrasentido que el pueblo que debe cuestionar y vigilar a sus gobernantes se ‘forme’ con los planes de educación que imponen esos mismos gobernantes. Al final no somos sino un reflejo de lo que ellos quieren que seamos.

Respecto al sufragio es una cuestión de difícil respuesta por la complejidad y las aristas que tiene el problema. ¿Es bueno ‘una persona, un voto’, o debería haber algún sistema corrector en las votaciones para premiar a los mejores? En mi opinión está claro. No es justo que valga lo mismo el voto de un erudito, una persona culta, con capacidad de razonar sobre los problemas de la sociedad y buscar soluciones… al de un analfabeto que por las justas sabe dónde tiene la cabeza; no es justo que valga lo mismo el voto de un empresario honrado que da de comer a 10.000 familias, que el de un perezoso que no hace sino ver televisión todo el día; ni que decir tiene que es absurdo que un sufragio de un terrorista, un asesino o un violador de niños valga lo mismo que el de un ciudadano de bien; o el de un corrupto, que el de una persona honrada. ¿Por qué? ¿Alguien se ha planteado alguna vez que no puede tener el mismo valor el voto de la persona que se implica en la sociedad, que sigue la política, que entiende, que se involucra con el quehacer de su comunidad, que el de la persona que no hace nada por mejorar la vida de los otros? La democracia cualificada, con unos parámetros claros que premien el esfuerzo, la honestidad, el trabajo y el resultado, traería mejores cosas y gente más preparada a la política. Puntaje social ya.

3. La política se acabó. Bienvenido el marketing político

Y esta es una de las claves de todo este turbio contexto en el que estamos. Nuestros dirigentes se han apartado de la idea de ‘hacer política’, es decir, del arte de buscar el bien común para la sociedad, de la negociación, de los consensos entre las diversas partidos políticos y personas que se dedican a la gestión pública. Actualmente, el marketing se apropió de la política. No importa que la gestión del dirigente sea nefasta, ni siquiera importa que haga algo, lo único que importa es vender imagen. Por supuesto tampoco importa la verdad, recuerden que vivimos en un mundo en el que las Fake news reinan en la desinformación. Un mundo en el que no sabemos si lo que vemos en las redes sociales es cierto o es falso. En ese contexto el marketing se desenvuelve como pez en el agua. Realidades idealizadas, bonitos mensajes, bonitas imágenes, pero con poco trasfondo. O un trasfondo falso. El mensaje simple, directo, amable y poco trascendental es el que triunfa. ¿Hace cuanto tiempo usted no ve a un político (fuera de campaña electoral) por la calle, juntándose con la gente corriente, interesándose por los problemas del día a día de las personas, en las fábricas, en los comercios, en las obras… “trabajando sobre campo”. Eso ya no se ve, y no se ve porque los gurús del marketing político descubrieron que la calle es un peligro para la imagen de sus clientes. Al estar 24 horas al día sujeto a cualquier indiscreta cámara o celular, el riesgo de cometer errores o gestos inapropiados es demasiado grande. El resultado es un desapego de la realidad. Los políticos viven en cajitas de cristal, rodeados de asesores que les filtran la información que quieren. Realmente no tienen ni idea del país real en el que viven. Y así tomar decisiones correctas es muy complicado.

4. Confundir apetencias con necesidades: inicio del populismo

Es un claro error de concepto y una manipulación de las herramientas del que gobierna el confundir a la ciudadanía con ‘lo que necesita’ y ‘lo que les da un beneficio’, especialmente en el corto plazo. El ejemplo más claro lo encontramos en el perverso sistema de subsidios. El subsidio debería ser un ‘seguro de vida’ al que el político de turno recurre en circunstancias extraordinarias para afrontar situaciones de crisis puntuales de colectivos vulnerables (desempleo, crisis sociales, catástrofes, pandemias…), Cuando un gobierno retuerce el sistema para volver el subsidio como política recurrente del estado se corrompe el modelo. Para el que recibe un mercado todas las semanas es buenísimo en el cortísimo plazo. Pero no puede instalarse en el imaginario de las personas que la solución es recibir cosas ‘gratis’, básicamente porque lo gratis no existe. Lo gratis siempre lo paga otro. Y llega el día en el que los que pagan ‘muchas cosas gratis de otros’ ya no tienen con qué pagar, y va en aumento la pobreza, hasta que el Estado ya no tiene de donde agarrar. Ejemplos tenemos todos en la cabeza, Venezuela el más reciente. ‘No’ al subsidio como política, sí a la oportunidad de generar empleo y riqueza. Es la única vía de progreso. Lamentablemente, los políticos, en su ceguera cortoplacista, cada día ven más en el subsidio masivo el camino de crear redes clientelistas de futuros votantes. Comprar voluntades. Un deterioro irreversible del sistema.

