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Hace unos dos siglos atrás, tanto en España como en las comarcas americanas conquistadas por la llamada Madre Patria, la religión católica era la base fundamental de las familias y por ende de la sociedad.  Si bien es cierto que en el aspecto social la tradición cristiana le ha hecho mucho daño a la humanidad con sus prédicas moralistas, conservadoras y puritanas, tópico en el cual el mundo árabe de tradición musulmana es menos rígido y más libertario aun cuando muy machista, en otros aspectos la iglesia católica le hizo un enorme beneficio a la sociedad de antaño, estrictamente apegado a su código religioso resumido magistralmente en el catálogo llamado los Diez Mandamientos.

La fe católica dominaba e imperaba con absoluta autoridad en la conciencia de los habitantes hispanoamericanos y la ley religiosa dictada y predicaba en los púlpitos mantenía una plena vigencia de acatamiento y respeto por cuanto afortunadamente hombres y mujeres por millones seguían lo ordenado por los sacerdotes, obispos y otros prelados de la tradición cristiana. En Colombia lo ordenado por la iglesia católica romana no vino a tener competencia de otras religiones y sectas hasta la Constitución de 1991 en la que fue abolida la consagración del estado colombiano a la fe cristiana.

 

Los ciudadanos de muchos estados de habla hispana cumplían las leyes, acataban y obedecían a las autoridades, entre ellas la del padre del hogar; se respetaban las personas, el prójimo no era odiado y sus derechos no conculcados. La máxima autoridad era la eclesiástica, la que era rigurosamente transmitida a las familias a través de los padres, con prevalencia notoria del jefe del hogar, que casi siempre lo era el hombre. Los crímenes eran excepcionales, pues ante una educación basada en el respeto pocas veces se transgredía los derechos ajenos y casi nunca el inestimable de la vida. Los jueces, los magistrados y los inspectores de policía gozaban de una sincera y profunda admiración y el respeto hacia sus investiduras rayaba en lo cuasi divino. La sanción penal o el estigma social dictado por la opinión pública casi nunca tenía que aplicarse ya que la excomunión o los sacramentos de la penitencia y la confesión lograban disuadir al infractor de caer en la reincidencia de su conducta desviada y antisocial. Los herejes en España fueron sancionados por la iglesia católica muchas veces injustamente, pero la autoridad civil poco intervenía en el castigo de estos seres considerados aberrados por la feudal sociedad ibérica.

 

Las fiestas paganas eran muy escasas, pues las religiosas eran las que servían de descanso, meditación y reflexión a mujeres y hombres de estas épocas; los espectáculos públicos tal como hoy los conocemos eran muy escasos y cuando se daban las multitudes no conocían los desmanes, atropellos y vejámenes de los de estos tiempos. Los padres de otras generaciones eran piadosos, práctica y enseñanza que inculcaban a sus hijos que casi siempre eran hombres de bien y damas respetuosas y recatadas, honradas y modestas.

 

Heredado del juramento católico que impelía a respetar la palabra y la verdad, nuestros antepasados no requerían de un documento o una escritura para cumplir sus acuerdos, pactos o contratos, contrario sensu de las postreras generaciones de estas aquí reseñadas que han hecho de la estafa, la mentira y la timación un verdadero arte delincuencial.

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Por el necesitado, débil o caído en desgracia se sentía compasión, lo que hoy ha sido erradicado de los sentimientos colectivos o individuales y esta necesaria emoción o pasión no es hoy siquiera acatada por los jueces y magistrados, cada vez más injustos y justicieros vengadores alentados o inducidos a ello por los arrolladores medios de comunicación social.

 

La embriaguez era considerada una enfermedad destructora de la familia y la sociedad y hoy es ejercitada desde las altas esferas, pues su beodez es peor aún ya que son víctimas muchísimos altos funcionarios del estado de la peor de todas que es la embriaguez o adicción enfermiza por el poder, lo que en América Latina es una pandemia y Colombia, una de las naciones donde más populistas mandatarios existen que se aferran al poder con neurosis obsesivas. Castro en Cuba, Somoza y Ortega en Nicaragua; Trujillo en República Dominicana y los dos últimos mandatarios de Colombia de este siglo, lo prueban irrefutablemente.

 

Si las generaciones de antes veían al beodo o borracho consuetudinario como un loco o un dañino social incurable, los políticos de hoy, con honrosas y escasas excepciones, vinieron a convertirse en vulgares e irredentos ebrios del poder. Bien lo advirtió hace casi siglo y medio atrás el culto estadista Mariano Ospina Rodríguez, quien con asombrosa mentalidad visionaria vislumbró la venida del gran demonio de la política que en sus inicios fue del orden del poder ejecutivo, luego legislativo para terminar convirtiendo la sagrada casa de la justicia en un averno en el que algunos demonios poseídos por la codicia, la vanidad y la arrogancia, han hecho de la justicia un templo arrasado por las llamas destructoras, lo que físicamente pudo vivirse hace tres décadas como una premonición fatal.

 

Del luzbel de la política en sus tres dimensiones escribiré, si la naturaleza lo permite, en otra columna.

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