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Alimentarse no es sólo cuestión de estómago

Por: Camilo Santos Arévalo*


Nos encontramos en una situación que nos demuestra nuestra vulnerabilidad como especie humana; estábamos advertidos, pero la velocidad de la información que se genera hoy en día no permitía hasta hace poco (semanas) hacer esas pausas intelectuales, trabajar en tanques de pensamiento para lo inesperado. Eran comunes las presentaciones y proyecciones académicas y empresariales donde con ajustes se lograrían las metas planificadas, pero no miramos fuera del entorno, no observamos a ese ecosistema que, como lo asevera Gustavo Wilches-Chaux, “no necesita de la raza humana, …seguirá su paso con, o sin nosotros”: para la naturaleza somos invitados a participar, pero sobre todo a entender en esta coyuntura que las crisis aceleran la historia.

Para fortuna del sistema no todos estamos buscando hoy atención médica, pero sí estamos comprando y consumiendo alimentos con un mayor grado de atención, algunos con recetas suculentas, otros con austeridad inteligente y muchos que lo logran gracias a la solidaridad que hoy se ve activa a través del suministro de mercados básicos con productos esenciales como arroz, leche, huevos y algunos cereales. Una frase muy citada dice “somos lo que comemos” y ante la amenaza viral de hoy, la adecuada ingesta de agua, proteína, grasas, sales minerales y carbohidratos puede marcar la pauta de supervivencia en el momento que el ser humano contagiado deba librar la batalla contra esta pandemia.

En un proceso liderado desde la Organización de Naciones Unidas (ONU), con apoyo de su agencia FAO y grandes donantes, se crearon diversos centros de investigación globales y de resguardos genéticos de alimentos considerados vitales para una eventual hambruna. Cito como ejemplo tres (3) de ellos: CIAT (Centro Internacional de Agricultura Tropical), el CIP (Centro Internacional de la papa) y el IRRI (Instituto Internacional de Investigación del Arroz). Estos centros, en su mayoría fundados en la década de los años sesenta, han estado dedicados a reducir el hambre y la pobreza y mejorar la nutrición humana en los trópicos mediante una investigación que aumenta la eco-eficiencia en la agricultura.

Esta sensata preocupación del pasado contrasta con la situación que vivimos hoy, donde vemos la ausencia de un liderazgo mundial para organizar de manera eficiente, ya no la investigación agronómica y genética, sino la capacidad de suministro y logística en la producción, distribución y capacidad de adquisición de alimentos involucrando a todos los países, para contrarrestar situaciones de pandemia con el mismo ahínco y fortaleza con que los gobiernos continúan desarrollando su capacidad militar. Por lo anterior un llamado urgente a aplicar el conocimiento, la ciencia, la tecnología y los recursos de manera planificada y ordenada, para acelerar y potenciar las despensas agropecuarias del trópico, reorganizar comercialmente lo que en cifras aparece como aparente abundancia de alimentos y reformular las acciones económicas que permitan mantener el poder adquisitivo de los ciudadanos para proveer a su alimentación básica.

En la recuperación tipo “acordeón” que algunos expertos economistas plantean, el sector agropecuario deberá estar en todas las “notas”, con conceptos no sólo financieros sino aquellos que nos lleven a recuperar nuestra cosmogonía, aquella con que los nuestros antepasados habitantes de estos territorios solemnemente protegieron las áreas naturales, garantizando la producción y almacenamiento de alimentos en los terrenos adecuados, lo que permitió mantener alimentados a sus pobladores.

Como lo mencioné en mi artículo anterior, Colombia, que es uno de los países llamados a ser la despensa mundial de alimentos, hoy evidencia no sólo la fragilidad de la producción sino de la logística. Todos conocemos actualmente el ciclo de propagación del virus, COVID-19 pero muy poco conocemos como sociedad acerca de los ciclos productivos de nuestros cultivos.

Reevaluemos las costumbres de salud e higiene, por supuesto, pero revisemos también detalladamente nuestros hábitos de alimentación. Seguramente en el futuro los momentos más recordados serán los que se compartieron alimentándonos en familia; algunos privilegiados agradeceremos por la seguridad alimentaria, otros por haber contado con un mínimo vital y muchos desafortunadamente continuarán padeciendo la malnutrición reportada por el Instituto Nacional de Salud (INS) en su Encuesta Nacional de Situación Nutricional del año 2015 con una triste conclusión: “todavía hay muchas familias sin una alimentación suficiente, digna y adecuada desde el punto de vista nutricional, pues los alimentos con proteínas y nutrientes claves como hierro, calcio y zinc son los más costosos y son todavía más inalcanzables para las familias más pobres o de origen étnico”.

China, el punto de origen de la pandemia, ya tuvo en el pasado una crisis profunda derivada de una hambruna que entre 1959 y 1961, condujo al fallecimiento en ese país de más de 15 millones de personas (según las autoridades oficiales, y 15-30 millones según los académicos). En su momento, la inanición resultó de una serie de sequías e inundaciones catastróficas sucesivas, cuyos efectos sobre la disponibilidad de alimentos se vieron exacerbados por el caos económico y político resultante del programa de industrialización denominado “El gran salto adelante” (el COVID19 ha cobrado a hoy 3.336 vidas en la China).

Tendremos inevitablemente que construir una mejor condición humana; yo los invito a que una arista sea la alimentación, aquella que nos brinda energía, proteínas, calorías, minerales, vitaminas, grasas y los carbohidratos que requieren el cuerpo y la mente para que los procesos bioquímicos de toma de decisiones que seguiremos enfrentando nosotros y las futuras generaciones sean los más inteligentes.

Notas: Si observamos geográficamente la distribución del COVID-19 en Colombia, notamos que casi un 40% del territorio del país está hoy libre de contagio (aproximadamente 456.000 km² en ocho (8) Departamentos); es este vasto territorio estratégico y potencialmente productivo el que urge planificar de manera articulada, con la premisa de protección de nuestras áreas vitales de reserva de biodiversidad, obligatorias, para/por las futuras generaciones, y de igual forma, garantizar la producción de alimentos y el poder adquisitivo que mantengan los ciclos biológicos, económicos y sociales de nuestra Colombia.

*Ing. Agrónomo – Universidad EARTH – Especialista en Gerencia Ambiental

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