Memoria y Democracia

“Por más de 8 años, cada vez que salía de viaje, lo primero que hacía era empacar la camisa y los pantalones con los que había sido torturado por la policía. Se notaban claramente en ellos la sangre coagulada y los rotos causados por los golpes. Sentía necesidad de llevarlos conmigo como memoria fresca y como testigos de la injusticia infligida sobre mi” (Antonio, líder sindical).  

En el 2014, la democracia de Brasil, tendrá una dura prueba. La Comisión de la Verdad en Brasil entregará resultados sobre violaciones a los derechos humanos cometidos en la época de la dictadura militar (1964-1988) y adicionalmente, el gobierno deberá revisar la ley de amnistía de 1979 que se auto-concedieron los militares y que ha impedido el avance del proceso acerca de estas  violaciones.  

 

Esta amnistía de y para los militares brasileños tuvo tres graves  vacíos. Políticamente, negó la existencia de las víctimas y se limitó a justificar las acciones violentas del establecimiento militar con la excusa de la teoría de los “dos demonios”, y se promovió la dialéctica del empate moral. La violencia contra el Estado y la subsiguiente violencia del Estado contra las reivindicaciones armadas de tipo insurreccional, fueron interpretadas desde una perspectiva del tipo de “suma cero moral”, y a manera de estrategia pragmática que permitió el advenimiento de la democracia. Culturalmente, se afirmó el olvido como la mejor forma de superar el pasado y jurídicamente se garantizó impunidad a los jefes militares de la época. (Paulo Abrão & Marcelo D. Torelly, Mutações do conceito de anistia na justiça de transição brasileira, 2012).

 

Históricamente, en estos procesos transicionales las comisiones de la verdad obtienen verdades parciales e incompletas, la justicia que logran aplicar es escasa, las reparaciones son limitadas (con frecuencia re-victimizantes) y  la memoria tiende a quedar congelada en el pasado.  

 

La reflexión que sugiero en este artículo, asume que la memoria coagulada y vengativa (hipermnesia,) de los ciudadanos de países que han vivido períodos de violencia interna, limita el ejercicio de la democracia al desconocer la interpretación histórica del sentido de las causas de las violaciones masivas de Derechos Humanos, generando procesos sociales de exclusión, retaliación y nuevas violencias. En la historia particular de Colombia esta memoria  vengativa ha generado ciclos de violencia  que aún no logran superarse (España Gonzalo, El país hecho a tiros, 2013).  

 

Un ideario de solución pacífica de conflictos sociales, justicia transicional  y profundización de la democracia deberá enfrentar las consecuencias de la memoria petrificada promoviendo en cambio, memoria en acción y el perdón responsabilizante, ejercicios políticos que facilitan la democracia y la paz sostenibles. 

 

El 4 de Marzo de 1991, el presidente Raul Rettig, presentando a Chile el informe de la Comisión de Verdad y Reconciliación dijo: “ha llegado por fin la hora del perdón y de la reconciliación”. Pidió perdón a las víctimas a nombre de la nación mientras explicaba los procesos de reparación que les beneficiarían, incluyendo un sinnúmero de expresiones de justicia simbólica.

 

Para buena parte de los analistas en procesos de transición, el modelo de Chile fue uno de los mejores procesos de reparación. Aunque no logró justicia completa,  obtuvo validación política del proceso igual que en Sudáfrica. En ambos procesos hubo más justicia-verdad y menos justicia-castigo. De hecho, el 10 de Mayo de 1994, el nuevo presidente de Sudáfrica Nelson Mandela, ante la multitud que lo aclamaba, les rogaba perdonar y proponía una ley de amnistía para los crímenes y delitos políticos. La gran lección que se puede recabar de estas experiencias es la siguiente: la legitimidad jurídica de los mecanismos de justicia transicional está condicionada por la legitimidad política y cultural que de ella se logre.

