Lo políticamente correcto: democracia y oclocracia

Lo políticamente correcto: democracia y oclocracia

  Marcial Muñoz 

El éxito de lo políticamente correcto es el fracaso de la libertad de pensamiento. Ganó el miedo a expresarse libremente, ya sea por pereza o por miedo al rechazo social. El fiasco en la confrontación de las ideas dentro de un marco de civismo y educación. En resumen, lo políticamente correcto es la degradación de un pilar fundamental de la democracia como la libertad de expresión y de pensamiento. Quienes caen en esta trampa intelectual renuncian a su criterio personal para, por lo general, conseguir la falsa aceptación de una mayoría de idiotas que no se cuestionan ni por donde sale el sol cada mañana. No sean igual de idiotas, expresen lo que piensen. Digan lo que crean, lo que sientan, sin miedo.

Cuando una democracia se vuelve demasiado democracia tiende a degenerar en una oclocracia: el poder de la turba insensata, que en última instancia, solo busca su propio beneficio, o peor, el beneficio de la casta política que manipula a esa turba. El clásico filósofo griego Polibio ya alertó hace 22 siglos que era la peor forma de gobierno. Y no puedo estar más de acuerdo.

Las clásicas corrientes ideológicas están buscando su espacio en un mundo cada vez más extraño y frenético. El socialismo utópico fracasó desde su inicio en su proceso endógeno. El marxismo-leninismo lleva intrínseco su mayor debilidad: dice ser dialéctico y su práctica demuestra que es un largo camino al inmovilismo destruyendo la riqueza. Es un fracaso en sí mismo, o al menos hasta ahora nadie en 200 años ha sido capaz de ponerlo en práctica y mejorar las vidas de las personas. Bueno sí, mejora sustancialmente las vidas de sus líderes políticos. Del fascismo ni hablemos porque es el hermano gemelo del comunismo y solo trae rencor, división y muerte en las sociedades que devastó, afortunadamente pocas.

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La crisis del sistema político

En este viaje identitario, el liberalismo también está buscando su espacio y reinventándose día a día. Tras unas décadas de crecimiento y estabilidad, el liberalismo político fue migrando a un intervencionismo del estado. El famoso estado del bienestar de países del primer mundo. Un cordero con piel del lobo sostenible sólo en el corto plazo. Sólo mientras ese político mediocre saca pecho subvencionando. En el largo plazo no es sino una estafa piramidal intrageneracional por la que los pocos jóvenes que trabajan sostienen una sociedad cada vez envejecida a costa de no dejar ‘volar’ a esos jóvenes, con sueldos de miseria. Y la culpa no es de esos mayores que durante décadas trabajaron y ganaron ese mérito dentro de ese mismo engaño del sistema.

El gran problema del liberalismo para que funcione y genere riqueza a la mayoría es que necesita de políticos fuertes, sin complejos. Líderes seguros de que sus decisiones no contentan a todos, pero son las que mejor efecto traen para la mayoría. Mayoría no es unanimidad, es imposible contentar a todos. La democracia debe ser el gobierno de y para una mayoría, no como la actual, que sólo apunta a ‘minorías supuestamente débiles’, despreciando al conjunto. Y como estamos faltos de líderes con carisma, con ideas y con pantalones, surgen líderes demagogos que prometen el paraíso en la tierra a todo el mundo. Desconfíe de ellos, solo traen ruina.

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Un liberalismo eficaz también requiere de sociedades fuertes, libres y comprometidas, y por supuesto de ciudadanos con ganas de trabajar. De mejorar, de arrimar el hombro: de currar, como dicen los españoles, por un sueño de vida. Por eso cada vez son más complicadas las democracias liberales, porque vivimos en una sociedad de gente acomodada, que quiere ‘currar’ poco y ganar mucho, que busca el dinero fácil y rápido, al precio que sea. Que piensa en el ahora y desprecia el mañana. Unos valores arraigados en las nuevas generaciones y que se alejan de los principios liberales del trabajo y la generación de riqueza.

La democracia como sistema político está en crisis de identidad y vive su momento más crítico desde hace un siglo. Le pasa como a las ideologías, se intenta adaptar a un mundo cambiante. A un mundo de personas inconformes con y contra todo, pero que no están dispuestas a hacer nada para cambiar salvo publicar en su red social. Quieren que se lo den todo hecho. Un mundo de personas enfadadas continuamente, que se ofenden con cualquier bobada. Un mundo de gente infantil, y que, en general, desconfía de su sistema y de sus políticos. El caldo de cultivo ideal para el totalitarismo previa utilización de la turba.

El coronavirus como elemento acelerador

La crisis del coronavirus es un acelerador de procesos y afecta especialmente al sistema económico, social y político de nuestras vidas. Nuestro actual reto como sociedad es ese falso dilema de elegir entre “salvar vidas o salvar la economía”. Y digo falso dilema porque ellos saben que nos están ocultando cosas. Nuestros ‘políticos de mercadillo’ nos presentan disyuntivas absolutas entre elegir salud o economía, como si tuviéramos que decidir si es mejor el amor de papá o el de mamá. Como si no hubiera políticas intermedias. Como si no existiera una gama de grises entre la vida o la actividad económica. Falso.

Sin economía no hay sistema sanitario que aguante, y sin sistema sanitario, morirán en los próximos años muchos cientos de miles de personas por déficit alimenticio, primeramente, y luego por las fallas en la atención médica primaria y por la ausencia de tratamientos, diagnósticos y medicamentos de calidad. Dicho más claro, si el sistema colapsa, morirá mucha gente en la próxima década por enfermedades mal tratadas y por la pobreza, que por el propio coronavirus. Y especialmente en Latinoamérica donde ni siquiera llegamos a ese ‘falso sistema piramidal del estado bienestar’ europeo. Recuerden que aquí nadie nos rescatará. No hay fondos ni ayudas internacionales como en Europa. Aquí se salva el que mejor se la guerree, el que se adapte más rápido y sepa anticiparse a lo que nos viene. No esperen nada de ningún político, mejor dicho, luchen porque no le quiten demasiado.

Vivimos la época del pensamiento débil, la desinformación y la aceptación de la mediocridad como un valor positivo. Aceptamos a los políticos mediocres como normales. Ni nos cuestionamos que nos deberían gobernar los mejores, esa batalla ya la perdimos. Aceptamos que lo mediocre está bien con tal de no herir falsas sensibilidades de personas que no quieren mejorar porque el esfuerzo nos agota. Consumimos arte mediocre, música mediocre, televisión peor que mediocre. Y así con todo. La devaluación de la sociedad. La involución intelectual.

A pesar de todo, dejemos los cambios del sistema para los momentos de más bonanza y calma social. Las crisis profundas como la actual no son los mejores momentos para cambios de paradigmas políticos. Mejor una democracia imperfecta que una perfecta oclocracia, que sólo es perfecta para el tirano de turno que maneja los hilos desde la sombra. La gente, siempre igual de jodida, y ese es el punto.