Asperjar con glifosato hoy no es una opción, es un deber ético

Santiago Ángel

El debate del glifosato de los últimos días por los hechos de violencia recientes ha cobrado un nuevo capítulo en la opinión pública. En este tema es especialmente importante escuchar a todos los expertos, no solo a los que opinan que la única solución es desarrollar una industria ancestral y autóctona que puede darle capacidades a la hoja de coca y no a la cocaína.

Esa, por supuesto, es una alternativa que los gobiernos en todos sus niveles deben incentivar. En la Costa Pacífica y en los territorios protegidos, donde se encuentran una enorme cantidad de los cultivos de uso ilícito, hay comunidades que están dispuestas a crear una industria con los innumerables usos que puede tener la hoja de Coca; medicinales y terapéuticos. Ese tabú hay que empezar ha deconstruirlo con eficiencia.

Lamentablemente, aún con la promoción de una industria como esa, que puede significar buenas rentas al país, y con los programas de sustitución,  no vamos a superar la violencia producida por el narcotráfico que para cuidar su negocio mega millonario, arma ejércitos ilegales de delincuentes que terminan disputándose las zonas y, en esa fricción, asesinando a líderes sociales, jóvenes, defensores de Derechos Humanos y a una población civil que queda encerrada indiscutiblemente entre el abandono estatal, la falta de contundencia del gobierno para hacerse con seguridad con esas zonas, y el reino de los delincuentes de todos los orígenes.

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Quienes defienden el fin de la aspersión por problemas de salud en las poblaciones aledañas que no han sido probados suficientemente por la ciencia, tienen que saber que su conclusión es populista e insensata. Nos dicen: El glifosato no se puede porque hay que prevenir efectos en la salud de la población civil. Pero lo hacen convenientemente sin recordar que el no asperjar significa enviar a soldados a morir fusilados con tiros de gracia, acribillados por disparos de francotiradores desde lugares imposibles de detectar, o pisando minas que terminen su vida de forma tortuosa o frustren sus proyectos perdiendo sus extremidades.

En Colombia no podemos valorar tan poco las vidas de los soldados, como quieren algunos, porque están en zonas rojas y es su misión morir indiscriminadamente con tiros de gracia. La vida de la población civil importa tanto como la de los soldados, jóvenes también, aterrorizados también, e inocentes también que, en la mayoría de los casos, tuvieron que ingresar a las filas por unas condiciones estructurales de falta de Estado y falta de oportunidades para seguir sus sueños y sus pasiones.

La falsa dualidad que nos proponen es populista y olvida siempre el hecho de que mientras que se asperjó, Colombia logró la reducción histórica más importante de cultivos ilícitos, que por supuesto no soluciona el problema de forma determinante (eso solo lo hará la legalización en sincronía con el mundo), pero que ayudó a llevar a los narcos y a los grupos armados a una reducción de sus capacidades, que ante la ausencia de glifosato, se sienten poderosísimos e intocables.

Hay que juntar todas las alternativas que existan: la del desarrollo de la industria cocalera, la conversación con las comunidades, la sustitución a todo dar y, por supuesto, la aspersión para combatir efectivamente a los grupos armados y reducir sus rentas, sus capacidades y sus ejércitos.

Es entendible que la familia expresidencial nos diga que no se debe asperjar y utilice para eso falacias y falsas dualidades que nos llevan a alargar la discusión. Lo cierto es que la única consecuencia de no asperjar es que los grupos de narcos asesinos, las guerrillas que se dedican al negocio y los reductos de paramilitares siguen fuertes generando la violencia de la que después culpan al Estado. Pero además, llevan a nuestros soldados jóvenes y a sus familias a vivir tragedias inimaginables que luego con facilidad desprecian en Twitter desde Bogotá.

No hay que escuchar los cantos populistas que dicen no asperjar porque probablemente genere cáncer. Hay que alejar en lo posible a esas poblaciones, salvar las vidas de nuestros soldados y de la población civil que luego es penetrada por las balas de los narcos.

No asperjar, al final, entendiendo fácilmente las consecuencias de mantener los cultivos en el volumen que tiene Colombia hoy, es estar del lado de los narcos que liquidan con horror las vidas de ciudadanos inocentes y soldados que solo hacen su trabajo con honor. El glifosato en las condiciones de hoy no es una opción, es un deber ético.

@santiagoangelp