Cosmorama

El viajero y el turista

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Para quien no lo tenga claro, debo explicar que existe una esencial diferencia entre viajar y hacer las veces de turista:   el primero lo hace por curiosidad, por cultura, por descanso, por aprender nuevos idiomas, tratar gentes, conocer lugares, etc.; éste por aburrimiento, esnobismo, por competición, porque está de moda un lugar, pero casi  nunca por las verdaderas razones que impulsan al ser humano, como a cientos de miles, a migrar a tierra distintas.

 

Si tratáramos de generalizar podemos afirmar que existen nacionales de algunos países, especialmente inclinados a ser monótonos, adiestrados y apurados turistas.  


Los japoneses y los chinos son buena muestra de ellos, suele vérseles por distintas ciudades del mundo, reputadas de ser importantes destinos para visitar en grupos dirigidos por un guía que enarbola una banderita en alto asida a una de sus manos en señal de orientación para no desprenderse del grupo, el que las más de las veces habla en inglés y cuenta historias, leyendas y vocaliza un libreto aprendido y repetido muchas veces, que cuenta aspectos que muchas veces no interesa al distraído y fatigado turista, algo así como una pena impuesta de escuchar una perorata que poco le sirve en su regreso a casa y que a su vez le impide tomar fotografías, como es la costumbre, de muchos de estos especímenes que viajan por el mundo sin enterarse y concentrarse en lo que les ofrece cada lugar y en cambio retienen en sus máquinas fotográficas o en sus celulares imágenes sin saben con exactitud a dónde corresponde.   


Es el típico turismo masificado, insípido y muchas veces promocionado para personas de edad avanzada, pensionados que temen viajar solos o personas carentes de arrojo y creatividad para lanzarse al mundo de la aventura de recorrer caminos, calles y ciudades sin itinerario preordenado.  Entre ellos no son pocos los norteamericanos de clase media, que después de trabajar toda una vida con horarios y rutinas mecanizados y cuando sus cuerpos se encuentran deteriorados y sus mentes han perdido el halo de la imaginación, la curiosidad, en suma, cuando su cerebro y espíritu se encuentran encallecidos, pretenden disfrutar lo que ya sus sentidos, espíritus y cuerpos no logran retener ni percibir. 


Los hay también, como acostumbran algunos nuevos ricos, que han obtenido sus fortunas de manera poco ortodoxa, que se desplazan a un país exótico, desértico y de cultura totalmente contraria a la suya, preferentemente a un país árabe, a hospedarse en un hotel extremadamente costoso del que no salen en muchos días, con el único fin de contar a sus parientes y amigos lo que consideran una faena cultural y personal digna de contar.  Cuántos hay también que toman un avión para desplazarse a miles de kilómetros y encerrarse en un hotel cinco estrellas, cuyos lugares preferidos son la piscina y el bar y luego de varios días de exhibición y borrachera, regresan a sus hogares convencidos que lo suyo fue en exquisito viaje.   

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No faltan también los que presumiendo de cultos llegan a las urbes más importantes del planeta a adentrarse en sus museos en jornadas más largas que las laborales de su trabajo ordinario, convencidos que en cuatro paredes se encierra la quintaesencia de la cultura expresada en pinturas.  Hay que verlos con folletos y libros con destino al Louvre de París, al Rembrandt de Ámsterdam, al Prado de Madrid o al Vaticano, quienes, salvo cuando son estudiosos del arte, presumen de ser los más viajeros de su círculo social.  Los hay peores, que invierten mucho dinero en tomar un avión para dedicarse por muchos días a rumbear, bailar o escuchar música en bares, pubs, discotecas y tabernas, lugares muchas veces iguales o de menor categoría a los de los países de orígen, también ingenuamente convencidos que han realizado el viaje de su vida.

 

Los aquí descritos  no son más que  apresurados y superficiales víctimas de tours o del boom publicitario que hacen ciertas agencias de viajes y compañías aéreas que se aprovechan de otro tipo de consumidor autómata y  presumido.

 

Viajar es otra cosa, es otro quehacer cuando se abandona el lugar nativo o la ciudad donde se trabaja.  Como lo han enseñado muchos maestros del arte viajero, incluidos Goethe, Azorín y Eduardo Caballero, entre nosotros, para citar apenas algunos artistas de viajes: esta actividad física, intelectual y espiritual demanda paciencia, curiosidad, tolerancia y cierto grado de contemplación.  Es como lo dice el escritor paisa Jairo Morales Henao, al glosar el libro de ese gran viajero, su tocayo Jairo Osorio Gómez, sobres sus viajes a Portugal y España:   “Ser capaz de estar simplemente”.

 

Y no es necesario para ser un buen viajero desplazarse a lugares remotos y lejanos, se puede ser un viajero recorriendo lugares cercanos y aledaños de donde vamos, o como lo hacía Coco Chanel, leyendo en un sofá del hotel Ritz, donde vivió gran parte de su vida.

 

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