Molano, visto desde otra acera

De Fernando Molano se sabe lo justo. Muchos quisiéramos saber más, pero lo que sabemos, mas lo que leemos en sus tres libros es suficiente para reconocer que más allá del amor mismo, sus narraciones son la evidencia de que cómo este bogotano nacido en el 61, amó durante su corta existencia.

 

Ya se sabía de él en ciertos círculos y sólo porque su obra “Un Beso de Dick” ganó en 1992 el premio de la Cámara de Comercio de Medellín, la cual fue posteriormente difundida en tres ediciones prologadas por Héctor Abad Faciolince, quien reconocía en aquella novela “(…) una pequeña joya, gracias también a sus imperfecciones, pues en ellas se revelaba la espontaneidad, la frescura, la falta de artificios y la franqueza literaria de quien la había escrito”.

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En 1997, un año antes de morir, Molano publicó un libro de poemas titulado “Todas mis cosas en tus bolsillos” auspiciado por la Editorial de la Universidad de Antioquia donde el autor nos regala en sus líneas la voz de la esperanza, de alguna esperanza suya donde la ternura era un sentimiento posible. Así nos lo describe el mismo: “A veces temo que los hombres seamos sólo una raza de náufragos perversos, y no exista en la isla el verdadero amor, como no sea el propio (o el de dos, a lo sumo). Aún así, a mí la vida me seduce, y siempre aguardo a que en cualquier esquina me asalte la bondad de algún extraño”.

 

Vista desde una acera es su segunda y última novela. Acaba de ser publicada por la Editorial Planeta gracias a una casualidad, pues el manuscrito estaba refundido entre los mares de libros de la Biblioteca Luis Ángel Arango donde Fernando se refugió para abrir su mente mucho más allá de las expectativas que le brindaba su entorno, y donde una amiga de su época universitaria lo encuentra y lo entrega a un editor para corregirlo y posteriormente publicarlo.

 

Molano crea una voz en esta novela. Una voz que nos lleva de la mano por diferentes caminos. El de la búsqueda y la inquietud desde la infancia, el del reconocimiento social y familiar y también por el de la agonía sufrida por la enfermedad y más aún, por la indolencia y la falta de compasión. Es un ejercicio espiritual para sobre llevar el mundo mediocre, ordinario y vulgar. Fernando también nos enseña un erotismo que es la afirmación más alta de la vida sobre la muerte misma.

 

Sin sorpresa alguna, Fernando inicia con la causa de este libro: su novio Adrián es diagnosticado con SIDA y forman ambos jóvenes un muro vital que los protege durante una lucha injusta que termina venciéndolos en parte. La batalla de Fernando (que también fue la de muchos a finales de los 80 hasta hoy) no tiene que ver con un conflicto moral y culpable con el que suponemos la historia. El conflicto era precisamente porque no sentía reproches consigo mismo por amar con la intensidad que amó, a pesar que la sociedad pre juiciosa insistiera en manchar su corazón a través de múltiples formas para humillarlo y reducirlo. “Salió corriendo a buscar a la enfermera de turno: otra maldita. Cuando vino con ella a la habitación, esa enfermera se quedó mirándolo desde la puerta: -¿Para qué me ha llamado? ¿No ve que aquí no se puede hacer nada? ¿No ve que él se va a morir? (…) -¿Acaso no sabe lo que es él?

 

Paralelamente, el autor nos narra la historia de su familia de clase obrera que siempre sueña con un negocio de reparación de motores, que se violentan física y verbalmente, que se reprochan entre ellos pero que también se transgreden.  Una familia pobre y ante todo ignorante como la de muchos en este país, donde solo hay dos libros en casa: las Páginas Amarillas y las Blancas. Por ello el niño Fernando se refugia en la Biblioteca Luis Ángel Arango y es allí donde se aferra a su inocencia y olvida el miedo que le imponen a los de su generación. Narra por ejemplo, “¡Por qué esa cara de susto muchacho!, si va a aprender algo que no conoce y a los niños como usted les gusta mucho; no hagamos caras…” dice el abuelo al joven Adrián cuando lo viola por primera vez y lo amenaza con matarlo si se lo cuenta a alguien.

 

Es triste decirlo ahora cuando ya no está. Pero Fernando Molano visto desde otra acera no era más sino felicidad en medio de la marginalidad y su libro merece el reconocimiento por defender el derecho a ser diferente, aprovechando el amor como excusa inapelable para sortear las desventajas del tiempo, la falta de educación y la pobreza. La narración no contiene trampas, ni artificios pero nos puede inundar en lagrimas con sus momentos tristes, mientras que en otros, es tan ingenuamente romántico que nos reconcilia con la esperanza de que en cualquier esquina nos asalte la bondad de algún extraño.

 

 

Vista desde una acera

Fernando Molano

Seix Barral – Editorial Planeta, 2012

257 páginas

$39.000c.castro