Parar el cambio climático: ¿muchas pequeñas soluciones de cada persona o pocas grandes soluciones de tecnología?

Los acontecimientos recientes, ya no solo se refieren a inundaciones en Bangladesh, hambrunas en Etiopía o devastación de huracanes en los países pobres de América Central y Haití; ahora también registran inundaciones en Alemania, en la mismísima Nueva York y en la China, además del aumento de incendios devastadores en el Ártico, California y el Mediterráneo, confirmando lo que desde hace ya décadas los científicos venían anunciando sobre los riesgos del cambio climático y cuyos mayores impactos veremos si rompemos los equilibrios fundamentales de sistemas ambientales de la tierra, desatando reacciones en cadena incontrolables por el ser humano. Ya está aquí y está sucediendo, y es posible que al terminar esta década ya hayamos superado el aumento de 1.5º (grados centígrados por encima de la temperatura media de la tierra de la época preindustrial) que los científicos han señalado como el punto de inflexión. Pero pareciera que aun la enorme mayoría de habitantes de la tierra no se dan por enterados.

Preguntaba el ingeniero Camilo Augusto García en sus medios, si se requería de soluciones grandes y faraónicas para enfrentar el cambio climático, o si se trataba de millones pero pequeñas soluciones, una para cada habitante, apuntándose él a ésta última. Esta pregunta aparentemente fácil, formulada por alguien acostumbrado a las grandes abstracciones por su trabajo en modelación matemática para optimización de procesos complejos, no buscaría una respuesta simplista. Obliga a tratar de adivinar cómo éste ser humano actual, con todas sus costumbres, cultura, inteligencia e ideologías, respondería mejor a un llamado urgente, al cual está perezoso de comprender, en algunos casos, o no está a su alcance comprender, en otros. Comparto mi respuesta ampliada para aportar al debate necesario.

Auscultar en los extremos de la situación siempre ayuda para entender los problemas. Si cada uno de los habitantes de la tierra emprendiera las acciones personales que le corresponden en la medida de su entorno y sus posibilidades, es posible que no paráramos en seco el aumento de la temperatura (como vienen reclamando los científicos) pero sí cambiáramos la tendencia. Enunciar estas acciones siempre es conveniente: reducir el consumo (puede sonar ofensivo para la mayor parte de la población que tiene enormes carencias, pero que es importantísimo en países ricos), preferir los productos y servicios necesarios que tengan una baja huella ambiental (sin venenos, que usaron energías limpias), adoptar todas las prácticas de economía circular en todas las facetas de su vida (en casa, en el trabajo, socialmente), hacerse parte de soluciones básicas como cuidar el bosque (especialmente no deforestar), la diversidad, los animales, sembrar árboles, pintar de blanco el techo de su casa y del pavimento de su cuadra, de ser posible generar su propia energía a partir del sol, del viento, de corrientes de agua, y así sucesivamente.

Ahora examinemos qué pasa en el otro extremo: ningún habitante, por voluntad propia quiere o comprende que debe hacer su parte. Empezamos a necesitar acciones masivas que le corresponden a los Estados a través de sus Gobiernos, creando las condiciones necesarias para inducir y hasta obligar a sus nacionales a hacer lo que les corresponde. Condiciones que van desde educación ambiental, pasan por los incentivos correctos incluyendo impuestos y llegan hasta los castigos necesarios. Ahí registramos de inmediato el mayor escollo, una especie de error circular (como se le dice en las hojas de cálculo cuando una variable independiente resulta dependiendo de sí misma) y es que, para tener esos Gobiernos que actuaran en la vía correcta se requeriría que los hubieran elegido pueblos ya conscientes del llamado urgente que debemos atender para parar el cambio climático.

Lo que se puede prever es que pueblos más avanzados en la comprensión del problema vital para la humanidad, seguramente liderados por Europa, profundizarán sus incentivos comerciales y políticos, para inducir a las demás naciones a actuar en consecuencia para que hagan su parte. Hasta incluso ejercer bloqueos comerciales, que conoce bien la comunidad de naciones desde hace más de medio siglo por razones ideológicas, y en algún momento, militares, para obligar a que, por ejemplo, Brasil comprenda que la deforestación del Amazonas no es ni mucho menos un tema que puede manejar con la discrecionalidad local aludiendo a su soberanía nacional.

Pero el alcance de las reacciones tanto locales como internacionales están aún por descubrir. Ya se está vislumbrando un nuevo motivo masivo de desplazamientos por causa del cambio climático, de regiones en los que se acabe el agua, o las condiciones para producir alimentos o para vivir, a otras en las cuales tendrán forzosamente que albergar a estas poblaciones dentro de los mismos países, y en algún momento, en otros países. ¿Hasta dónde llegarán las acciones de fuerza (militares) para impedirlo o para permitirlo? Un nuevo orden mundial está por llegar que adapte a la humanidad a las condiciones hostiles a las que pueda enfrentar debido a un cambio climático creciente con reacciones en cadena, y quizás desequilibrado para siempre.

Completando una frase de Philipp Blom “las personas no cambian de opinión por argumentos inteligentes, lo hacen por este tipo de experiencias (refiriéndose a los desastres y catástrofes)”, no estamos ante una humanidad tan inteligente como usualmente nos creemos. Es posible que el cambio de tendencia lo logremos cuando ya sea irreversible la tendencia y allí nos tendremos que adaptar a una naturaleza permanentemente hostil sin equilibrio a la vista.

La parte más dura del cambio necesario es curiosamente blanda, de ideología: los que más impactan el ambiente son aquellos que han logrado una gran comodidad para sus vidas dentro del capitalismo basado en individualismo, en la competición entre personas en los mercados y dentro de sus sociedades.

Es posible que se esté esperando que la tecnología ayude a producir soluciones que consisten en aminorar las consecuencias en vez de reducir las causas, como prefieren la mayor parte de los científicos tratando de asegurar el resultado. Una parte de la economía ambiental que está despegando hacia una época de enorme auge está anunciando capturadores de CO2 para regresar este gas de efecto invernadero a la tierra, lo cual ayudaría siempre y cuando sus dimensiones sean muy notables (de pronto faraónicas); pero, por ejemplo, surge ahora también muy amenazante el metano que está empezando a liberarse por la descongelación de la turba (permafrost) en el círculo polar ártico y sus proximidades; y como esta, podrán sobrevenir más amenazas debido a la pérdida de los equilibrios descritos. Parece que no hay duda de que sí tengamos que asegurar el resultado reduciendo las causas.

Un cambio de mentalidad se requiere para pasar de competición a colaboración entre personas para afrontar la amenaza global que afectará a todos, no por igual, pero a todos tarde o temprano. Varios pensadores del mundo han observado, no obstante, que la pandemia enseñó que puede haber decisiones políticas de carácter colectivista cuando se requiere. Aquí el problema vuelve a ser de tipo error circular: ¿necesitamos tocar fondo para reaccionar o lograremos ser colectivamente inteligentes para reaccionar antes de tocar fondo?

@refonsecaz – Ingeniero, consultor en Competitividad.

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