Columnista invitado, Lo + Confidencial, Opinión

Los rostros de la emigración

Por: Luis Eduardo Martínez Hidalgo, columnista invitado
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Alguna vez leí que Golda Meir en la primera cuenta que rindió su Ministro de la Defensa le exigió que en el reporte que incluía el número de bajas israelíes en enfrentamientos con sus sempiternos enemigos árabes se incorporase en lo sucesivo la fotografía de cada caído con un breve resumen. No olvido la frase: “Quiero ver sus rostros, saber de sus familias, conocer de sus vidas. No son simples números, son seres humanos” que se afirma pronunció.  

Mucho se habla de la emigración venezolana que expertos califican como la mayor en la historia reciente de la humanidad. Son tantos los que han partido; se van nuestros hijos y parientes, vecinos y amigos, se largan estudiantes y profesores, salen familias enteras. Las casas se vacían alrededor y ya no sorprende cuando al preguntar por alguien nos responden: “está en Colombia, Brasil, Ecuador o Perú”.

Sabemos de ellos por llamadas de whatsapp o más frecuentemente por las redes sociales, rezamos por cada uno de los cercanos y les recordamos ante sus camas vacías. Por los medios conocemos de relatos dramáticos y distintas agencias informan de la tragedia en la frialdad de las cifras: ACNUR habla de 4 millones, la relatoría especial de la OEA estima en 5,000 cada día los que cruzan las fronteras.  4 millones que según encuestadoras pudieran ser 8 en meses por el deseo de la gran mayoría de los venezolanos de probar suerte fuera.

Millones de hombres y mujeres, de ancianos y niños que en palabras de Meir no son simples números, son seres humanos.

Me encuentro en Bogotá desde donde avanzamos en un nuevo proyecto educativo de vanguardia basado en los ecosistemas del Blockchain. Trabajamos ayer por horas con ejecutivos de la Fundación NEM, criptomoneda basada en Singapur, y al salir de la reunión, a las afueras de la Hacienda Santa Bárbara en la trepidante carrera 7, me topo con 4 muchachos, sentados en la acera, que conversan alto entre sí en el inconfundible acento de los venezolanos del centro. Lucen cansados, andrajosos incluso. Mi esposa Larissa, que me acompaña esta vez, les saluda con cariño y yo tras ella: “Somos de Maracay” indican lo que nos conecta de entrada,  “Nosotros también” contestamos. Pudieran ser nuestros hijos y como a tales oímos su historia.

“Salimos de Maracay hace 17 días, cansados de pasar hambre” comentan al unísono. “En mi casa teníamos un mes comiendo sardinas con arroz y a mi mamá le dije que no podíamos seguir así” refiere Carlos mientras José cuenta “trabajaba en la alcaldía de Girardot y ganaba salario mínimo que no alcanza ni para dos pollos”.

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“Fuimos en bus hasta San Antonio y pasamos a Colombia por la trochas junto a un gentío. Caminamos por horas y horas y en ocasiones a mula”, a nuestra cara de sorpresa aclaran que mulas es a cola que camioneros en la vía dan ocasionalmente. “Era un rio de gentes que nos ayudábamos como podíamos,  a veces cantábamos, otras echábamos chistes y en largos ratos solo callábamos y en silencio avanzábamos. En la noche dormíamos en el suelo, bajo algún puente o en construcciones sin terminar. Nos lavábamos de vez en cuando y hacíamos nuestras necesidades en cualquier rincón” relatan para precisar  “lo peor fue el frio, imagínense ustedes del calorón de Maracay al frio de La Nevera en el páramo” que es el de Berlín tan duro como el de Pisba que dos siglos atrás cruzó Bolívar. “Allí han muerto varios” indica Alfredo para luego enseñarnos la piel quemada y los labios deformes. “Vea como estamos. Si mi abuela supiera por lo que hemos pasado le da algo”.

No se quedarán en Bogotá por que no han conseguido trabajo –“y nosotros vinimos fue a buscar trabajo para ayudar a la familia” aclaran- y la policía les acosa y de varios reciben maltrato. “Nos vamos para Cali porque allí si hay chance” expresan esperanzados. “Aquí estamos mal pero la virgencita no nos va abandonar y el año que viene yo me voy a vestir como usted” manifiesta José y Larissa comienza a llorar.

Muy cerca, un pequeño puesto adornado con una banderita tricolor anuncia venta de patacones. Les invitamos a comer y mientras disfrutamos de esa delicias maracuchas –plátano frito relleno con pollo y bastante salsa de tomate- con una chicha morada que no combinaba mucho, nos contagiamos de su momentánea alegría cuando Francisco anticipó: “ya me veo en Las Ballenas metiéndome un asquerosito cuando las vainas se acomoden y volvamos a Venezuela”.

Carlos, Alfredo, José, Francisco, muchachos venezolanos, rostros de una migración forzada que jamás debió pasar. Dios les cuide, dondequiera que estén hoy.

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