¡Lo del portal de Belén fue una invasión!

Yo, que soy hoy por hoy la esmeralda prístina de la fe católica en este país que no es más que un platanal lleno de apóstatas, yo, la gran atalaya desde donde se otea a los ateos y se defiende a punta de espada y gerleinismo a la iglesia, si tengo la autoridad moral para señalar que uno de los puntales de nuestras sagradas creencias, reposa sobre premisas subversivas y terroristas

Me refiero es esta época pre navideña, naturalmente, a la historia esa del Portal de Belén, pesebre, pesebrera o como se le quiera llamar, que era sin duda una legítima propiedad privada que así fuera por poco tiempo, fue invadida, ocupada y violada por la Sagrada Familia.

 

Desde luego, excluyo de toda culpa al Divino Niño y a su madre María Santísima, quienes por obvias razones nada tuvieron que ver con este acto violento y propio de campesinos atravesados. Sin duda fue una idea  con la subsiguiente acción marxista del José ese, que decidió meterse aquella noche  a la brava en ese Portal y utilizarlo como sala cuna, sin pedirle aunque fuera permiso a sus dueños o por lo menos a la Fedegán de allá y de entonces.

 

No. En acto rebelde y concupiscente se instaló allí, en lugar de haber acudido a los servicios del Sisbén de Judea, como tenía que ser.

 

Y claro, todo ello debido a sus orígenes obreros y a su condición de dirigente y agitador del sindicato de carpinteros de Nazareth.  No tuvo empacho en violar la ley y meterse cual español “ocupa” a squatear el pesebre y servirse de animales que no eran de su propiedad.

 

Igual que los indios de acá, que invaden tierras ajenas diciendo dizque les pertenecen desde antes de la cristianización, cuando estos bárbaros ni sIqiUera conocían el principio de la propiedad privada, porque todo era de todos y para todos, en una inmunda y amancebada promiscuidad sobre las almas y las cosas. Basta leer en castellano para saber que la negación de la propiedad es justamente “impropia”. Y que su afirmación es la felicidad misma para quienes la poseen… jejeje.

 

Y lo más grave de todo es que la baladronada del José,  su acto sedicioso, es lo que ha permitido construir  el muy nocivo concepto de la “iglesia social”, el catolicismo obrero y la teología de la liberación.

 

Además ¿qué derecho tenía el José de decidir sobre el nacimiento de un hijo que ni siquiera era suyo? ¡Impotente! Si María concibió fue por obra y sobre todo por la gracia del Espíritu Santo y no propiamente por las capacidades amatorias del ebanista. Y luego se convertiría en un peligrosísimo “padre” de hijo adoptado.

 

Desde entonces nos empeñamos en prohibir todas las adopciones y con más razón las de los gay. Porque me late que el tal Chepe hasta mariquetas sería. Gracias a que Jesús era Jesús, en la infancia y la adolescencia no se dejó influenciar por las tesis y malandanzas del artesano ese que pretendía torcer a Nuestro Amo por el camino de la lucha de clases.

 

Como cuando lo convenció de atacar a los mercaderes en el templo, acto aleve y terrorista que tanto piso teórico le ha dado a los comunistas “cristianos”. Una barbaridad tan grave como si hoy monseñor Rubiano se metiera en un Carrefour a desbaratar las estanterías, saquear las cajas y patear a la gerencia.

 

De algunas de las nefastas influencias del José aun somos víctimas. Como la vaina esa de la repartición y multiplicación de los peces y los panes que se la inventó él y convenció a Jesús de tamaña burrada. ¡Qué tal el papa regalando bagres y mogollas!  Tan grave como si hoy Monseñor Ordóñez en lugar de perseguir a los impíos, se fuera a las fronteras agrícolas a ayudar en lo de la malsana ley de tierras y se pusiera a defender las reservas campesinas que los truhanes Juan Manuel y Juan Camilo les quieren dar a las FARC.

 

Siquiera hoy hay un imperio más fuerte que el Romano que a toda costa evita esas estupideces.

 

Hay que revaluar de una vez por todas en estos lindos días esos conceptos provenientes de una exégesis pagana, en virtud de los cuales el cristianismo es una doctrina de paz y amor. ¡Ni más faltaba!

 

Llevamos dos mil años haciendo guerras de todo tipo y sin ninguna necesidad de amor nos mantenemos en el poder de Dios, que de paso es el nuestro. Fuimos hechos a su imagen y semejanza, es decir, ricos, omnipresentes, omnisapientes, bien plantados, blancos, caballistas,  lafauries, neoliberales, uribistas y muy machos.

 

¿Dónde estaba el autodenominado San José cuando crucificaron al Señor? ¿Jugando póker con Santos? ¿Con Tania en La Habana? ¿De rumba con Iván cepeda?

 

Aprovechemos los felices días de la natividad para borrar de nuestra memoria, de nuestra doctrina de seguridad nacional y de nuestro estado beatífico de opinión, la imagen del José ese, guerrillero falto de testosterona. Ese personajillo que contradice los fundamentales principios eclesiásticos de la banca vaticana y de nuestros altares dorados.