Los fusibles del Catatumbo

El Gobierno ha intentado arreglar la crisis Catatumbo con importantes funcionarios, que, como fusibles, se han quemado en el intento. Desde el ministro del Interior, hasta el vicepresidente de la República, no han logrado obtener el desbloqueo total de las vías que comunican a esta zona con todo el país. La negativa de los campesinos sigue siendo la exigencia de una  creación de una reserva campesina, petición que sigue enlodando las posibilidades de levantar el paro.

La primera bandada oficial que llegó al Catatumbo estuvo encabezada por Fernando Carrillo. Para este momento, el paro llevaba un poco más dos semanas y los enfrentamientos con el Esmad no se hacían evidentes. El ministro arribó a la zona con la firme intención de destrabar la situación con la propuesta de una inversión de más de 120.000 millones de pesos para invertir en la región.

 

El primer “no” de los campesinos se dio luego de toda una noche de conversaciones. Al finalizar la semana, se supo que los manifestantes seguirían con el bloqueo y la única manera de levantarlo era la principal petición que han venido exigiendo, la creación de una zona de reserva campesina.

 

Para Carrillo, las propuestas del Gobierno ya habían sido explicadas y lo confirmó con una frase: “el balón está en el campo de ellos”.

 

El siguiente en intentar conciliar fue Lucho Garzón. El Alto Consejero para el Diálogo Social encabezó una nueva comisión al municipio de Tibú, junto con el Defensor del Pueblo y los viceministros del Interior y Agricultura.

 

Esta nueva carta del Gobierno surgió luego de que el presidente Santos se reuniera con autoridades locales. Para el mandatario, el exalcalde de Bogotá era el personaje idóneo para lograr un diálogo más cordial.

 

Los primeros encuentros con los labriegos empezaron con el pie derecho. Luis Eduardo Garzón afirmó en varias ocasiones que en los acercamientos que estaba teniendo “se había logrado un nivel fuerte de confianza”.  Pese a que su llegada caló bien dentro de los campesinos, los enfrentamientos con el Esmad, y la muerte de dos manifestantes, continuaron con la incertidumbre en el Catatumbo. Garzón pasó sin pena ni gloria y no pudo apagar el incendio.

 

El nuevo traje de ‘bombero’ del Gobierno se lo ponía el viceministro de Trabajo, José Noé Ríos. Continúo con el discurso de “generar confianza y seguridad”. Los manifestantes veían con buenos ojos esta nueva comisión, pero tenían claro que, según los líderes del paro, se había visto poca voluntad del Gobierno ya que continuaban dilatando el proceso.

 

El viceministro elaboró varios informes que llegaron a presidencia contando los pormenores de las reuniones que se habían tenido.  Como consecuencia de esto, y de una reunión entre varios miembros del alto Gobierno, se dispuso crear tres mesas de diálogo siempre y cuando los manifestantes levantaran los bloqueos de las vías, situación que nunca ocurrió. Otro intento fallido del Gobierno por mitigar la crisis social  del Catatumbo.

 

Buscando darle un giro a las negociaciones, Juan Manuel Santos encomendó al vicepresidente de la República la misión de desactivar las protestas. Como primera medida, Angelino Garzón logró llevar a la zona a Todd Howland, jefe de la Oficina de Naciones Unidas en Colombia para los Derechos Humanos, quien había acusado al Gobierno de uso excesivo de la fuerza contra los manifestantes, basado en la muerte de los campesinos Leonel Jácome, Edinson Franco, Diomar Humberto Angarita y Hermides Palacios.

 

El vicepresidente estuvo reunido por más de ocho horas con los líderes del paro. Las mismas conclusiones de sus antecesores: reuniones muy positivas, buen ambiente, reconocimiento mutuo y  voluntad para encontrar solución a los problemas.

 

Días después, y encuentros con los labriegos en el medio, la situación seguía igual: el paro continuaba sin levantarse ya que la única condición que el Gobierno exigía, frente al pliego de exigencias de los manifestantes, era el desbloqueo total de las vías, petición que fue denegada por los campesinos. Con este último intento de establecer algún arreglo con los líderes del Catatumbo, se dio por terminado las conversaciones en los alrededores de Tibú.

 

Santos sigue sin encontrar alguien que le ‘apague incendios’ en el país. Sus intentos por llegar a entablar una conversación, tal como lo está haciendo en La Habana, con los campesinos cada vez se disminuye más y las presiones de la oposición hacen que siga viendo con indiferencia, a pesar de la última demostración de desbloqueo parcial de los manifestantes,  la crisis social que se agudiza en una región olvidada y golpeada históricamente por la violencia.

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