 

Un análisis más profundo de estos casos permite concluir que procesos pacíficos sostenibles de transición, exigen liderazgos carismáticos para inspirar ascensos culturales en cultura política de perdón y reconciliación. Liderazgos que facilitan la superación de dos lógicas enfrentadas: por una parte la lógica del maximalismo moral que reclama la aplicación de la justicia en todo su rigor sin importarle que se prolonguen períodos de  justicia sin democracia y por otra parte, la lógica del minimalismo pragmático que reclama la consolidación de la democracia sin justicia.

 

Estos dos extremos se logran superar con la aplicación de cultura política de perdón y reconciliación como expresión de una “tercera vía moral”. La reconciliación provee cuatro componentes que hoy día se consideran fundamentales para transiciones pacíficas a la democracia: verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición. Cuatro elementos que acompañados del perdón responsabilizante, suministran  las herramientas hermenéuticas  y  los giros narrativos necesarios, individuales y colectivos, para superar  las lógicas de la retaliación y la bipolaridad moral extrema (maximalismo/minimalismo) en la solución de conflictos políticos y sociales.

 

Esta tercera vía se logra a condición que se logren promover las lógicas de la bondad y la compasión que expresan la tranquilidad del espíritu en la interpretación de las causas históricas de las violencias que necesariamente llevan a aceptar corresponsabilidad colectiva cuando se alcanza una lectura comprensiva del contexto en que los ofensores han vivido. Esto permite trascender las responsabilidades de corte estrictamente individual que llevan al énfasis de la justicia centrada en las penas privativas de la libertad.

  

La promoción de liderazgos que inspiren el ascenso cultural de la memoria en acción y el perdón responsabilizante, requieren ejercicios populares universalizados de re-significación de las ofensas, de gimnasia de la auto-reparación y de tránsito de victimas a victoriosos. Estos son  elementos sine qua non para la paz sostenible y la democracia sólida de los pueblos.  

 

El componente de transformación de la memoria es posiblemente el componente más importante  y complejo de este proceso. La memoria vengativa dificulta el tránsito a la democracia, porque en la memoria excluyente las víctimas no solo se excluyen a sí mismas de posicionar en lo público su dolor y su reclamo de justicia sino que también excluyen a los ofensores de esa misma vida pública. Superar esa memoria vengativa se convierte entonces en un acto de posicionamiento político para la víctima y en un ejercicio de inclusión democrática y humanización del ofensor.  

 

Los sagaces empresarios de la política saben bien que explotar las rabias, los rencores y los deseos de venganza de los electores es “una economía política” de jugosos réditos electorales. Qué lejos está esto de la definición que Plutarco ofreció de la política como aquello que sustrae al odio su carácter eterno. El caso de colombia en la coyuntura actual refleja claramente esta tendencia; bajo el reclamo dogmatico de un maximalismo jurídico (que nada  quede impune) se esconde el enarbolamiento de la rabia y la venganza. 

 

Economía del odio que Savater denomina “Los Recuerdos envenenados”, que David Rieff cuestiona en su libro “Contra la Memoria”, y Tzvetlan Teodorov llama  “Los abusos de la memoria (Teodorov ,Paidos, Barcelona, 2000). Los tres autores afirman la importancia y urgencia de hacer re-composición de la memoria. Ampliando esta percepción, Julia Kristeva (Semiótica, 1969) habla del “olvido defensivo” que siendo un mecanismo natural puede convertirse no solo en amnesia sino también en peligrosa hipermnesia. Freud insistió en que es necesario eliminar el olvido recuperando la capacidad de anamnesis…o memoria-recuerdo dándole sentido a lo inolvidable a través de una re-significación  amorosa del recuerdo. No es esta una propuesta de olvido, es una propuesta de recordar con otros ojos. Freud  dirá que si esto no se logra, se cae en la hipermnesia persecutoria.

