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“Lavaperros”; que matan

Por Gregorio Peñaloza

Una organización criminal que se apodera de los movimientos de toda una ciudad y que impregna de tensión a todas sus esferas. Un pobretón armado con una pistola calibre 38 al que le apodan ‘El Marrano’ que intuye a sus jefes en peligro y decide apretar el gatillo para propinarle seis balazos a un indefenso que exige respeto. La frase tan colombiana que se repite a diario en miles de escenarios y que pretende decir mucho pero que al final no dice nada: “es que usted no sabe con quién se está metiendo”.

“Una característica notoria del ‘lavaperros’ clásico es el hecho de considerarse importante a pesar de su insignificancia”.

Un país mezquino que no merece explicaciones, pero que sin embargo las recibe de un personaje que criado en los valores de una familia católica decide poner la cara por el ‘error’ cometido. Un autogol, una jugada infortunada que hasta los mejores han padecido y una vida que se esfuma en un segundo debido a la demencia y la degradación que produce un cáncer llamado cocaína. El arquero Oscar Córdoba que intenta devolver el cuerpo, pero la velocidad de su carrera y la del balón no le permiten reaccionar para convertirse en el salvador de un gol en contra… y de una vida.

A los pocos días del infortunio, el bendito destino se confabula para que Andrés milimétricamente se dirija al lugar equivocado y se tropiece con los personajes equivocados. Suenan disparos en el Estadero El Indio y la gente sólo se inmuta cuando se asegura que se trata de él. El que defiende los colores de Atlético Nacional y la Selección Colombia fue acribillado en su propia tierra, el mismo que en el Estadio de Wembley una noche de 1988 se impulsó por los aires para conectar de cabeza y vencer al mítico guardameta Peter Shilton, ese que en 1989 al lado de Leonel, René y el palomo levantó en El Campín la Copa Libertadores de América, el que abrazó a Freddy Rincón cuando en Italia 90 el de Buenaventura burló la resistencia del portero alemán Bodo Illner. La noticia se riega por el mundo y la pena de ser colombiano inunda el corazón de todo un país.

Para la época, escuchar disparos hace parte del ruido que la calle produce a diario, en 1994 Medellín era un paisaje montañero con disparos. Ya habían muerto Pablo Escobar y su imperio del mal, pero las balas seguían brotando de la tierra para luego buscar destino. Unos de apellido Gallón son los nuevos mandamás 

y los que se ensañaron contra el bueno de Andrés. Matones de esquina y de comuna con ‘lavaperros’ a bordo que se inventan cualquier pretexto para arrinconar al que no les cae bien y humillarlo. Un autogol en un mundial y su protagonista, el pretexto perfecto para volver a matar y seguir mostrando poder, demencia y la herencia que dejó el paso del terror por la capital de Antioquia.

Ya pasaron 20 años y pocas cosas han cambiado. La antipática frase se sigue repitiendo: ¡es que usted no sabe quién soy yo, es que usted no sabe con quién se está metiendo!; la respuesta también se repite: ¡Respeten!; y la acción que sigue a la respuesta es el pan de cada día: el ‘lavaperros’ que desenfunda y deja vacío el proveedor de la pistola calibre 38. El lugar donde todo se repite, es un país llamado Colombia, un país de ‘lavaperros’ que matan. Un país donde a diario muere alguien exigiendo respeto.

En el mundial de 1994 también hubo otros que se equivocaron. El día de la final, el italiano Roberto Baggio erró un penal que le significó a su país perder la posibilidad del título mundial; en los octavos de final, el portero irlandés Pat Bonner ingenuamente deja deslizar el balón por sus manos y regala el segundo gol holandés para que su equipo quede eliminado; luego del segundo partido de su selección, el argentino Diego Armando Maradona es obligado a abandonar el torneo porque se le comprobó que jugaba dopado. Tal vez entre todos ellos Andrés Escobar era el único que no tenía derecho a equivocarse, su pecado, ser colombiano. Roberto Baggio, Pat Bonner y Maradona a pesar del error regresaron tranquilos a casa, a Andrés Escobar le tocó aterrizar en el país donde un ‘lavaperros’ llamado Humberto Muñoz Castro los estaba esperando para asesinarlo.

 

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