América Latina, año electoral

Imagen de referencia – Foto: iStock


Este 2018 que empieza será un año clave en el futuro de algunos de los países más importantes de la región: México, Brasil y también Colombia, Paraguay y Costa Rica tendrán procesos electorales para cambiar presidentes y la conformación de su poder legislativo. Esto, sin olvidarnos de la farsa en Venezuela y el relevo incierto de Raúl Castro al frente del poder omnipresente en Cuba.

El mayor desafío se encuentra entre los dos más grandes de la región, México y Brasil, embarcados en un sinfín de problemas de corrupción y falta de liderazgo, que harán de estas elecciones un punto de inflexión para su futuro.

En el país azteca, las cosas están muy calientes. Aun se están conformando las alianzas y se puede advertir que lejos de trazar planes concretos para mejorar los problemas sociales , económicos y de seguridad; fundamentan sus estrategias en el rencor y el odio hacia el opositor, incluso dentro de los mismos partidos políticos.

El histórico Andrés Manuel López Obrador, quien lidera las encuestas hasta este momento, tendrá que decidir si vuelve la vista atrás y enfrenta como siempre su coalición contra el establecimiento mexicano, o si por el contrario busca alianzas que ayuden a dulcificar el pavor existente sobre su programa de gobierno.

El PRI después de un desgaste sin precedentes, enfrenta el reto con José Antonio Meade, un candidato prestado, sin vinculaciones con el partido y con una estrategia clara de “divide y vencerás” con la que pretende rentabilizar la falta de sintonía electoral.

Por su parte, la alianza ciudadana que conforman varios partidos y movimientos entre los que se encuentran el PAN y el PRD, no parece tener mucha fuerza según los últimos sondeos. Pareciera que los independientes tampoco llaman mucho la atención a los ciudadanos ya cansados de los mismos discursos electorales que piden el voto y prometen miles de mejoras que luego comprueban como caen en el olvido.

Las cosas en Brasil no están mejor. Tras dos años de luchas fratricidas para tumbar a la ex presidenta Dilma y un gobierno actual vigilado como “delincuente en libertad provisional”, los escándalos de corrupción y la falta de agenda política han convertido al gran monstruo de América Latina en un país sin norte. La falta de líderes que renueven la confianza de la ciudadanía en la clase política hace que vuelva a aparecer en escena el ex presidente Lula da Silva. Con una imagen deteriorada pero manteniendo su viejo encanto entre las clases trabajadoras, Lula tendrá que afrontar todavía algún obstáculo jurídico para poder aspirar al sillón presidencial en Planoalto. La oposición no tiene en estos momentos un líder claro y quizás el gobernador Geraldo Alckmin o la ambientalista y ex senadora Marina Silva tengan alguna posibilidad de darle un susto al desgastado Partido de los Trabajadores.

Colombia, quien con el permiso de algunos países, se ha convertido en el tercer jugador de la región, afronta este año unas elecciones transcendentales tras lograr la paz con el mayor grupo guerrillero del país. El escenario aun es incierto y es arriesgado hacer pronósticos.

Lo cierto es que hay una ciudadanía cansada ya del enfrentamiento Santos-Uribe que ha paralizado el normal desarrollo del país en las últimos dos periodos de gobierno. Esa mayoría silenciosa busca alternativas que puedan sentar nuevas bases de futuro para una Colombia cansada de tanta corrupción y abandono en sus instituciones.

Una coalición de partidos de centro político se está fraguando entorno al ex alcalde de Medellín y gobernador Sergio Fajardo que se ha bautizado como de centro izquierda y que estaría a favor de los acuerdos de paz y de su implementación. Sin embargo la diferencias entre los enfoques y la puja entre los más independientes y los partidos tradicionales no hacen fácil un acuerdo de unidad.

En oposición a esta posible alianza, hay otra coalición entre los partidos políticos importantes en el centro derecha y la derecha más rancia, que lideran Germán Vargas Lleras y Álvaro Uribe Vélez, respectivamente. Ambos buscando apoyos que le den suficiente respaldo para poder pasar a la segunda vuelta.

También se esperan los resultados de una coalición de ex presidentes, Andrés Pastrana – Álvaro Uribe que esperan tener un solo candidato. O la experimentada Marta Lucía Ramírez o el joven senador Iván Duque.

Y en los lados de la izquierda más radical, aparece el ex alcalde Gustavo Petro, que podría ir en coalición con otros partidos y movimientos ciudadanos, dejando paso a los planteamientos ya democráticos de los antiguos guerrilleros hoy en día en al legalidad.

En Costa Rica las cosas no pintan mejor. Los candidatos Antonio Álvarez y Juan Diego Castro parecen que pudieran marcar la tendencia para las elecciones en primera vuelta del próximo mes de febrero. En Paraguay también se puede adivinar a quienes veremos en la recta final. El oficialista Mario Benítez y el candidato de la izquierda Efraín Alegre. Las encuestas apuntan a un resultado muy ajustado pero con una tendencia de la izquierda a ir ganando terreno al oficialista Partido Colorado.

