Notice: Trying to access array offset on value of type bool in /data/confidencialcolombia.com/wp-content/plugins/all-in-one-seo-pack/admin/aioseop_module_class.php on line 1725

Solo imagine

Este 21 de julio de 2015, tras 25 años de espera, por sentencia de la CIDH, el ministerio del Interior de la república de Colombia, firmó el cumplido del pago de 12.000 millones de pesos a 435 víctimas de la masacre de Pueblo Bello, Antioquia. ¿se ha imaginado usted alguna vez como se siente? Opinión.

Hoy,  21 de julio de 2015, tras 25 años de espera, y después de un intento dudoso y oscuro de reparación durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, por sentencia de la CIDH, el ministerio del Interior de la república de Colombia, firmó el cumplido del pago de 12.000 millones de pesos a 435 víctimas de la masacre de Pueblo Bello, Antioquia, como parte de la Ley de Víctimas en el marco del fin del conflicto armado. ¿se ha imaginado usted alguna vez como se siente?

 

Anuncios

Imagínese que usted está dormido. Es cerca de la 1 de la mañana. Se acostó relativamente tarde porque su jornada de hoy fue agotadora, como lo han sido desde hace algún tiempo sus jornadas. Los hijos duermen desde las 9 y todo está en orden.  De repente oye un barullo. Parece que alguien grita por la calle de su conjunto. Acostumbrado a no meterse en lo que no le corresponde, no hace caso de los gritos e intenta seguir durmiendo, cuando de repente suena un disparo, luego un grito, y justo en seguida, llaman a la puerta de su casa, no con un timbre, sino con los puños. Tocan como queriendo tumbar la puerta. Usted se despierta sobresaltado, también su mujer  los hijos se asoman desde su cuarto asustados, preguntando qué pasa. Los golpes en la puerta arrecian , y ahora van acompañados de palabrotas amenazantes. Usted se acerca a la puerta, los golpes de repente paran, y antes de que usted pueda abrir, hay el estruendo de un disparo,  que hace volar la cerradura y la puerta se abre. Usted no atina a moverse, pero se planta frente a los hombres que tiene enfrente, mientras su mujer, instintivamente, corre a proteger a sus hijos que gritan.  Sin rebajar los insultos, los hombres, que huelen a alcohol y pólvora, con la mirada de un rojo encendido, entran a su casa, lo tiran al suelo con un golpe de culata de fusil, lo obligan a mirar al piso, mientras le ponen un pie forrado en bota de suela dura en la espalda y un objeto metálico asegura su cabeza contra el suelo. Un hilito de sangre le cae por la frente, sus hijos , protegidos por su mujer siguen gritando, mientras otro hombre armado entra rugiendo, acusándolos, insultándolos y amenazando con que los va a matar a todos.

 

Usted piensa ¿y el vigilante? Y luego recuerda que hay un CAI cerca del conjunto. Con el ruido que estos están haciendo, de seguro pronto la Policía va a llegar. Afuera de su casa se oyen más disparos, más insultos. Parece que lo que está ocurriéndole a usted , le está ocurriendo a todos sus vecinos. Llévense todo, suplica usted , creyendo que es un robo, pero recibe por respuesta un puntapié en el costado, que lo deja sin aire.  Sin saber muy bien porque, de repente lo ponen de pie, lo amarran, y junto con su familia lo conducen al parqueadero. Por los pasillos vienen bajando todos sus vecinos, algunos con sangre en su ropa, todos con el miedo en sus caras. En medio de los autos, poco a poco se van reuniendo todos los vecinos, todos, chicos y grandes. Sus hijos, aunque ya grandes, lloran, en particular la mayor, Ángela, de 17 años.  Ángela acabó temprano su bachillerato y ya está en la universidad. Desde chica fue líder entre sus amigos, y ahora que está en la Universidad, hace parte del Centro de Estudios de su carrera.

