El Estado y Uribe: muerte, duelo y llanto

En la anterior columna (No a la fuerza de la violencia) aludí a la importancia de la fuerza de la no violencia, título del libro de Judith Butler, cuya lectura originó estas dos columnas. En esta aludiré a cuatro casos, dos de ellos sobre los falsos positivos, que son crímenes de lesa humanidad cometidos por el ejército de Colombia en los gobiernos de Álvaro Uribe Vélez, siendo Camilo Ospina, Ministro de Defensa. Quiero recordar dos conceptos: personas que son dignas de duelo (duelables) y llanto (llorables), como los denomina Butler, y personas que no lo son. Estas dos condiciones están relacionadas con las desigualdades multidimensionales, factor central de la violencia en Colombia.

Perdón pero no olvido con la guerrilla       

Hay duelables y llorables que superan la violencia ejercida contra ellos, como el caso, no el único, de Isabel María (nombre ficticio), que perdonó a la guerrilla que amenazó y al final asesinó a su padre. Ella quedó huérfana enfrentando a los machos violentos que no la han dejado de acecharla y perjudicarla. Su padre era de pensamiento liberal, ella lo heredó, le sumó una carga de humanismo y un sentido de la vida que le ha permitido salirse de la centrífuga de la violencia. Cuando años después mataron a quienes asesinaron al papá, no se alegró, y por ello los de la fuerza de la violencia la tildaron de comunista. Ella apoya el proceso de paz, y es un ejemplo de la fuerza de la no violencia.

Mi vida y el Palacio, libro de Helena Urán Bidegain, sobre la toma y retoma del Palacio de Justicia.

Ella se asomaba a los diez años de edad cuando su padre, magistrado del Consejo de Estado, fue asesinado por el ejército una vez salió con el último grupo de sobrevivientes del asalto del M19 y la retoma del ejército.

Por su formación profesional, por el estatus de su familia, y por su condición de magistrado, debió ser duelable y llorable. Pero en un país de las desigualdades más extremas, tan extremas que se expresan con violencia ilimitada, su padre, de tez trigueña, fue considerado por los “blancos” oficiales del ejército, como sospechoso de pertenecer al grupo guerrillero. Por esa consideración (la excusa), más los casos que llevaba (la razón), fue asesinado. De nada sirvió su envestidura y menos su condición de humanista. En la ceremonia donde se dio sepultura a los magistrados, para estos hubo corona de flores, para el magistrado auxiliar, Urán, nada, porque no era “digno de duelo y llanto”.

Han transcurrido más de treinta años y el ejército aun no dice la verdad del vil crimen. El libro de su hija Helena es un extraordinario testimonio de vida, amor, dolor, dignidad, inteligencia y valentía, que clama verdad de un hecho que además partió en dos al sistema de justicia y a las instituciones de este país. Tanto se degradó la justicia, que las cortes de entonces nada se parecen a las cortes de hoy. Con aquellas había justicia, con las de ahora, impunidad. Aquellas cortes eran dignas de duelo y llanto, las de ahora, no sé.

Las sombras del presidente y los falsos positivos: ficción y realidad

La novela de León Valencia: Las sombras del presidente, está basada en hechos reales producto de un serio trabajo de investigación. Es claro que Gregorio Echeverri, es Álvaro Uribe, fácilmente se identifica a Mancuso, a Carlos Castaño, a gente de su entorno familiar y de quienes lo rodearon en sus dos gobiernos. Se dice también quién asesinó a su padre. Se sabe quién es Él, el del libro de Claudia Morales, la periodista que trabajó en la Casa de Nariño y que fue abusada por Él en un hotel en la ciudad de Brasilia. Y así transcurre la novela con eventos de su vida personal y de la vida del país, que por “razones de estado” lo llevaron a cometer atrocidades que fueron más allá de combatir a las FARC.

