Memorias del padre

Hacer memoria es recabar en los sucesos de otra vida, para observarlos desde nuestro propio tiempo. Muchas personas en esta Colombia que solo sabe vivir en guerra, trabajan para ayudarnos a no olvidar la indignidad en que hemos vivido. Pero cuando es un hijo o una hija quien rescata la memoria del padre, ese legado que nos llega después del tamiz del amor logra efectos aun más contundentes.

Ovidio González Correa y la lucidez de su lucha por una muerte digna, marcan el antes y el después de la eutanasia en Colombia. Aunque cumplía con los requisitos de ley para solicitar su muerte asistida, un médico burócrata, a la distancia, lo sometió a 8 días más de incertidumbre frente a la expectativa de la muerte, ocho días más del dolor de un cáncer que se le comía la cara a este pereirano de 79 años. Supimos de él y su situación por su hijo Julio César, el caricaturista Matador, quien nos la contó en toda su dimensión dramática, y con todo humor. El derecho a decidir sobre el estado en el que se quiere coger el último tren de partida, con don Ovidio se hizo realidad por primera vez en el sistema público de salud.

 

Un privilegio que el doctor Héctor Abad Gómez no tuvo. Médico salubrista, defensor del derecho de la gente a no morir por paludismo, por difteria ni por sus ideas, cayó asesinado en 1987 en una calle de Medellín. Su hijo, el escritor Héctor Abad Faciolince, nos legó su memoria en el libro “El olvido que seremos”, y su nieta Daniela Abad convirtió esas memorias en una película conmovedora, llena de amor filial. En “Carta a una sombra”, ese padre se muestra en su familia, en la academia y en su cultura paisa, permitiendo a los que no somos de allá, recordar que ser antioqueño, montar a caballo y tomar aguardiente en las fondas no es lo que hace matón a los matones, ni vengador a los vengadores. Y que cuando de pensar distinto se trata, la única arma que debería existir es la palabra.

 

La memoria del padre a veces es la memoria de un pueblo, como le sucedió a Guillermo con el legado de su padre, Sady González, el pionero de la fotoreportería en Colombia. El ojo de Sady en la Rolleiflex nos legó cinco décadas de imágenes de Bogotá, desde los años 30 hasta su muerte, ocurrida en 1979 como decía el doctor Abad que debería morir todo el mundo. Cuando al correr de los años uno de los hijos encontró las primeras cajas llenas de negativos, entregó al país el registro gráfico completo del Bogotazo, un aporte invaluable a la formación de esta nación.

 

El archivo de Foto Sady, a diferencia de quién sabe cuántos archivos fotográficos, existe hoy porque preservarlo fue una labor de Esperanza Uribe, la mujer que organizó una familia para y por la fotografía de su marido. En bolsitas celosamente dispuestas, con papeles escritos a mano, Esperanza dejó registro de la fecha y el suceso de cada grupo de negativos ahí dispuestos. En el documental que hace Guillermo, “Sady González: Una luz en la memoria”, el legado de su padre es el retrato de un pueblo, y la de su madre, la de la guardiana del tesoro.

 

Privilegio también éste, el de contar con un archivo organizado para levantar la memoria. Para María José, la hija de Carlos Pizarro, recabar en la vida de su padre para volverla exposición, documental y libro, significó recoger retazos de historia dispersos por la geografía de la guerra y el moho de la apatía. Cada pieza reunida nos recuerda al ser humano que estaba detrás de la figura mítica del guerrillero del sombrero blanco que le apostó, y con él su tropa, a la paz.

 

Cuando pasen muchos años, y ni usted ni yo estemos vivos, alguien podrá ver en las fotos de Sady que a comienzos del siglo XX los tranvías bogotanos iban atestados, igual que el Transmilenio de casi un siglo después. Si revisa la labor del doctor Héctor Abad verá cómo, entrados los años 70, en las ciudades colombianas la gente se moría por falta de agua potable, y posiblemente se preguntará que pasó para que 40 años más tarde y existiendo acueductos, el agua no llegue a municipios enteros porque a unos imbéciles les da por volarlos.

 

Tal vez en unos años, alguien se tope con las caricaturas de Matador y las entrevistas que don Ovidio dio pocos días antes de morir, y podrá decir que un hombre con gran sentido del humor, paradójicamente “encaró” al sistema y logró su derecho a recibir una muerte asistida. Y ojalá que cuando alguien en el futuro se pregunte cómo sobrevivimos a la calaña de odio que intentó arrasar con la esperanza, y reviva apartes de esta guerra, pueda decir que, siquiera, ese capítulo en Colombia ya concluyó. Ojalá.