“Si al mundo no lo cambia el amor ¿qué lo puede hacer?”

A través de estas líneas quiero profundizar en mi decisión de separarme de mi curul de senador y quiero aprovechar para despedirme de todos los colombianos, colombianas, organizaciones que me acompañaron en hacer posible mi llegada al congreso y en general todos aquellos que trabajaron de la mano conmigo en los diferentes proyectos iniciativas que impulsé y defendí en estos más de tres años. Si al país le interesa me dispongo a tratar de explicar las razones de mi renuncia.

Estoy en el congreso de la República por un anhelo forjado, desde muy temprano como en todos los seres humanos que empiezan su ciclo de vida, la esponja neuronal llamada cerebro inicia un proceso de experimentación que nos llena de sensaciones y emociones, es por eso que a los niños y las niñas todo les emociona. La vida es la novedad, y en ese entretenimiento se le da sentido.  Esto explica que cuando era más pequeño yo quise ser karateka, astronauta, médico, escritor y muchas cosas más.

Sin embargo, mientras más vivencias tenemos la novedad se va perdiendo y uno se enfoca en lo que más le gusta o en lo que mejor le va. Así pues, hubo algo que siempre me marcó: yo siempre quise ser el primer Superman negro.

Este sueño lo mantuve por varios años en mi niñez, y aunque con el tiempo entendí que los seres humanos no somos de acero, siempre mantuve la convicción de perseguir los valores más altos, los mismos que están representados en los Superhéroes, el “Super yo” puro, el arquetipo de los superhombres, el valor ante la adversidad, la ética, la protección de los derechos de los más desfavorecidos; en fin, la representación más alta de lo que es el ideal de ser humano.

Posteriormente me volví médico que era lo que sentía que me acercaba a esa vocación. La vida me regaló la oportunidad de aprender lo que era amar gracias mi familia de origen y consolidé ese sentimiento través de mi esposa e hijos. Yo he podido amar intensamente y he tenido la fortuna de trasladar ese sentimiento a los demás.

Personalmente cuando veo los ojos de un niño de la calle veo a mis propios hijos, y es esa empatía por los demás y una promesa que hice hace ya 10 años después de haber superado una enfermedad incapacitante lo que me hicieron tomar la decisión de volver a mi país al que tanto extrañaba y aquí tratar de devolverle de alguna manera lo afortunado que he sido.

Para este momento seguro ya se habrán dado cuenta de que soy un soñador empedernido, de los que creen que no hay nada imposible si hay voluntad y, a pesar de las decepciones, en la bondad insaciable del ser humano.

Han sido varias las veces en las que se me ha escuchado decir que es un error creer que en Colombia hay ciudadanos de bien. La realidad es que las opciones en la vida están determinadas absolutamente por las oportunidades a las que tenemos acceso, para la muestra dejé de querer ser astronauta cuando me di cuenta de que en Colombia no hay agencia espacial. Aún peor hay personas en este país para quienes las opciones de comer algo el día de hoy no existen.

En esas imposibilidades está la causa de nuestros males como sociedad, porque los aforismos de creer que la gente es mala o perezosa porque si hacen mucho daño. En Colombia y el mundo hay gente que nace sin oportunidades esa, realidad la vemos a diario en los semáforos de todo el país.

Esta visión de vida fue la que me llevó al congreso convencido de que si aumentamos las opciones y construimos un camino de oportunidades para millones de colombianos y colombianas que no las tienen, pues su futuro dependerá de lo que pueda ofrecer esta democracia en la que vivimos: ese es el deber ser.

Desafortunadamente llegué con ese espíritu soñador al congreso, con ese pálpito infantil creyendo inocentemente que cambiaría el mundo. Creía que las personas que llegan el congreso tenían algo del Superman que guía sus decisiones siempre pensando en el bien común, sin embargo allí en el congreso priman por defecto las decisiones basadas no en el “Super yo” de altos valores éticos sino en el ego de lo individual, en cómo pagar las deudas de campaña, en cómo cumplir con compromisos o venganzas personales y, para algunos, en cómo hacerle daño a los demás.

Esa brecha entre lo que debía ser el congreso para mí, y lo que me he encontrado ha vuelto insoportable mi estadía y ha agotado tanto mi salud como la motivación para seguir en este ejercicio.  Desafortunadamente en la época más difícil en la historia reciente de Colombia este congreso, del que yo hago parte, no resolvió ni uno solo de los problemas reales que aquejan a Colombia, ya fuese por acción, por omisión o para utilizar la crisis y mostrarse como los que pueden ser salvadores del futuro; este congreso se convirtió en un obstáculo para el mejoramiento de la vida los colombianos.

Es cierto que, como ya señalé antes, he tenido dificultades con mi salud, pero incluso estas creo se deben a la pesadumbre de estar viviendo esta brecha que ya he nombrado.

Entre tanto, me perdí varios años de la vida de mis hijos a quienes invité a que habitaran este planeta para mostrarles que hay mucho amor y esperanza por dar y recibir de los demás, y al no estar yo en su vida pues ya les estoy quitando ese derecho e incumpliendo la promesa.

Debo agregar el agravante de que cuando hago las sumas y restas no tengo nada para contarles, sólo historias de muchas peleas dignas que se han perdido en el congreso de hoy porque nunca hay la voluntad política por hacer las cosas bien. A quienes se esfuerzan por causas nobles les pido sepan disculparme si caigo en injustas generalizaciones.

A pesar de las dificultades que experimenté con mi seguridad personal y la de mi familia, con mi salud y los sacrificios de mi entorno familiar lo que verdaderamente me convenció de que ese no era mi lugar fue la imposibilidad de generar bienestar en términos prácticos a los colombianos. Por ejemplo, que las personas se sientan seguras en su país, que crezcan a sabiendas de que podrán estudiar y conseguir un trabajo digno y no ser explotados.

Mi retiro no implica el retiro de la vida pública ni de mi lucha por construir un mejor país, mi retiro es un acto de rebeldía contra lo que prima en la política de este país y desde todas las vertientes ideológicas: puros egos chocando y tratando de obliterar al otro.

La excepción a la regla es que en Colombia alguien renuncie al privilegio de ser congresista, pues cuando lo hacen como lo muestra la historia reciente es para huir de responsabilidades judiciales o porque aspirarán a otros cargos; en mi caso sé que desde aquí la posibilidad de sentir y de dar esperanza no es posible.

Finalmente, queridos lectores yo sí creo que el amor y el preocuparse por el otro mueve montañas y definitivamente todos aquellos que de alguna manera limitan la posibilidad de mejorar la vida de los colombianos les falta amor, acaban la esperanza y están en contra de lo que verdaderamente le da sentido a la vida.

@JuanLuisCasCo

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