 

Usted está distraído pensando, en medio del terror ¿qué podrá ser todo esto? ¿un secuestro masivo? O, ya que este no es un edificio de ricos, definitivamente ¿un allanamiento como esos que decía la izquierda que hacían de vez en cuando en busca de terroristas? No, son demasiado irregulares para ser fuerzas oficiales. ¿Dónde está la Policía? El vigilante por lo menos ya sabe usted que  no puede contar con él, pues está amarrado y muy golpeado en el piso. De repente, su vecino del 403, un profesor de Derecho, ya mayor, intenta correr, pero uno de los tipos le dispara sin miramientos. Cae al piso y el golpe seco del cuerpo al caer, se funde con el eco del arma disparada y silencia los murmullos de todos. Se escucha la vainilla metálica caer en el silencio.

 

“Bueno, ya ven hijueputas, que somos gente seria y no venimos a dar consejos, parranda de malparidos. Ustedes son una partida de…” y sigue la retahíla de bramidos insultantes. Los que medio intentan decir que deben estar equivocados de sitio, son silenciados con patadas o culatazos. Pronto sólo se oye sólo la voz del comandante, que ahora, a la luz del parqueadero, se ve con los ojos inyectados y una cara como metálica, como percudida de un aire de muerte. Los perros de todo el edifico ladran, pero las sirenas no se oyen por ninguna parte. Sólo la voz del sujeto.

 

“Y como aquí no vinimos de visita, los siguiente triple hijueputas terroristas, un paso al frente, que ya se les acabó el juego” La lista pasa y los nombres van saliendo y, pesadamente, cada quien va dando el paso. Cuando alguien se resiste, de inmediato comienzan los golpes sin compasión sobre cualquiera de los presentes, hasta que el reacio da el paso y es recibido, como no, con una salva de palabra y golpes.

 

De repente, al final de la lista, está su hija, esa que usted enseñó a montar en bici, a la que ayudó en las tareas de Cálculo de la universidad, a ella, a la Ángela, también la están llamando y usted vence el miedo y se abalanza sobre ella. Antes de tocarla vio una luz por el costado izquierdo y un dolor agudo. Luego negro.

 

Horas más tarde usted  despierta. Está en su cama, su cabeza parece que le va a reventar, escucha voces extrañas en la sala, se levanta con dificultad, da unos pasos y cae en cuenta de que no era un sueño. Ahí afuera está su mujer, contestando preguntas de otros hombres armados, los ojos rojos de haber llorado, ni bien lo ve, se levanta y lo abraza llorando “se la llevaron, se la llevaron”.  Los hombres armados llevan brazaletes y parecen policías. Pero en su cara no hay la menor seña de sorpresa o interés. Toman nota, hacen preguntas. Usted está algo aturdido y solo hasta que ellos se van, su mujer le cuenta que a su hija, que al señor de 205 y a sus dos hijos, que al celador, que….Cerca de 40 personas fueron subidas en camionetas, que salieron a toda prisa, con la razón de que al día siguiente los devolvían. El señor del 403 seguía abajo, tendido en el suelo, muerto. Habían quemado algunos apartamentos y sus ocupantes se habían ido en medio de la noche, con lo puesto.

 

¿ Por qué se los llevaron?¿quiénes eran los atacantes?¿qué dijo la Policía?

 

El día siguiente despunta y lo encuentra deseando que todo fuera un mal sueño, pero no hay espacio en la evidencia de los destrozos y la desolación para la duda. Usted llama al trabajo para decir que no va a ir sin contar detalles y se queda esperando, junto con su mujer y todos los vecinos, la llegada de los que se fueron. Pero no llegan hoy, ni mañana, ni nunca y entonces ustedes llaman a las emisoras y a sus amigos para contar lo que les pasó. Sus amigos les ofrecen un café y les escuchan sin creer lo que les ha pasado, mientras los medios reciben la llamada, pero su voz no pasará de la secretaria de la emisora. Se organizan y van a la SIJIN y al Ejército, y a la Fiscalía y a todas las “ias”, pero en cada lugar les reciben su declaración como si fuera una queja nueva por la pérdida de una cédula. Se sienten miradas de desprecio y hasta de burla. En alguno de esos lugares, a uno de ustedes, un desconocido con cara de funcionario, les dice pasito que mejor ni pregunten, que esa gente -su hija y sus vecinos son “esa gente”- es mejor darla por perdida, que ni busquen porque es para peor.