5. Beneficios reales para los buenos ciudadanos

Las personas nos movemos por incentivos y el sistema está montado al revés de cómo debería ser. La democracia no premia a los buenos ciudadanos. Más bien al contrario, los penaliza logrando desmotivar a una amplia mayoría. A los buenos ciudadanos no se les dan beneficios por generar empleo (al contrario, se les cobran más impuestos); a los buenos ciudadanos no se les dan beneficios fiscales por hacer el bien común, por ejemplo, el colaborar con fundaciones o hacer voluntariado social en sus comunidades. Ni por supuesto pasa nada con las personas prudentes en el carro, que cumplen las leyes, que respetan a los demás… No, el sistema está pensado en negativo, se penaliza supuestamente a los malos, pero con los buenos no pasa nada. Por eso mucha gente prefiere arriesgarse a coger el camino rápido del mal aún a riesgo de caer en la penalización, a veces demasiado laxa. No solo se debe educar en hacer el bien, se debe premiar social y económicamente a las personas que hacen de su entorno un lugar mejor para vivir.

6. Separación real de poderes

Oímos siempre que en teoría los poderes del Estado son independientes, pero ¿es así en la práctica? Montesquieu tenía razón, dejó claras las bases de las reglas de un estado ideal. Lástima que nuestras clases dirigentes lleven décadas empeñándose en retorcer los mecanismos del estado para acumular poder y quitárselo a las instituciones y a los ciudadanos. Una democracia deja de ser democracia si los cuatro poderes (Ejecutivo, Legislativo, Judicial, Opinión-libertad de comunicación/prensa) no están claramente diferenciados y son independientes. Ahora que levante la mano el primer país que lo cumpla. Lamentablemente la injerencia del Poder Ejecutivo sobre los otros tres es cada vez más clara. El Ejecutivo asalta al legislativo a través de la ‘compra’ de los Parlamentos mediante compra de voluntades (mermeladas). Ni que decir tiene con la politización de justicia y sus instituciones: fiscalías, Tribunales Constitucionales… en muchos casos auténticos títeres de los presidentes. Y aún suponiendo que sean justos ¿quién vigila a los que nos controlan? el sistema es susceptible de grandes acumulaciones de poder.

En el caso del Poder Judicial es especialmente grave. Casi todo el mundo tiene la percepción más o menos personal de que la justicia no es del todo independiente. Que dependiendo el qué y a quien se juzgue, los delitos son más o menos graves. Las leyes se están politizando desde el Ejecutivo hasta el grado de que dejan de ser justas. Pierden el sentido del Derecho de buscar el bien común para favorecer a grupos minoritarios en contra de la mayoría. Leyes identitarias absolutamente injustas que dividen y se alejan del sentido común. Y cuando la gente deja de creer en la justicia cualquier camino poco democrático es posible.

Más recientemente el asalto ha sido a los medios. La crisis de la industria de la comunicación ha hecho que la mayoría de medios haya caído en el ‘foso de reptiles’ por su propia supervivencia (al Confidencial Colombia que le registren, nada que ocultar). ¿Creen que pierde independencia los medios que se financian con propaganda institucional que los gobiernos les contratan? Es muy humano pensar que sí. El clásico papel de contrapoder y vigilancia de los medios de comunicación ya no existe. La mayoría son un instrumento masajeador del Ejecutivo de turno. Grave para la democracia cuando los medios de comunicación pierden su papel de controlador del poder ejecutivo. Además las redes sociales diluyen todo en un océano de información desordenada.

Retos de la democracia

La democracia moderna tiene grandes retos por delante: corregir las imperfecciones antes citadas, frenar el populismo de sus dirigentes, saber integrar y frenar los flujos migratorios en el mundo para que no se vuelvan una amenaza a la convivencia tradicional de muchas regiones; o la precariedad laboral de las nuevas generaciones de trabajadores.

Lo cierto es que si la democracia la desempeñaran políticos más preparados y honestos. Si el pueblo se viera más identificado con las instituciones. Si se alejara del discurso populista y del marketing barato para en su lugar atender los problemas reales. Si tuviéramos la certeza de que la justicia es justa, seguro que no estábamos en esta situación de desapego generalizado.

Por el bien de las libertades individuales y colectivas, ojalá el sistema empiece a corregir sus propias imperfecciones en las formas para poder ocuparse de estos problemas de profundo calado. Si la democracia no es capaz de evolucionar y acabar con los problemas de las personas, los problemas y las personas acabarán con la democracia.