El presidente de la novela, por su investidura, por lo que ha representado para Colombia, en caso de fallecimiento, sería duelable y llorable para algunos (familia, seguidores de su ideología y defensores de su gobierno), pero no para la mayoría de ciudadanos y campesinos. Se ha dicho que al padre lo mató la guerrilla (sería duelable y llorable), que lo mató el narcotráfico (perdería esa doble condición porque se supone que estaba en negocios ilícitos), o que lo asesinaron los hermanos de una jovencita que fue abusada sexualmente por él (tampoco sería objeto de duelo y llanto).

Si vamos a los falsos positivos – la más denigrante e inhumana expresión de injusticia, maldad, y máximo crimen de lesa humanidad cometido en los casi ochenta años de violencia en Colombia -, los miles de jóvenes humildes escogidos para ser ultimados con el objetivo de aumentar las cifras de guerrilleros dados de baja y a cambio recibirían beneficios económicos y ascensos los miembros del ejército que los cometieran o autorizaran. Fue un genocidio contra personas escogidas por su condición de no duelables ni llorables.

Estos asesinatos son tal vez la mayor perversidad de las tantas atrocidades cometidas por guerrilleros, paramilitares, terceros, y fuerzas del estado, en todos los ciclos del conflicto interno. Será la JEP la que juzgue a militares, pero será la Corte Penal Internacional la que juzgue a Uribe, porque en el acuerdo de paz los expresidentes quedaron por fuera de quienes podrían ser juzgados y sancionados. Si se llega a esa instancia, la decisión que tome esa Corte será para unos duelable y llorable, para la mayoría, no.

Epílogo: superar a las fuerzas de la violencia.

Las fuerzas de la no violencia deben ejercer su acción con la palabra, gestos y acciones mediante la movilización virtual, y en calles y plazas, para que los no duelables sean dignos de ser llorados, y no queden para siempre relegados a la precariedad, el olvido y la injusticia.

La fuerza de los no violentos debe operar dentro de los ideales del igualitarismo radical, de una vida vivible cuya pérdida merece ser sentida como un ideal social principal que cobije a todos los colombianos. De esa manera, la fuerza de la no violencia carece de sentido sin un compromiso con la igualdad, para que todas las vidas sean duelables y llorables, por eso está la JEP, como un instrumento de la fuerza de la no violencia.

Los políticos del centro y de la izquierda, antes que pensar en otras diferencias que al final resultan superficiales porque son más asunto de egos y de ridículos fantasmas ideológicos, deben poner al frente de su discurso la unión para superar las desigualdades por todas las implicaciones que tiene en los distintos frentes del desarrollo, y para no caer en la trampa y sumisión a la fuerza de la violencia.

La fuerza de la no violencia es una, no es del centro ni de la izquierda, es una sola fuerza democrática contra las desigualdades, sin embargo, esto no lo entienden ni los unos ni los otros, por eso la ultradercha es la que les marca la línea roja de hasta dónde pueden ir en su discurso para participar en el simulacro de democracia que son las elecciones en Colombia.

Al terminar el libro de Butler, tuve una sensación espantosa. La violencia de Colombia es la peor de las violencias ocurridas en occidente desde la segunda guerra mundial, y tiene matices que desbordan a los explicados por esta gran autora, que ojalá le dedicará unos años a la violencia del patio trasero, entre otras razones, porque nada de lo ocurrido se hizo a espaldas de la Casa Blanca, del Capitolio, y de las agencias de seguridad de los Estados Unidos. Muchas cosas terribles sucedieron con su asesoría y beneplácito, aunque me resisto a pensar que también hayan estado detrás de los falsos positivos.

Ella cierra su obra con estas frases: “cuando la no violencia se convierta en el deseo por el deseo del otro de vivir, una manera de decir: eres duelable, perderte sería intolerable y quiero que vivas, quiero que quieras vivir, así que toma mi deseo como tú deseo, pues el tuyo ya es el mío……….que nos permita vivir con los vivos, conscientes de la muerte, demostrando persistencia en medio de la pena y de la ira, de la escabrosa y conflictiva trayectoria de la acción colectiva en las sombras de la fatalidad”.

@acostajaime