Tasajera y sus tragedias

Columna de Rafael Fonseca Zárate*

Rafael Fonseca Z.

Tasajera es un pequeño caserío, sobreviviente entre el mar y la ciénaga, partido en dos por la cicatriz enorme que es una carretera para ese pequeño hábitat costero, pleno de miseria y necesidades que no parecen resentir quienes viven allí. Los medios ya le han adicionado a su reporte de la tragedia de coyuntura, en la que para esta fecha de publicación suma 23 muertos en forma terrible, los datos de la carencia de acueducto, de las casas sobre la basura, de las consecuentes y lamentables condiciones de salud para sus niños, del escaso servicio de energía y de los precarios registros de educación. Por su parte, en las redes ha habido todo tipo de comentarios; los más fuertes y airados clamando por la represión de la mala conducta de esos moradores que a la primera oportunidad de una presa se lanzan como hienas a tomar su parte en forma salvaje.

La mala conducta proviene de las condiciones de vida de esos colombianos, que parecen calcadas de una enorme cantidad de otros colombianos en otras localidades en todo el país, que cuando un camión de carga tiene una volcada, de la misma forma despiadada se lanzan formando turbas incontrolables a llevarse el botín que les regala de cuando en cuando la suerte.

Son muy pobres, con muy poca educación convencional, y ninguna educación para la vida en sociedad (como todos los colombianos en general, que no tenemos esa educación). La educación que sí han recibido en la práctica es la del ejemplo cotidiano del país, de la forma como funciona, como suceden las cosas, llenas de corrupción e injusticia (ejemplo que, como todos los demás colombianos en general, todos los días recibimos en las noticias de estos hechos desgraciados). Cualquiera que crezca dentro de un grupo humano, en una colectividad como Tasajera, se impregnará de sus costumbres y forma de ver la vida, y tomará la cultura reinante como suya, sin si quiera darse cuenta.

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¿Por qué estas personas, a las que el Estado no alcanza, a las que se les refuerza todos los días la cultura del vivo, del pillo, del corrupto, podría actuar como si fueran de otro mundo? Es evidente que su conducta es simplemente el resultado de esa cultura, que no es ni mucho menos una cultura muy aislada y rara en Colombia. Tiene sus toques caribeños, claro, pero no es otra que la cultura reinante en el país. A su manera y en su escala, interpretan el mismo “derecho” con que los corruptos saquean el Estado, o las empresas.

Los tasajeranos (posible gentilicio) tienen una tragedia terrible en su coyuntura actual. Pero no es la única tragedia que tienen. Tienen más. Ser personas pobres, y sin esperanza según nuestro paradigma de prosperidad en la sociedad en que vivimos, regida por un derrotero económico fuerte y duro los pone en la senda de otras tragedias más estructurales. Valga recordar eso sí, que fácilmente para ellos el paradigma de vida es bien diferente, y a pesar de sus penurias de hecho, son capaces de sonreír y ser felices más fácilmente que quienes son emblemáticos exponentes del paradigma “normal”.

Si nos sobrecogen sus pésimas condiciones de vida y su nada previsión para los años venideros, que no tendrán por qué ser mejores, hay que recordar que la tragedia de Tasajera no es solo la tragedia de los tasajeranos, sino es la de una buena porción de colombianos, que por su pobreza y marginalidad no suman a la economía (no producen, no consumen), y por tanto las acciones para sacarlos de la pobreza son un gasto neto para el Estado que no aporta a efectos del crecimiento económico, que es el gran premio buscado del sistema.

Ese gasto neto debe ser cubierto por los impuestos de los ricos (en teoría, porque ya se sabe que los efectos del cabildeo de los más poderosos tienen reales beneficios en sus impuestos) y de las clases media hacia arriba que sí pagan impuestos, y que por supuesto genera aporofobia (fobia, rechazo a los pobres, Adela Cortina), detrás de un discurso de lo injusto que es trabajar y matarse trabajando para que sus contribuciones sean gastadas en los pobres que no hacen nada y no trabajan. En ese discurso, claro, no hay alusiones a la falta de oportunidades, a la inoperancia del Estado, a la corrupción que anula las posibilidades del Estado tanto por el dinero que no alcanza, pero quizás, en mayor medida, porque el objetivo de quien llega a gobernante no es, precisamente, maximizar los beneficios para el pueblo en general.

¿En qué mal momento los grupos de derecha extrema empiezan a considerarlos como una escoria que hay que limpiar? En las previsiones de Harari habla de personas que ya no se van a necesitar en el futuro, a medida que se ven desplazadas por la infotecnología (inteligencia artificial, robótica, hiper-comunicaciones) y la biotecnología, y su preocupación si no logramos conciliar mediante la ética los límites de sus usos y alcances, en caso de que caigamos en regímenes autoritarios, incluso del orden mundial. Esos irrelevantes, como los llama, no contarán para el sistema económico si no producen, y no tienen como consumir. Serán un verdadero estorbo, que pueden hacer parte de un programa de “limpieza” de quienes manejen un poder extremista como el que es posible avizorar en esa sombría alternativa de futuro. Muy preocupante. Pero no hay que “viajar” hasta el futuro para preocuparse, si en muchas Tasajeras tenemos condiciones similares, aquí en Colombia y ahora.

No hay una solución fácil para esta situación, lo cual significa que no hay solución fácil para Colombia que está llena de este tipo de situaciones. Tendremos que emplearnos a fondo para encontrar soluciones apropiadas para los tasajeranos, sin extraerlos de su territorio, sin violentarles su paradigma de vida menos complejo pero que seguramente les permite ser felices con poco, y puedan aprender, de la misma manera que requerimos todos los demás colombianos, a ser mejores ciudadanos, y cómo lograr prosperidad colectiva.

Para ello, los malos ejemplos deben ser borrados de las noticias cotidianas, y eso pasa necesariamente por acabar con la corrupción, especialmente de los gobernantes. También pasa por compartir una mentalidad compasiva y empática, que nos permita ser solidarios y entendedores de las realidades y necesidades de los demás. Difícil ¿no?

Podemos empezar por nuestra conducta personal.

*Consultor en Competitividad | refonsecaz@gmail.com