Cosmorama

Condiciones para una vida bienaventurada

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Hombres y mujeres que aspiran a un buen vivir deben aprender desde niños que nada más apropiado ha de haber en sus vidas que toparse con dificultades, desavenencias o sucesos negativos. Lo dijo hace dos milenios el gran sabio Séneca: “Las cosas prósperas suceden a la plebe y a los ingenios viles y al contrario, las calamidades, terrores y la esclavitud de los mortales son propios del varón grande. El vivir siempre en felicidad y el pasar de la vida sin algún remordimiento, es ignorar una parte de la naturaleza”. Un ejemplo ilustra y patentiza lo dicho por el preceptor del malvado Nerón: en diciembre de 2016 un joven de clase alta cometió un horrendo crimen contra una indefensa niña, a la que violó y cegó la vida en la capital colombiana; el diagnóstico del psiquiatra forense fue contundente: el procesado tuvo una niñez y una pubertad en la que sus padres le colmaron todos sus caprichos y nada le fue negado.

 

Por el contrario, hubo un infante que nacido y criado en un populoso barrio de Medellín, en pleno auge del narcotráfico y rodeado de contemporáneos suyos convertidos en sicarios del cartel de Medellín, es hoy un excelente músico de fama internacional. Las vidas fascinantes son aquellas surcadas por tristezas, aventuras, derrotas e incertidumbres. Nadie exhibe mejor su personalidad y sus cualidades que en los eventos de la derrota; el éxito no es un gran maestro, lo es el fracaso. La calamidad da ocasión a la virtud y prepara el espíritu para enfrentar otros avatares de la vida. Los seres humanos, como los árboles, crecen fuertes cuando son vapuleados por los fuertes vientos. Condición especial para el buen vivir es llevar una vida singular sin importar el qué dirán o el concepto o juicio de los demás. Nada hay más dañino para la felicidad humana que depender de la evolución de la sociedad y aceptar las condiciones impuestas por el grupo social mediante costumbres restrictivas.

 

En días pasados tuve la oportunidad de ver una película de principio de los años sesenta en la España franquista, titulada El buen amor, en la que una joven pareja desea pasar un día alejada de la dictadura de sus conservadoras familias en la idílica ciudad de Toledo.  En tan edénico escenario se entrega a algunos escarceos, besuqueos y otras prácticas prohibidas en la rígida sociedad española de la dictadura del franquismo.

 

Epícteto, para quienes no lo sepan, fue un esclavo que liberado por su amo, decidió dedicarse a la filosofía, dejando a la humanidad el más grande legado fuente de felicidad: una vida dichosa ha de tener como condición que cada uno sea autónomo, único, singular y se aparte de los dictados de una sociedad gazmoña y represiva.

 

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El control social ejercido por las autoridades civiles, eclesiásticas y otros sectores sociales fue en décadas pasadas la causa de infelicidad y desgracia de mujeres y no pocos hombres. Cuántos hubo en el pasado que marchitaron sus vidas al aceptar todas las prohibiciones e imposiciones que nuestros padres y sacerdotes dictaban como dogmas a seguir. 

 

La tiranía social ha variado pero no ha desaparecido, ahora los dictadores que imponen a mujeres y hombres cómo vivir, están enquistados en medios de comunicación o hacen parte de los gurúes de la moda que imponen caprichosa y arbitrariamente el modo de vida moderno. Estos torpes espíritus que en la actualidad enseñan cómo ha de vivirse y especialmente que venden falsas ideas acerca de la obtención del bienestar personal y la felicidad, al darle primacía al cuerpo (los llamados metrosexuales son una legión víctima de estos impostores del culto a la belleza corporal), sobre el espíritu.

 

Esto explica que cada vez abundan los gimnasios y se cierran librerías o centros dedicados al intelecto o la vida espiritual (en España en las últimas décadas se han cerrado múltiples monasterios y seminarios y se han convertido en hoteles de lujo).  No nos ha de asombrar, pues, que en estos tiempos modernos del tercer milenio abunden los insolentes, arrogantes, envidiosos, superficiales y altaneros y se extingan los benevolentes, gratos, serenos, gozosos, buenos conversadores y cultos que en tiempos pasados abundaban.

 

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