A prueba pues la democracia en América Latina, que tiene que lidiar además a un Donald Trump amenazando la región, lo que supone nuevos retos globales por encarar sumados a los ya tradicionales de estos países en desarrollo, la corrupción, el crecimiento económico, la debilidad institucional, la desigualdad, la falta de liderazgos renovados, y la debilidad de los partidos políticos.

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México, divide y vencerás

Sorprende la naturalidad con la que los mexicanos van asumiendo los avatares del acontecer político. Cinco años de gobierno del PRI han dejado el ánimo de la gente congelado y con pocas ganas de experimentar lo nuevo. La designación de José Antonio Meade como candidato del Presidente Peña Nieto ha dejado fríos a la gran mayoría de militantes de su partido, y más sorprendidos a los que otrora compartieran con él, ideologías más conservadoras.

El temido “dedazo” ha tenido lugar otra vez en medio de grandes incertidumbres sobre quien era la persona más idónea para tratar de convencer una vez más al electorado medio. El histórico partido priista enlozado en todo tipo de escándalos de corrupción y con un débil mensaje sobre su capacidad de gobierno , ha estudiado bien su potencia de fuego y la posibilidad de sorprender a los demás, con un perfil muy por debajo de lo esperado e ideológicamente más a la derecha.

Le estaba costando mucho al gobierno comprobar que la popularidad de Andrés Manuel López Obrador, lejos de bajar, estaba repuntando. Algunos pensaban que como él, es su más fiero enemigo, como ya ha demostrado en algunas ocasiones, iba a empezar a inmolarse antes de que llegara el momento electoral propiamente dicho. De momento se equivocan y las encuestas están apuntando a lo contrario. Parece que ha aprendido la lección. Sus bravuconadas y desafíos de siempre, a la clase dirigente mexicana, han descendido notablemente para la tranquilidad de muchos. MORENA, su partido, está en la prioridad de muchos estados de México y principalmente en la capital de la república.

El gobierno en su afán de alentar esa política tan antigua de “divide y vencerás” ha conseguido que el partido derechista PAN esté roto en mil pedazos. El abandono de Margarita Zavala de las filas del partido ha abierto un hueco de agua que ya nadie podrá tapar, ni siquiera su atrevido líder Ricardo Anaya. La posible consolidación del Frente Ciudadano con otros actores como Alejandra Barrales o el mismísimo Dante Delgado, lo único que están consiguiendo, es que los dirigentes del PRI se froten las manos de semejante oportunidad de dividir a derecha e izquierda con coaliciones demasiado virtuales. Las alianzas tienen poco porvenir con tanto protagonismo y ego interno como están demostrando estas últimas semanas.

Ya pasó en elecciones anteriores la teoría del “voto útil”. Hace 12 años los priístas pedían con descaro, el voto para Felipe Calderón en detrimento de su propio candidato Roberto Madrazo para que no ganara la amenazante izquierda. Algo parecido pasó en las últimas elecciones que pusieron a un joven ex gobernador en la mas alta jefatura del estado. Las cosas no han ido bien y por eso las prisas en poner un político poco quemado y con un nivel de desfavorabilidad bajo, al frente de la gran maquinaria del partido, que hará de él, un candidato idóneo, para poder impulsar nuevas ilusiones de seguir gobernando otro sexenio.

Todavía son muchas las asignaturas pendientes del gobierno del Presidente Peña. El débil crecimiento de la economía, la inflación por encima del 6,5%, las reformas estructurales a medio camino, el aumento de las desigualdades sociales, la solución de los problemas con el vecino del norte y la atascada negociación sobre los acuerdos comerciales que dieron lugar al TLCAN. La tormentosa plaga de la corrupción y sus conexiones con el infernal mundo del narcotráfico, hacen que las estadísticas por tenebrosas, hablen por sí solas. Con semejante panorama, las encuestas de popularidad del Presidente le sitúan en las cotas mas bajas dadas a un político en la historia reciente de México.

Pero, ¿cuales son las estrategias para un partido en el gobierno con semejante nivel de impopularidad? La división de los demás. La comunicación del gobierno de la proclama “conmigo o contra mí” está en marcha. El diseño de estrategias para que los frentes a izquierda y derecha vayan divididos es una realidad en estos momentos. Hacer crecer las diferencias entre ellos está consiguiendo que las alianzas puedan fracasar antes de hacerlas públicas. Estos episodios, por supuesto, facilitan la labor del candidato Meade al consolidar los votos de siempre con los verdes y algunos prestados por los desanimados en ambos lados al no obtener respuestas a sus demandas. Casi siempre es así, pero con el paso de los años empieza a ser un poco cansino que los perjudicados de este ajedrez político sean los mismos ciudadanos de siempre. Allá ellos, el tiempo en política juega en su contra.


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