Cosmorama, Opinión

Costumbres y placeres olvidados

Opinión de Gustavo Salazar Pineda
Gustavo-Salazar-Pineda
Gustavo Salazar

Muchas de las personas que se han dejado seducir por la televisión, los audífonos y últimamente, de manera frenética, por los asombrosos aparatos electrónicos y sus adictivas redes sociales, no pueden imaginar lo bella, apacible, dulce y agradable que era la vida en tiempos bien distintos a los ritmos vivenciales frenéticos y febriles que se perciben en estos tiempos de dudoso progreso humano.

Vivir bien y gozar con los seis sentidos, incluido el de la sensualidad, que es el mayor potenciador de una existencia gozosa, dichosa y plena, se predica, pero no se practica.   Cada día corremos más en pos de poder, dinero, fama y bienes materiales, pero también en esa desmedida y ambiciosa ansia de tenerlo todo, la existencia se nos escapa como el agua entre los dedos.   Son muchos los que trabajan incansablemente y se prometen una vez adquirida la pensión de jubilación, descansar, vivir bien y darse un lujo de vida que antes no pudieron.

En simple propósito quedan la mayoría de las veces los anhelos y sueños de un mejor vivir en la adultez o la vejez.   El cuerpo ya extenuado y cargado de achaques y el alma muerta y encallecida por la rutina, dan al traste con los deseos de gozar la vida de los que han aplazado lo que debe ser propósito de todos los días de nuestra existencia.   Infartos, aneurismas y otras enfermedades adquiridas a causa de la tensión, la ansiedad y el estrés, acaban con vidas de millones de jubilados que vieran frustradas en sus mejores épocas y momentos muchas de sus fantasías y ansias de vivir a tope, porque sus hijos debían educarse, y su familia en general, eran sus prioridades.

No son pocos, también, los que carecen de enfermedades graves y deterioros profundos en su salud, pero no tienen imaginación, energía y decisión para saber los pequeños placeres que la vida nos brinda a granel, por cuanto su alma, su espíritu y su mente no fueron alimentados correctamente y padecen una especie de anemia emocional, espiritual e intelectual, padecimiento superior a la falta de glóbulos rojos en la sangre.

Aquellos que descuidan en su juventud el cuerpo, el alma y el espíritu y que no utilizan tónicos o bálsamos para uno y otros, percibirán necesariamente en su edad adulta y su vejez las nocivas consecuencias de su mal vivir.

Cuántos hay que se contentan con el placer físico y sexual, superficial y ligero, sin que tengan en sus mentes la capacidad del disfrute de múltiples placeres, goces y costumbres encantadoras que cada día van desapareciendo de nuestra alocada moderna sociedad.

Pequeños placeres cotidianos como conversar, leer buenos e ilustrativos libros, escuchar buena música, bailar, escribir cartas, dar y recibir regalos, cocinar, degustar vinos sensuales y comidas apetitosas, dar un paseo matutino o vespertino, jugar al aire libre, montar a caballo, escalar montes y montañas e ir de pesca, son apenas una muestra de lo que en antaño, hacía la vida más bella y humana.

En ciudades aldeanas como la Medellín de principios del siglo XX, mujeres y hombres tenían vidas sencillas, pero gozosas y placenteras.

Escritores insignes se encargaron de dejar a las generaciones postreras lo que fue el Medellín antiguo, con costumbres y placeres semejantes a los nativos de pueblos y aldeas semi feudales. Juegos y entretenimientos tuvieron infantes y jóvenes de ambos sexos en estas tierras andinas en

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tiempos en que la radio, la televisión y demás medios de comunicación, no alteraban ni dañaban el ritmo calmado de la vida de los habitantes de estas urbes no contaminadas con el arrasador progreso o de poblachos apacibles y solitarios que fueran los municipios en las centurias diecinueve y veinte.

Antes que los juegos se hicieran públicos y masivos, niños jóvenes y adultos jugaban con bolas, balones, trompos, cometas, carros de rodillos y otros entretenimientos sencillos y encantadores.  Atrás quedaron los cafés y las tertulias políticas, culturales y sociales que se llevaban a cabo en salones, cafés, sastrerías, peluquerías; lugares, costumbres y placeres que adornaron la monótona vida de un Medellín ya desaparecido.

Templos sagrados del buen parlar fueron aquellos cafés con nombres de ciudades españolas y probablemente concebidos por personas conocedoras de esos santuarios y oasis para el espíritu, la mente y el alma, que son los cafés europeos, palacios y edificaciones con diseños extremadamente elegantes, confortables y estéticamente bellos.

Ninguna nación como la Francia de unos años para imitar los elegantes y acogedores cafés de la Viena del siglo XIX.  El París de hoy vale como urbe y metrópoli turística; atractiva como pocas para degustar la buena vida, por sus cafés y míticos restaurantes que, por fortuna, aún perviven por toda la ciudad, especialmente por el centro, Montmartre, Montparnasse, el barrio latino, San Germain de Pres, La place de la concorde y otros lugares encantadores de la ciudad luz.

El arte de conversar, comer bien, degustar un buen vino, el placer de ver pasar gentes, se practica con especial devoción por parisinos, franceses citadinos y aldeanos.

La borgoña francesa, campesina, vinícola, productora de quesos; la Provenza francesa con su capital Aix en provence, el valle del Loira, son lugares mágicos para degustar la vida con tranquilidad y lentitud.

Expertos en el arte del buen vivir consideran la Provenza francesa como el lugar más sexi, atractivo y sugestivo para vivir la vida a tope, sin el bullicio y el acelere de las metrópolis invivibles que son las grandes capitales del mundo.

La vida se nos escapa mientras trabajamos frenéticamente; los pequeños placeres que nos podemos dar, sin tener que ser multimillonarios, nos devuelven a las vidas intensas, tranquilas y placenteras que eran muchas en el pasado.

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