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Recuerdos en technicolor

Escribir cada semana un texto medianamente coherente, que ofrezca más preguntas que respuestas, que siente una posición con claridad y transmita algún grado de emoción en los lectores, no es una tarea fácil. Desde este ejercicio semanal, que es un privilegio, puedo decir en voz alta la manera como entiendo un pedacito del mundo, el trocito de realidad que escojo para analizar desde mi perspectiva.

Pero a veces la realidad es tan obstinadamente desestimulante, que obliga a las neuronas y al corazón a desviar la atención de la minucia política, de la corrupción miserable, de la atrocidad de la guerra, y buscar un camino de redención a los malos espíritus que agobian. Hoy quiero recargar baterías tomando el camino de los buenos recuerdos.

 

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Tendría cinco años cuando me llevaron por primera vez a clases de pintura, una tarde de sol que iluminaba el salón de clase que quedaba en el segundo piso de una casa de esquina sobre la calle cuarta, en Popayán. Éramos unos 10 niños, todos desconocidos entre nosotros, a los que papás o hermanos mayores llevaban después del colegio a clases de pintura con el profesor Ever Astudillo.

 

Tenía una mirada dulce y siempre se sentaba en un butaco alto, tan alto como nos parece todo desde la perspectiva de los 5 años. Su trato era cariñoso, seriamente prestaba atención a nuestras preguntas y tenía su manera de imponer disciplina a la chiquillada, sin regaños pero con contundencia.

 

Una de esas tardes terminé muy pronto el trabajo que estábamos pintando todos los niños, cada cual en su mesita. ¡Ya!, dije en voz alta. Ever se acercó a mi y al dibujo y mirándome a los ojos dijo: a ese niño (señaló el niño que yo había dibujado) le va a dar gripa; ese cielo blanco quiere decir que hay muchas nubes y viene la lluvia, se va a resfriar cuando se moje. Dio media vuelta y volvió a su butaco. Todos los años que han corrido desde aquel entonces he recordado esa escena, y en la elaboración que los adultos hacemos a partir de nuestras vivencias, la veo como una manera sabia de impulsar a un personaje chiquitín a colmar de color la hoja en blanco, a no dejar vacíos ni resquicios por donde se cuele la comodidad de sentir que se es primera, sin esforzarse por hacer lo mejor. En últimas, esa frase se me quedó en el alma como una invitación a llenar de color la vida.

 

La partida de Ever Astudillo, esta semana en Cali, removió algunos de esos recuerdos gratos y lejanos que guardo. Creo que el profe dictó algunos pocos semestres a personajes de 5 años, porque después fue por muchos años, según dicen quienes lo conocieron en su vida profesional, un entrañable profesor en facultades de Bellas Artes, y un artista consagrado, permanente creador de proyectos.

 

Las clases de pintura fueron primero en el Conservatorio de Música y luego en la Facultad de Humanidades. Ahí el segundo profesor que tuve, Renzo Fajardo, nos hacía correr y saltar persiguiendo una proyección de luz contra las paredes alrededor del patio, mientras su risa franca y sonora nos motivaba a conocer las magias del color, el amarillo que con el azul es verde y el azul que cuando se une al rojo, es violeta.

 

En esas clases de pintura conocí a El Principito, cuando el profesor comenzó a leer en voz alta la historia de boas abiertas y cerradas, sombreros y elefantes; baobabs, planetas, volcanes y una secuencia de avaros, insensatos e inútiles; una rosa que decía ser única, pero tres días de lectura más tarde quedaba en evidencia cuando el pequeño príncipe se topaba con un rosal.

 

De pronto un día llegó la noticia de que ya no habría más clases de pintura, en adelante comenzaría a estudiar inglés. Como a todos en la infancia, la lógica adulta decide y dispone sobre lo que será la vida de uno. Pero aunque fueron solo tres semestres, muchas preguntas muy serias se me quedaron planteadas en esas clases de pintura. La imagen de la cuchara que se “dobla” al entrar en el vaso de agua. La gama infinita que aparece en la intersección de los colores. La dimensión policromática de la vida.

 

Ever Astudillo y Renzo Fajardo pasaron al cajón de los recuerdos, ese que se vuelve más hondo a medida que pasan los años. Mirados a la distancia que dan más de cuatro décadas, ellos son depositarios de algunos de los recuerdos más gratos de mi existencia; y esta es la manera más propicia que tengo para expresar mi gratitud a esas personas que dejaron una huella tangible de sensibilidad en mi vida.