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El fútbol, que fuera inventado por obreros ingleses en las horas de descanso de sus jornadas laborales, nació como una actividad eminentemente lúdica, esto es, con un sentido y finalidad de diversión y competencia exenta de cualquier interés económico. Una centuria después devino una mercancía vulgar y los jugadores auténticos esclavos, pues a la manera del Imperio Romano, más que personas son todavía en estos tiempos cosas que se transfieren incluso contra su voluntad a través de los llamados pases, que en casos de figuras estelares del balompié constituyen transacciones multimillonarias en euros y dólares.

En tiempos pretéritos fueron los jugadores de fútbol, como también lo fueron los ciclistas, verdaderos atletas y deportistas amantes devotos del balón, dotados de atributos naturales, a diferencia de los competidores deportivos de hoy, que en muchos casos, son producidos en laboratorios así ellos tengan el nombre de canteras futboleras o ciclísticas.

 

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La FIFA, con todas sus dependencias, convirtió al fútbol en una mercancía y un producto publicitario que jamás pudo imaginar en su momento Carlos Marx se convertiría en el negocio más jugoso para directivos, muchos de ellos corruptos, empresarios dueños de los pases de los futbolistas y los artesanos y oficiantes de tan hermoso juego colectivo.

 

Hasta una buena parte de la mitad del siglo pasado los futbolistas eran talentosos y extraordinarios poetas del balón en el que Pelé, Garrincha, Beckenbauer, Cruyff, Rivelino, Di Stefano, Perfumo, Orestes Omar Corbatta y otros eran los bardos balompédicos mayores.

 

Al alborear la década del sesenta surgió Pelé como el auténtico rey del fútbol y mejor jugador y extraordinaria persona de todos los tiempos. Pero esa eso: un excelente y óptimo atleta dedicado al fútbol que hiciera de esta actividad la bella actividad deportiva, no un héroe, Dios o superdotado jugador como han sido exaltados los futbolistas exitosos de estos tiempos.

 

Un futbolista eximio de antes era un hombre sencillo, casi siempre con origen humilde, dotado de una destreza especial o técnica para jugar con el balón, que en su vida privada actuaba como un hijo de vecino sin ínfulas o vanidades. Tanto en la cancha como en la sociedad, las figuras rutilantes de antaño eran personas sencillas y no conflictivas, pendencieras o presumidas como lo son las estrellas del presente, adoradas por las multitudes.

 

Edson Arantes do Nascimento, que es el nombre como es conocido el natal del estado de Minas Gerais, Brasil, el Rey de Reyes del fútbol, el inigualable Pelé, además de un excelente deportista ha sido una maravillosa persona, quien ha sido objeto de comparación con Diego Amando Maradona, de quien su mismo compatriota, Juan José Zebrelli, ha dicho que nunca ha tenido los récords, logros o conquistas que tuviera el brasileño en su carrera deportiva y loadas con exageración por los periodistas deportivos o con un exagerado ego, como los destacados hombres del fútbol de la actualidad.

 

Quizá el endiosamiento de los futbolistas nació como un fenómeno deportivo y social a finales de los años setenta cuando emergió en las canchas argentinas un pequeño pero excelente dominador del balón, nacido en una villa pobre de Buenos aires, el archíconocido y megapublicitario Diego Armando Maradona. Con este jugador nació la idolatría del jugador de fútbol, personaje del deporte que llevara al delirio a la afición del modesto equipo Nápoles al conquistar dos títulos o escondettos, con el liderazgo y aporte futbolístico del número 10 argentino.

 

La ciudad italiana coronó como el Dios moderno del balompié a Maradona y los argentinos que saben bien venderse en el deporte, declaran con orgullo que “Dios está en todas partes, pero despacha en Buenos Aires”, para hacer referencia a su ídolo que tiene adeptos que lo glorifican como una deidad. No obstante su cuestionada vida privada, sus vicios y sus excesos, su extremada obesidad y otras falencias humanos, Maradona es considerado un Dios del fútbol, así no esté activo deportivamente. Su connacional Lionel Messi, fabricado como un robot del fútbol en la sede deportiva del club Barcelona, ha sustituido al otrora endiosado Diego Maradona. Cristiano Ronaldo ha sido el más feroz competidor deportivo y rival por destronar a Messi. Los dos han fracasado o al menos no han tenido buena figuración ni han conquistado títulos con sus selecciones nacionales. Sin embargo, tanto en la Copa América como en la Eurocopa de 2016, han sido objeto de adoración de millones de aficionados en el mundo. Ellos, los dos, que se creen lo que han hecho de ellos los medios de comunicación, se exhibieron en estos eventos deportivos con sus cuerpos tatuados en manos, pies, conjuntamente con muchísimos más de otros equipos, con la intención de dejar huellas en los millones de televidentes en el mundo. Pero también el último domingo de junio de 2016, Lionel Messi, pudo verse como lo que en últimas es: un hombre dedicado al fútbol que no es el Dios que nos han querido vender los directivos deportivos y los periodistas del gremio mundiales. Messi es una máquina de jugar al fútbol, robótica, distinto a los excelentes futbolistas estelares de otros tiempos, es a su vez, una marca, una mercancía, otra máquina de hacer dinero. La concepción del fútbol de otro argentino, el gran Jorge Valdano, es distinta: “Un estadio lleno es un teatro de ópera… al balón hay que sacarle música”.

 

Señoras y señores: quienes se dedican a jugar fútbol son profesionales de esta actividad deportiva, ni héroes, ni superestrellas, ni superhombres o Diosecillos, como los venden los mercaderes, publicistas y periodistas que se aprovechan de un bello deporte para amasar fortunas y embrutecer millones de aficionados en el planeta.