Los muertos que nos deben los ‘narcos’

La propuesta de los directivos de Millonarios de devolver dos estrellas obtenidas en la época del narcotráfico vuelve a abrir  la polémica sobre los beneficios que trajo el tráfico de drogas a muchos sectores de la sociedad. Sin embargo, esta también es la oportunidad de recordar los proyectos de país que nos quitó.

Las décadas de nuestro país que estuvieron “manchadas” con la sangre de la violencia tuvieron como su principal motor al narcotráfico. La guerra de carteles y el desafío constante de los capos al Estado marcó la historia de un país que se desangraba por el ‘polvo blanco’.

 

De entonces nos quedó una estética exuberante y pomposa, enmarcada por los excesos y la arrogancia de los que podían comprarlo todo. También nos quedó un legado que hoy es contado a través del cine, las novelas, la literatura y la música.

 

Películas tan conocidas como ‘El Rey’, rodada en 2004, que narraba la historia de Pedro Rey y al mismo tiempo los inicios del narcotráfico en Colombia. Sumas y restas estrenada en 2005, que relata el fortalecimiento del narcotráfico en la ciudad de Medellín de los años 80.

 

Las llamadas “narconovelas”, que nos son más que un claro reflejo de una sociedad estigmatizada por culpa de unos pocos. Ya sea el caso de “El cartel de los sapos”, cuya producción en cine se estrenó ayer, 28 de septiembre y nos representará próximamente en los premios Óscar o “Sin tetas no hay paraíso” y la obsesión de la estética estigmatizada de la mujer narco relatado en como poder salir de la pobreza.

 

Bien estuvo dicho cuando el escritor y periodista Gustavo Álvarez Gardeazábal, remarcó en la revista Número en 1995, que “el narcotráfico era una revolución cultural”, que infortunadamente parece haber llegado para quedarse.  

 

El narcotráfico se quedó con varias estrellas que hoy adornan los escudos de varios equipos del fútbol colombiano. Quedaron barrios reconstruidos por la filantropía de los delincuentes y quedó el llanto de muchos cuando esos delincuentes murieron, recordados como héroes.

 

Sin embargo, la guerra de carteles y la lucha de los capos por ser juzgados en Colombia se llevó a personajes influyentes y honestos. Se llevó desde políticos obstinados por aplicar justicia hasta periodistas responsables, desde candidatos presidenciales hasta futbolistas que pagaron con su vida errores en un partido.

 

Confidencial Colombia recoge algunos de los personajes que se llevó una de las épocas más oscuras de nuestra historia: los muertos que nos debe el narcotráfico.

 

 

La primera persona con incidencia en la vida nacional que se atrevió a señalar los crímenes de Pablo Escobar fue Rodrigo Lara Bonilla, muy cercano a Luis Carlos Galán y ministro de Justicia. Este liberal, también fue el protagonista del primer magnicidio cometido por el Cartel de Medellín. Ocurrió el 30 de abril de 1984.

 

El periodismo también desentrañó la sevicia y la corrupción que estaban encarnadas en Pablo Escobar. Fue la bandera de don Guillermo Cano, el director del Espectador, quien cayó bajo las balas del Cartel el 17 de diciembre de  1986.

 

El candidato presidencial de la UP para las elecciones de 1986, Jaime Pardo Leal, fue asesinado el 11 de octubre de 1987 por sicarios cuando se desplazaba por la carretera que conduce al municipio de La Mesa, en Cundinamarca, acompañado por su esposa e hijos. El paramilitarismo asociado con un sector de la Fuerza Pública, y respaldado por la alianza entre grandes narcotraficantes como ‘El Mariachi’ y Pablo Escobar, fue señalado como autor del crimen.

 

Carlos Mauro Hoyos  fue asesinado el 25 de enero de 1988, el mismo día que Andrés Pastrana era liberado por el Cartel después de 8 días de cautiverio. Diez hombres armados acabaron con su vida cuando intentaban, al parecer, secuestrarlo. Hoyos fue Procurador general de la Nación.

 

 

El fundador del Nuevo Liberalismo y más firme candidato a la Presidencia en 1990, Luis Carlos Galán, cayó ante las balas de los sicarios enviados por una alianza de narcotraficantes. El 18 de agosto de 1989 se cegó la oportunidad de una alternativa de país fundada en principios éticos.

 

El mismo día de la muerte de Galán, a las 6:18 a.m., Valdemar Franklin Quintero fue asesinado por sicarios en Medellín. El coronel de la Policía había anticipado que su vida sería cegada por la intensa lucha contra las estructuras del narcotráfico.

 

El 22 de marzo de 1990, en plena carrera electoral, el candidato a Presidente más joven de la historia colombiana fue ultimado en el aeropuerto El Dorado. Bernardo Jaramillo, el sagaz político de la UP, quien marcó una ruptura con toda forma de violencia, murió por órdenes de paramilitares al servicio del narcotráfico y un sector reaccionario de las fuerzas armadas.

 

El 26 de abril de 1990, siendo candidato a las elecciones presidenciales, Carlos Pizarro el excomandante de la guerrilla del M-19 fue asesinado en un avión cuando viajaba de Bogotá a Barranquilla. El crimen fue atribuido a Pablo Escobar en primer momento, sin embargo, años después se supo que el determinador del asesinato había sido Carlos Castaño, extinto jefe de las AUC.

 

 

El de Manuel Cepeda fue, tal vez, el último magnicidio de la “guerra sucia”. El 9 de agosto de 1994, sicarios a borde de un carro marca Renault acabaron con la vida de uno de los últimos lideres de la UP e histórico del Partido Comunista en la Avenida Las Américas de Bogotá. El crimen fue atribuido a una alianza entre el narcoparamilitarismo y miembros de la Fuerza Pública.  

 

Andrés Escobar, el futbolista paisa con más futuro del inicio de los 90, cayó víctima de una apuesta entre ‘narcos’. Un desafortunado error suyo, en un partido entre la selección y Estados Unidos en el mundial del 94, le costó no solo la derrota al combinado nacional sino, días después, su vida. El mundo del fútbol, y el país en general, lloró la muerte de este deportista

 

Los defensores de derechos humanos fueron otro blanco de las alianzas perversas del narcotráfico. Mario Calderón y Elsa Alvarado, investigadores del Cinep, fueron baleados en su residencia por sicarios en mayo de 1997. El asesinato fue atribuido a la banda La Terraza, oficina de cobro y sicariato al servicio del narcotráfico heredera del cartel de Medellín. Actualmente, el exjefe paramilitar, alias Don Berna, está procesado por los hechos.

 

El narcotráfico quiso quitarnos opciones diferentes de país, la alegría, las ganas de cambio. Nos confundió. El miedo fue su instrumento para cegarnos con su locura por el poder, planteó un proyecto de país que se materializó y llegó a su cúspide en los últimos años. A quienes ellos llamaban “buenos muchachos” se convirtieron en bastiones de la ética de un país arrazado por la carencia de valores democráticos. Al fin de cuentas, mataron a sus defensores.

 

Sin embargo, hoy, hacer memoria, es el camino para recomponer lo que estuvo roto por tanto tiempo.