Mesa Nacional Agraria por los campesinos y la paz

Esta mesa no es para pensar la continuación de la guerra y que en ella se sienten quienes no quieren la reconciliación. Por eso, esta coyuntura que se anticipó a los tiempos de la agenda de las negociaciones en La Habana, debemos asumirla como parte de la reconstrucción de la nación y su camino al desarrollo.

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Fruto de los paros de la semana antepasada, el presidente Santos convocó a una mesa de concertación para una nueva política agraria y de desarrollo rural.

 

Esta mesa depende de la metodología que se acuerde para abordar tanto y tantos temas, de tantos y tantos años de olvido, con tantos y tantos actores en orillas opuestas que derivaron en 67 años de [email protected] y [email protected] víctimas, en su mayoría campesinos y en su mayoría inocentes, todo por culpa de la captura de la tierra, del rezago tecnológico, de la baja productividad y de una inequidad que se ensañó en el país rural. Es la premodernidad de Colombia y de una parte de su dirigencia.

 

El éxito de la mesa depende de concertar unos focos estratégicos de largo plazo para evacuar una primera agenda de cambios estructurales. Se me ocurren dos:

 

El primero y complementario a las medidas ya acordadas para levantar los bloqueos, se debe centrar en la productividad, la libre competencia y el comercio internacional, y regalías de ciencia y tecnología para el campo;

 

Y el segundo, sobre calidad de vida (educación, salud, vias, conectividad, desarrollo de pequeñas ciudades y poblaciones) con sostenibilidad ambiental.

 

Dejar para el postconflicto un segundo bloque de la agenda, sobre los demás factores relacionados con problemas de propiedad de la tierra, modelo de producción y ordenamiento con desarrollo regional. Esa discusión solo será posible cuando se tengan los estudios del verdadero mapa agrario del país. Sin información es imposible tomar decisiones de cambios estructurales. 

 

Sin embargo, los que hoy se sentarán en la mesa representarán el viejo y el nuevo país, en un contexto de malestar general de una nación que está aburrida, desmotivada, y que quiere un cambio radical en el ejercicio de la política, en la orientación de las políticas de desarrollo y en la construcción de instituciones inclusivas y sostenibles.

 

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