 

¿Qué papel juega  la justicia en estos procesos de transformación de la memoria de las violencias sufridas y la consolidación de la democracia? Sin lugar a dudas, el tema de la justicia demanda también interpretación nueva. Lo primero que enseña la historia de las transiciones de los regímenes violentos a la democracia es que la construcción de la paz no puede convertirse solamente en jurisprudencia -summum ius, summa iniuria- decían los antiguos Romanos.  Exaltar la justicia penal como pretenden algunos políticos en Colombia, en los proceso de solución pacífica a conflictos políticos y sociales, es poner palos en las ruedas de la paz; es necesario tener cuidado en no delegar la memoria a lo jurídico solamente, como afirma la misma Kristeva, la justicia es también una elaboración colectiva, a varias voces, por parte de la gente, que no tiene nada que ver con abogados, testigos, fiscales. En otras palabras, la justicia es también la justicia refrendada por la opinión política.

 

Una constante en la superación de los regímenes violentos en los países sudamericanos y Sud Africa es que estos gobiernos democráticos, al menos en los momentos de negociación, encontraron una solución al conflicto evitando inicialmente la apertura de casos judiciales y aplicando la herramienta de la amnistía. En algunos casos (por ejemplo, Chile) la amnistía fue bien administrada,  ha gozado de soporte político importante y ha logrado sostenerse por años. En otros casos, como en el caso de Argentina, la amnistía tuvo menos estructura y soporte político y por eso fue desconocida en gobiernos ulteriores. Muy probablemente correrá la misma suerte, la amnistía de Brasil.

 

Sandrine Lefranc (2005, p158) concluye en su libro “Políticas del Perdón” diciendo que renunciar a la facultad de castigar es simplemente otra manera de administrar justicia en cuanto que el fundamento político de la amnistía es idéntico al fundamento del ejercicio del poder punitivo: la intención subyacente a esos dos elementos, la amnistía y la autoridad punitiva es en última instancia, alcanzar la paz y la tranquilidad de todos los miembros de la comunidad.

 

En 1986, el Presidente de Uruguay, Mario Sanguinetti en carta a Amnesty International escribió que la obligación del Estado de administrar justicia no puede cumplirse en términos absolutos sin tomar en cuenta las otras funciones estatales, la más importante de las cuales es garantizar que sus ciudadanos convivan pacíficamente y promover el desarrollo de la comunidad en un contexto de paz y seguridad. Y añadía que más vale una negociación normativamente insatisfactoria que una revolución.

 

Se espera que las negociaciones de paz actualmente en curso en la Habana entre el Gobierno de Colombia y las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) terminen en un gana-gana entre las partes.  Al menos dos razones políticas fundamentan este augurio: una democracia debe proteger en cierto grado los intereses de las fuerzas capaces de subvertirla y la inclusión política en el juego democrático de quien puede ser mi enemigo es una estrategia vencedora.  Por esto, otorgar amnistía en pro de la pacificación del Estado y la consolidación de la democracia es práctica tan consuetudinaria como el principio de irrevocabilidad de los derechos fundamentales de la persona. Una transición represiva, normalmente propiciada por juristas a ultranza y organizaciones de víctimas cargadas de la memoria vengativa propicia el debilitamiento, la exclusión y la estigmatización.

 

Pero ¿cómo superar las dificultades que  las memorias vengativas le plantean a los procesos de consolidación democrática? La Fundación para la Reconciliación (www.fundacionparalareconciliacion.org) en Colombia, ha propuesto la generación de cultura política de perdon y reconciliacion (Escuelas de Perdón y Reconciliación –ESPERE-). Proceso pedagógico en el que los participantes reunidos en pequeños grupos, después de garantizar ambientes seguros de total confidencialidad, cuentan a otros la historia de sus traumas para generar empatía-atención-cuidado que permite  re-vivir la herida de manera diferente en el  giro narrativo que transforma la memoria. Freud dirá que cuando se practica ese giro se transforma el recuerdo.

 

Las Madres de la Plaza de Mayo en Buenos Aires desde los años 70s hasta hoy siguen esgrimiendo sus pancartas con la frase: ni perdón ni olvido. Manifiestan que como otras tantas víctimas de la historia, no logran superar la memoria trágica del pasado, se condenan a la inexorable repetición de lo mismo, a ser esclavas de lo sucedido y a privarse del derecho a la hermenéutica, a la resignificación y recomposición de la esperanza.     Prometeo encadenado, víctima del buitre que todos los días le come un pedazo de su hígado…