Emergencia

Susana Muhamad

Lo que no habían logrado campañas de activistas alrededor del mundo, revoluciones políticas y sociales, el colapso de la crisis financiera del 2008, Al Qaeda, así como otros intentos terroristas, tan mesiánicos como aterradores, lo terminó consiguiendo la naturaleza, a partir de esos seres entre la vida y la inercia, los virus.

Todavía en medio del debate científico sobre qué son estos agentes infecciosos, lo cierto es que han estado presentes, en toda la historia del planeta, este sitial de longevidad lo comparten con las bacterias y este récord seguro superará la existencia de la civilización humana. El COVID 19, asaltó a la humanidad para ‘desnudar’ un sistema civilizatorio inequitativo y destructivo de la vida, el cual se nos antojaba como omnipresente. Frente a dicho impacto, el sistema económico y social ha sido puesto en jaque temporalmente, casi como un aviso.

En pocas semanas han desaparecido estructuras económicas y sociales que costó décadas construir. La humanidad frenó en seco; en algún momento del mes de marzo, 3 billones de personas estaban encerradas en sus casas huyendo de un “enemigo” invisible, pero efectivo, las personas, desde sus moradas, trataban de seguir las alertas sanitarias desplegadas por todo el mundo. Ni la sociedad, ni los órganos de gobierno, hubiesen podido desarrollar una iniciativa de cambio similar, que, a tal escala, pudiera frenar las emisiones de gases efecto invernadero, sin embargo, después de semejante colapso económico, las emisiones a la atmósfera , solo terminarán bajando entre un 4 y un 8% en el 2020, una reducción que es histórica en un solo año, pero que a todas luces es insuficiente en el mediano plazo.

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Entrando en el primer año de lo que se ha denominado, por los científicos, como una década crítica para mitigar, infortunadamente ya no para evitar, la crisis climática, la pandemia nos abrió una oportunidad para entender que significaría, para la civilización humana, reducir las emisiones de gases efecto invernadero en un 50% para el 2030 y a cero para el 2050, metas que han enunciado, los científicos, como las necesarias para evitar una catástrofe. Si con el freno de emergencia, que implicó el COVID-19, solo hemos podido reducir las emisiones temporalmente en un máximo de 8%; ¿Cómo hacer, en los 9 años venideros, para lograr una revolución de esa escala, que permita cumplir la tarea que tenemos por delante?

El siglo XXI es el de la Emergencia. Emergencia entendida en su doble acepción: por una parte en su significado de crisis estructural, en dónde un evento se encadena con otro para mantener en zozobra permanente a la sociedad humana frente al colapso de los sistemas que sostienen la vida; y por otra como aquello que puede “emerger”, como parte de un proceso de resiliencia social, y de la naturaleza misma. Y es ahí en dónde quiero enfocar la mirada.

¿Qué está emergiendo como respuesta a esta crisis social y económica que nos muestra el Coronavirus? y ¿Qué hacer para enfrentar la que se denomina como la década crítica? Que no es otra cosa más que la última ventana de oportunidad, para que la ‘caja de pandora’ que abrimos al desregular el clima, no termine llevándonos al colapso de la civilización humana.

Voy a analizar esta pregunta desde los sistemas urbanos, por ser en las ciudades en dónde se produce el 75% de las emisiones globales de gases efecto invernadero. Por una parte, la pandemia ha mostrado la insostenibilidad de la ciudad moderna con base en combustibles fósiles, pues pone en cuestionamiento la lógica de multitudes y de los sistemas urbanos masivos, como forma capitalista de acumulación del trabajo. La ‘polis’ moderna es resultado de la revolución industrial, la cual aglomera a los trabajadores para el trabajo en la fábrica. A medida que la economía del conocimiento, los servicios y la rotación de capital se convierten en la base de la estructura económica, así mismo se genera la transformación de las ciudades. Desde esta perspectiva re-pensar la ciudad, como respuesta “emergente” a la Crisis Climática, requeriría re-pensar el habitar el territorio desde la lógica de la productividad.

Redefinir el tiempo en la ciudad implica un cambio en la vida de los flujos que se dan en ella, la sociedad que no para, que pretende reducir el espacio y el tiempo por medio de la eficiencia de los combustibles fósiles, debe dar paso a la de las relaciones, a los espacios del cuidado y a la resiliencia con base en la solidaridad, redefinir el espacio-tiempo significa localizar la vida. Si la existencia se localiza y el tiempo se expande, con cosas como el no tener que movilizarme para subsistir, entonces los espacios temporales adicionales, con los que contarían las personas, no deben ser copados por el mercado, si no por el sostenimiento de estructuras sociales, culturales y económicas que permitan autonomía frente al capitalismo global. En síntesis, que mi vida, mi subsistencia básica, no dependa exclusivamente del dinero, sino que ‘entren en juego’ las relaciones sociales de solidaridad.

Solo así, podremos ser autónomos en generar respuestas diversas frente al colapso parcial, temporal o total, del sistema económico globalizado, el cual se tambalea ante las múltiples emergencias que la transformación del clima ya está creando. Por lo tanto, esta es la década de parar, no la de ser más eficaces, productivos, y efectivos, continuando así nuestro frenético proceso que nos desboca al abismo. Esto significa redefinir cómo vivimos, no se trata solamente de un cambio tecnológico, estamos hablando de garantizar y localizar lo esencial.

En este concepto, se vuelve crítica la relación social y comunitaria en lo urbano, entre cada individuo, el estado y la sociedad en su conjunto. En lo alimenticio, es necesario estrechar las relaciones con los campesinos de la región cercana, así como con los mercados locales de producción de todo lo esencial, además de generar circuitos solidarios. También es vital contar con las expresiones sociales organizadas que producen energía, sostienen reservas locales procesan los residuos, producen materiales, restauran los ecosistemas y así reproducen circuitos solidarios de pensamiento y cultura.

Esta visión la ejemplificó muy claramente el innovador Paolo Lugari, en una conversación casual que tuvimos en un café de la Macarena, en dónde me comentaba la posibilidad de que una red de barrios desconectados fuera el paradigma de la ciudad del siglo XXI.

En Bogotá el concejo acaba de aprobar en primer debate y por unanimidad, como un acuerdo multi-partidista, la declaratoria de Emergencia Climática, apoyado en 90,000 firmas y 100 organizaciones sociales. Se espera que a través del acuerdo se tomen medidas estratégicas en esta década, con unos mandatos que se constituyen en el “mínimo ético” para el gobierno actual y los venideros. Un acuerdo que se daría en medio la peor Emergencia económica desde la ‘Gran Depresión’.

A pesar de este avance parece que seguimos sin entender la realidad de nuestros tiempos, este martes, en el Concejo, nos enfrentamos a la discusión de 10,7 billones para endeudar a Bogotá por los próximos 20 años, de ellos 5,2 billones son para Mega-Obras del sistema de movilidad, emerge la ciudad de las líneas rectas de los ingenieros, nuevamente el tiempo que comprime la vida humana en los flujos urbanos, todo ello bajo el único propósito de expandir el capital, el cual sigue dominando el concepto de ciudad. Los cuerpos, resisten.

@susanamuhamad