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#LaBogotáQueYoQuiero, una ciudad detenida en el tiempo

Una ciudad de grandes matices que la hacen ser una composición única y que muchos quisiesen tener, pero pocos pueden apreciar, esa, es Bogotá, aquel espacio que encierra un pequeño mundo diverso, multicultural, sofocante y caótico, es allí donde puedo contemplar la grandeza de lo natural contrastado con el pasado, el presente y un difuminado futuro, esos cerros que se convierten en una muralla natural que resguarda del mundo a su extenso tesoro.

Esas calles tan particulares en donde se encuentra uno día tras día con los mismos matices que se combinan, chocan, y realzan un rostro en cada paso que se da y esos pasos son acompañados desde los más amargos olores hasta los más dulces y cautivadores que abren el apetito de cada bogotano a cualquier hora del día.

 

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El medio día es el más placentero de las horas en esta ciudad, donde el sol o las nubes o la lluvia o el viento hacen dar un toque de iluminación en cada edificio que se erige desde el suelo, esos edificios que reflejan la quebrada y frágil silueta del entorno, es allí, donde se observa con gusto aquella silueta que logra enamorar a esos pocos que se detienen a contemplarla, entenderla y por ultimo capturarla en un papel.

 

Esa ciudad que me sigue deteniendo en sus entrañas, pide que la explore y suplica a gritos agitados que hallen el verdadero tesoro, coleccionado en su corazón, un corazón colapsado de polución y que infarta a cualquiera que lo recorra. Pero, es allí, donde si se pudiese retroceder en el tiempo, hallaríamos ese tesoro en las mismas donde hoy pasan autos, motos, buses y personas, es allí, el pasado de esta ciudad, donde hallamos el senil esplendor y fatídico apogeo de ese tesoro invaluable y ahora muerto y catapultado en los museos y los recuerdos de los más viejos, es allí, en esos museos donde se encuentran las piezas de aquel tesoro que alguna vez existió.

 

Me dirigía hacia el lejano norte, aquel sitio de pedantería, lujo, tranquilidad, y, ante todo, esas venas colapsadas que lo atraviesan, colapsadas por robustos y viejos árboles, colapsadas de autos, y casualmente de alguna u otra persona que camina por anchos andenes, ese norte, un lugar tan cerca y a la vez tan lejos de los bogotanos, y si miro hacia el occidente encuentro una sabana desértica, rodeada de un angosto y agonizante caudal el que alguna vez fue un pasaje de recreación, y que cae en las profundidades de los mitos antiguos.

 

Así, llega ese cielo particular que solía reflejarse en la cúpula de cristal de la época republicana, ese cielo de claros y nubes, ese panóptico que se posa en el lienzo y lo degrada en un espectáculo natural que se vuelve tan indiferente para muchos, y para pocos un verdadero instante para tomar un cautiva postal, ese mismo cielo, en donde se despide el día y llega los mantos oscuros de la noche acompañados de luna o nubes o simplemente estrellas que se ocultan por pena a ser vistas y que ocultan de nuestra vista la silueta de la ciudad y dan paso a las estrellas terrestres que iluminan en ese pequeño mundo la silenciosa y a veces terrorífica noche de la ciudad.