Biden y la ultraderecha de Colombia

Jaime Acosta

Tengo confianza que el siguiente presidente de los Estados Unidos será demócrata a pesar de esa rara figura de los colegios lectorales mediante el cual un candidato derrotado por el ciudadano en las urnas, puede resultar ganador.

Será un triunfo dentro de un contexto global incierto por factores geopolíticos entre las grandes superpotencias en la distribución del mundo, geoestratégicos en torno a los recursos naturales y la producción de manufacturas y servicios en la economía global, de destrucción ambiental preludio de destrucción de la vida, de brechas de inequidad enormes y en crecimiento determinadas por el neoliberalismo, y unas revoluciones tecnológicas que están modificando la producción, los servicios y la vida de los ciudadanos en el contexto de un virus cuya respuesta científica está demorada dada la naturaleza de los procesos de investigación y desarrollo relacionados con la salud y la vida. Estos son algunos hechos de política, economía y de cambio tecnológico a escala global.

Hay otra realidad que está determinando el rumbo de América Latina, y es el péndulo político e ideológico que ahora está en gobiernos de derecha y de ultraderecha, pero cuyo retorno ya se está dando empezando por el casi seguro triunfo de Biden el 3 de noviembre, lo que acaba de suceder en Bolivia con el retorno apabullante del MAS de la mano de Arce un economista heterodoxo, la victoria en Chile del Apruebo en el plebiscito para cambiar una constitución que tiene el sabor de la dictadura, el posible retorno de Lula a pesar de las trampas jurídicas para evitar su candidatura, y quien sabe que más cambios políticos ocurrirán en el futuro inmediato porque la verdad es que la ultraderecha y un neoliberalismo radical nada bueno dejaron en estos años: corrupción, menos derechos, más violencia, lento crecimiento, brechas sociales ampliadas, baja productividad y escasa competitividad pero si más destrucción del medio ambiente y más tiranía en la conducción de los países.

La ultraderecha ha conformado un eje entre Trump, Bolsonaro y Uribe, cuyo delegado Iván Duque ha tenido la osadía de apoyar abiertamente al radical hotelero. Ya dijo Biden que los países que han interferido en las elecciones las pagarán, lo cual por supuesto tendrá impacto en las relaciones con el actual gobierno de Colombia.

Si Biden quiere abrir una nueva era de relaciones con América Latina, Colombia es el laboratorio para hacerlo, porque la condición de patio subordinado no debe ser funcional a sus futuros intereses geopolíticos y geoestratégicos, dado que necesita una zona de influencia fuerte en lo económico, equilibrado en lo social, centrado en la bioeconomía, en la industria, en la investigación científica y tecnológica, en la innovación, en democracias fortalecidas y así liberar a la región en sus relaciones con el resto del mundo. Es decir, se trata de cambiar la agenda y la visión previa que Estados Unidos ha tenido para América Latina porque no le sirve a las dos partes. A no ser que la potencia persista en la idea de que lo más conveniente a sus intereses es una región atrasada, inestable, política y económicamente deformada.

¿Utopía o ingenuidad?                    

En las siguientes líneas una nueva mirada para las relaciones entre los dos países.

1.Estados Unidos ya no es el hegemón del mundo. Debe mirar a su patio trasero como aliado estratégico para contribuir a su desarrollo como lo hizo hace setenta años con países de Asia, o como lo hacen las grandes economías de Europa lideradas por Alemania y Francia con países de menor desarrollo. La política de patio subalterno productor de commodities y comprador de tecnología, no es funcional a la aspiración y necesidades de estos países del Sur para un desarrollo inteligente, duradero, equilibrado y sostenible. Una relación donde el uno es el patrón y el otro el trabajador no le sirve a la superpotencia, a Colombia y a Latinoamérica en el siglo XXI.

2. La lucha contra el narcotráfico debe sincerarse. Hay mucha  hipocresía porque se les salió de las manos una producción controlada que la regulaba en gran medida las FARC. La cocaína debe convertirse en una economía legal con productos de alto precio, regulada su producción, transformación y comercialización como lo sugiere el senador Iván Marulanda y otros, de lo contrario es una lucha tímida porque hay mercados y actores legales e ilegales que quieren mantener ese negocio con su saga de corrupción, violencia y artificial prosperidad porque es informal e ilegal y de esa manera contribuye a la elución y evasión de impuestos razón de las reformas tributarias bianuales de Colombia.

Esto significa que Estados Unidos deje a Colombia adelantar una política autónoma de desarrollo del sector agropecuario e industrial dentro de un programa macro de desarrollo rural avanzado, sostenible y equitativo. Unas políticas tímidas, parciales, intermitentes, mal financiadas del estado colombiano, una cooperación internacional igual, no soluciona el problema de bajos ingresos del campesino dedicado a la producción legal frente a los altos ingresos de los campesinos productores de cocaína.

3. El TLC. Lo recién dicho implica que los Estados Unidos no obliguen a Colombia a comprar sus productos en detrimento de la autonomía alimentaria de éste. Es decir, el TLC hay que revisarlo porque Estados Unidos gana – gana pero Colombia pierde – pierde. La apertura de la economía tal como se pensó e implementó desde 1991 es la culpable de la crisis rural, industrial y del ascenso y consolidación del narcotráfico estimulado por un latifundismo violento y premoderno que capturó tierras a sangre y fuego de las cuales no se han retornado ni el 6% a sus verdaderos propietarios.

4. La paz: respetar e implementar el acuerdo. Una nueva estrategia contra el narcotráfico es la base para darle un fuerte apoyo, considerando que Estados Unidos participó en las negociaciones en La Habana. Esta es una condición para que los dos gobiernos que le tocarán a Biden se comprometan a cumplir a cabalidad con el acuerdo de paz. Sin embargo, esa ayuda debe superar cuatro situaciones:

a) Sacar a Colombia como pie de playa contra Venezuela porque la agenda de Trump y de Duque ha sido un fracaso;

b) el problema no son los grupos insurgentes que no han tenido y menos ahora, capacidad para tomarse el poder, pero si pueden mantener al país en una situación de desestabilización, inseguridad y atraso. Bush y Obama se equivocaron porque privilegiaron la lucha contra el castrochavismo a la solución del problema del narcotráfico y violencia desde el alto gobierno de Colombia, que supo darle a Estados Unidos todo lo que éste quería y más para solapar la podredumbre interna y una violencia salvaje nunca vista en América Latina y en occidente desde la segunda guerra mundial;

c) hacer que la justicia de Estados Unidos siga adelante con procesos judiciales contra Uribe, los cuales se suspendieron por privilegiar al mejor amigo a pesar de las evidencias en el negocio de los cultivos ilícitos y sus nexos con el paramilitarismo. Hay que acelerar la desclasificación y reclasificación de los archivos secretos de la CIA desde los años 1980;

d) lo anterior implica revisar los acuerdos suscritos en este siglo en materia de seguridad, justicia y cultivos ilícitos entre los dos estados porque de alguna manera ha blindado al actor clave del paramilitarismo y el narcotráfico en Colombia.

En síntesis, el mejor amigo de los Estados Unidos no puede ser el componente de ilegalidad y criminalidad de Colombia. Por eso debe contribuir y liberar condiciones para que éste país se convierta en el siglo XXI en lo que fue Corea en el siglo XX, o lo que está haciendo la Unión Europea con Polonia y otros países de menor desarrollo en su continente. China tiene vecinos fuertes, innovadores y productivos. Europa también. Estados Unidos no y ha sido su gran equivocación.

@acostajaime