 

De la nada, les comienzan a llegar anónimos y llamadas al celular, insultándolos como esa noche, diciéndoles que ya le mataron a  esa puta infiltrada, que  si quieren seguir por ahí dando papaya, que fresco, que ellos vuelven a encargarse. Se ve gente extraña que ronda el barrio que se saludan con gestos cortos con los policías del sector.

 

Nada de lo que ustedes hicieron después, ni las marchas, ni las plantadas delante de las dependencias oficiales, ni las llamadas hasta el cansancio a los medios, ni los carteles en los postes, hizo que alguien se apersonara del asunto.

 

Con los años, usted se acostumbró a vivir con esa pena viva. Con ella deambulaba las calles en busca de trabajo de rebusque, porque su puesto lo perdió a la semana siguiente de los hechos. De su casa tuvo que salir, cómo no, vendiendo rapidito, al igual que todos los que vivían ahí. Algunos de sus vecinos no se acostumbraron tanto y tres de ellos, de diferentes apartamentos, terminaron quitándose la vida. Dos en saltando desde el balcón, uno por sobredosis de pastillas siquiátricas.

 

A veces pasa de lejos, por mirar solamente la torre de apartamentos lujosos que construyeron en el lugar donde estuvo su edificio. Parece que los nuevos dueños son gente de dinero, pues sólo se ven llegar camionetas blindadas con guardaespaldas que ocupan la calle a la espera de que salgan sus jefes.

 

Un día, 5 años después de la desaparición, los restos descuartizados de su hija, junto con 4 de los otros vecinos, aparecen en un terreno baldío cercano, al lado del río. Los esqueletos y las ropas cuentan los detalles de la salvaje masacre que cometieron. Y usted , que hacía muchos años había dejado de llorar como si no le quedara una gota de agua en su cuerpo, finalmente revienta el alma llorando sus ojos al tratar de imaginar el tormento y el terror que vieron los ojos de la Ángela, la que era la niña de sus ojos.  Los otros 36 cuerpos tal vez los arrastró el rio en alguna de sus crecidas y no aparecerán nunca.

 

Una década después, el nombre de Ángela apareció en un listado en la prensa, donde decía que el Estado, ese mismo que le cobra impuestos y multas, el que le enseñó la oración patria y lo hace poner firmes mientras suenan los himnos, ese Estado, fue condenado por una corte extranjera, a pagar un cierto valor por la muerte de su hija. Usted  mira el diario, pero su cara no afloja un sólo movimiento. Hace tiempo su alma se le quedó en alguna parte.

 

¿Se imagina? ¿Se alcanza a imaginar?¿Logra imaginar el dolor, el miedo, la frustración, el indecible sufrimiento? ¿Si le alcanza la cabeza para eso?

 

Pues bien, eso, idéntico pero no en su edificio, sino en los campos de nuestra Colombia pasó y sigue pasando. No es Rwanda, ni Argentina, ni es un película, ni una noticia.  Pueblo Bello,  Macayepo, San José de Apartadó, Barrancabermeja, Mapiripán, Segovia, El Aro, Chengue, El Salado, Buenos Aires… Fue una realidad diaria por muchos años. Aunque sólo apareció entonces en las noticias entre el discurso del ministro de turno y los goles del domingo. Campesinos corriendo en medio de la noche, gente descuartizada y enterrada en la espesura, cadáveres bajando por los ríos, asesinos apropiándose de sus tierras. Y soldados, policías y guerrilleros al tiempo matándose por docenas con todas las formas posibles de matar.

 

¿Dónde estábamos todos nosotros entonces, dónde estamos ahora? Quizás viendo las tetas de la modelo de turno, o el escándalo de la semana o planeando unas vacaciones, aprovechando las nuevas rutas seguras para ir a la finca que no teníamos en las vacaciones que tampoco. Un seguro paseo democrático imaginario al mar que se pagó con sangre tirada a la tierra y a los ríos. ¿Le parece que valían tanto?