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Escenarios propicios para el buen vivir

Recomendables para una buena vida, para el desarrollo de la existencia plena y feliz, se tornan algunos lugares según se esté en edad infantil, juvenil o senil. Para quienes tuvimos el inmenso privilegio de haber disfrutado nuestra edad infantil en una aldea tranquila no es caro y amable el recordar aquellos polvorientos, tranquilos y sosegados poblachos de la Antioquia semirrural de la segunda mitad del pasado siglo. Afirmar que el niño que vivió su infancia en un ámbito rural, de adulto está mejor preparado para vivir una vida bienaventurada, no parece exagerado, en comparación con los desafortunados infantes que han nacido, crecido y desarrollado en las complicadas, ruidosas y peligrosas urbes de la modernidad. 

 

Obsérvese con detenimiento a los niños y adolescentes crecidos y criados en la aldea y podrá uno deducir que saben más de la vida y sus ojos destellan miradas de alegría y vivacidad; contrario a los taciturnos, tímidos y tristes que lucen muchos de los hijos cuya vida ha transcurrido en esos estrechos e incómodos apartamentos en los que se han convertido los habitáculos de las ciudades de estos tiempos.  Otro tanto puede decirse de la vida para el ser humano en su etapa de vejez.  Conviene a no dudar al adulto en edad avanzada un espacio rural, el campo es el mejor escenario para vivir los últimos años de la vejez o en su defecto un pueblo cercano a la montaña o al mar.  Y como término medio, puede pregonarse que una vida productiva y juvenil puede ser inmejorable en una ciudad, como quiera que por regla general los pueblos o las aldeas no ofrecen al joven y al adulto las oportunidades profesionales y personales que proporcionan las ciudades.

 

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Diríase también, que el ideal de vida feliz y alegre es aquella en la que se alterna el trabajo citadino con el trabajo campestre, pero son pocos los que tienen el privilegio de acceder a tan apetecible modo de vivir. Son muchos los literatos y escritores que recomiendan el retorno a la naturaleza como remedio de los achaques y males de la vejez y que pregonan el encanto de la vida campestre y retirada. Sabios, poetas y filósofos durante cientos de años han expuesto las bondades y dulzuras de la vida contemplativa, durante la vejez de mujeres y hombres en edad de retiro laboral y en disfrute de su pensión de jubilación.

 

La inmersión en la naturaleza (sea montaña, valle o lugar ribereño de mar o río) renueva y fortifica el espíritu y llevan a quien disfruta de tan ambles lugares a tener un nivel de vida de alta calidad.  Senectudes sanas y lozanas al decir del gran médico y humanista español, Santiago Ramón y Cajal, se ven más a menudo en los sectores rurales y aldeanos que en las contaminadas y bulliciosas metrópolis del siglo XXI. El gran orador romano, Nerón, en su tratado sobre la senectud, alabó la vida campesina.

 

Ernesto Sábato, nacido en el pueblo bonaerense de Rojas, fue un gran defensor de la vida rural para la educación de los niños. Autores hubo en la Edad Media que hicieron apología de la vida aldeana y repudiaron el estilo vivencial de aquellos que preferían la cotidianidad en los palacios y cortes medievales.  El citado Ramón y Cajal, afirmó que la crisis de la ciudad y el ansia de naturaleza ataca a los intelectuales entre los sesenta y los setenta y cinco años, aun cuando agrega en el juicio que realiza, que no faltan los jóvenes o viejos idólatras de la urbe o aborrecedores del ruralismo.

 

La neurastenia, el cansancio  mental y la apatía personal, fenómenos propios de la vida agitada urbana, se curan con la vida contemplativa rural y campesina. Aconsejan los grandes pensadores vivir en lugares apartados de los centros urbanos para la edad madura y hacerse rodear de buenos amigos, leños y libros, lo que constituye una botica, curativa espiritual, al decir del médico citado.

 

He de recordar al gran rey español, Alonso de Aragón, quien solo pedía en su vejez leña vieja para quemar, vino viejo para beber, viejos libros que leer y viejos amigos para hablar.

 

Bienaventurada y dichosísima vida la del que después de haber vivido una vida campesina en su niñez, una buena vida urbana en su madurez, retorna a la salutífera vida aldeana en su vejez como la imaginaba el rey aragonés.