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Bogotá es una universidad, Caracas un cuartel

Por Luis Eduardo Martínez Hidalgo*, Columnista invitado

Arribo a Bogotá por pocas horas para sellar alianzas que nos permitan adelantar nuevos proyectos educativos en correspondencia con la denominada cuarta revolución digital fundamentada en la nube, los smartphone, la robótica, los ecosistemas del blokchain y la inteligencia artificial. Destacados profesionales estadounidenses, colombianos, españoles, dominicanos, venezolanos y de la ciudad-estado de Singapur avanzamos de la mano sin descanso para ofertar en breve programas de formación de altísima demanda para quienes, parafraseando a David Ritler, usando tecnologías de punta gestionarán el mundo del mañana en condiciones que ningún ser humano jamás ha experimentado.

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Panorámica del norte de Bogotá / Confidencial Colombia

El ritmo de los encuentros es frenético y cada uno tan satisfactorio como el otro. Me sorprende gratamente no solo la calidad intelectual y humana, que daba por descontado, de quienes se incorporan a participar con nosotros sino su disposición de asumir el reto de cambiar paradigmas en un sector casi siempre tan tradicional como el universitario.

Entre varios, quedo encantado con Roberto Hinestrosa Rey, perteneciente a una de las familias que más ha hecho por la educación en Colombia. Su padre, Fernando Hinestrosa Forero, fue magistrado, ministro, diplomático y rector de la Universidad Externado por medio siglo. Su abuelo Ricardo Hinestrosa Daza se educó en la misma universidad, de la cual fue profesor desde 1893 y también rector.

Roberto, abogado, posgraduado en la Universidad de La Sorbona, fundador de la Facultad de Gobierno y Relaciones Internacionales del Externado y directivo desde hace 3 décadas, se entusiasma con ímpetu juvenil por lo que juntos haremos realidad y permitirá a nuestras Universidades ser referentes continentales y aún más.

A Bolívar le atribuyen la frase: “Bogotá es una universidad, Quito un convento y Caracas un cuartel”, supuestamente pronunciada cuando Colombia, Ecuador, Panamá y Venezuela eran un solo país de suertes tan dispares hoy.

¿Fue capaz el genio de El Libertador de anticipar en una frase el fundamento de nuestra tragedia presente?

En 198 años de país independiente, militares nos han gobernado por 140 años contra 51 de civiles y si alguien saca cuenta y advierte que restan 7 es porque, sin pretender ofender a nadie, no sé cómo calificar el hasta ahora septenio de Maduro, “un civil que viste frecuentemente una guayabera verde olivo con jinetas en los hombros que semejan charreteras, como un rehén que buscase mimetizarse con sus secuestradores” según escribió alguna vez mí no pariente Ibsen Martínez.

Cuando en la noche hojeo periódicos colombianos –impresos con muchas páginas y bastantes a full color- y leo que la inflación del 2018 fue de 3.18 % contra no sé por fin cuantos millones la nuestra y que la del 2019 pudiera ser de 3.20 % contra otra vez nadie sabe cuántos millones la nuestra, que la economía local será de las más destacadas de la región con un crecimiento del PIB de 3,6 % superior al 3,3 % estimado para el mundo por el FMI, nada que ver con la caída brutal -50 % en el último quinquenio- del nuestro, al vocero del Ministro de Comercio, Industria y Turismo, José Manuel Restrepo que viene de ser rector de la Universidad del Rosario, afirmar que se reducirán los impuestos, me salta la envidia por lo que los otrora hermanos de nación ahora son. Pero cuando recuerdo mi aterrizaje en El Dorado rodeado de cuadriculadas parcelas y numerosos galpones, que supongo llenos de flores que inundarán mercados extranjeros, el desembarque en un aeropuerto del primer mundo repleto de ajetreados viajeros, mi recorrer por avenidas de semáforos que funcionan y estaciones de gasolina sin colas para participar en reuniones donde nadie estaba pendiente si se “iba la luz” o caía el internet y no me hablaban de precios –bueno en verdad si,  en un descanso una venezolana asistente me dijo “si quiere llevar Harina Pan aquí la consigue en 1,750 pesos”  que me percato es como medio dólar,  que es como 3,500 soberanos bastante menos que el bachaquero que surte a Larissa- me invade un malestar pero el  estómago se me revuelve al saltarme una brevísima conversación con el chofer de Uber que me transportó temprano.  “¿Y cómo les va con los venezolanos?” pregunté a lo que en mi cara se rió  para responderme: “aquí hay más venezolanos que en Venezuela, mírelos usted” y apuntó a un niño que agitaba unos cocosetes  frente al parabrisas del vehículo, en plena calle,  invitando a comprarlos para agregar lapidario “ahora si quiere ver como la están pasando muchos de los suyos puedo llevarlo al terminal”.  Resolví callar ante la manera que me lo dijo aunque tuve ganas de sacarle en cara cuando casi un millón de colombianos se refugiaron en Venezuela y como les abrimos los brazos pero al bajarme en la calzada del edificio al cual me llevó en Usaquen y me topé con una familia –padre, madre, hijos pequeños- arropados con una sucia cobija extendiendo la mano rogando por “unos pesitos para comer” en el inconfundible acento de un caraqueño de Catia comprendí que mi disgusto no podía ser con el “rolo” que me manejó sino con los “rolos de incapaces” que nos sumergieron en una pesadilla sin fin.

Dios quiera que pronto hagamos de Venezuela Universidad, Escuela y deje de ser cuartel.  Así Don Roberto, estaremos a la par.


*Luis Eduardo Martínez Hidalgo es Chancellor de Millennia Atlantic University en Miami y Rector de la Universidad Tecnológica del Centro en Venezuela. Columnista de opinión en medio centenar de medios impresos y digitales, fue Presidente de la Asociación de Gobernadores, mandatario regional, diputado y concejal.

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