La sal de la Tierra

Sebastião Salgado no es un fotógrafo. Es un poco como decir que Borges es (fue) un escritor. El término se queda tan corto que uno quisiera que tuviera mil palabras entre letra y letra para poder encajar en las letras que forman “fotógrafo” lo que logra él con sus imágenes. No se sabe bien, en palabras de Eduardo Galeano si esculpe o fotografía, si son los ojos de un ser divino o la visión del infierno lo que nos pone de frente en cada disparo.

Por años fotografió, después de haber dejado la comodidad de su puesto de economista en la Organización Internacional del Café en Londres, temas en donde lo más espeso, oscuro y áspero de  la condición humana emergía en forma de imágenes tan hermosas como desconsoladoras. Mundos que nunca han cabido en el imaginario de las postales que tanto gustan a los que podemos pagar las comodidades urbanas, seres que resultan ser el alimento de una máquina productiva y de poder que los despanzurra como cualquier otra materia prima con la que se sostiene orgullosamente el mundo civilizado. No seres humanos, sino simple biomasa.

 

Pero nadie es inmune a lo que presencia, ni a lo que lo rodea (que por eso muchos prefieren no ver ni saber, para no sentir) y Sebastião no es la excepción. Tantos años de ver obreros en las peores condiciones, humanos sobreviviendo y muriendo como moscas, mientras él ahí, con la impotencia del que solo puede denunciar, los retrata con su cámara. Y con cada disparo comienza a morir un poco su alma.

 

Buscando vivir, vuelve a su casa primera, la finca boscosa de su padre. Pero, al igual que su alma, los años de abuso sobre la tierra deforestada en pro del desarrollo, habían acabado con casi todo lo que había sido. Casi todo lo verde, húmedo y vivo se había ido. Una lápida con aires de sentencia absoluta parece certificar la muerte. Pero nacer y morir son una sola cosa, como nos lo recuerda Galeano (¡siempre Galeano) de una leyenda makiritare:  La mujer y el hombre soñaban que en el sueño de Dios aparecía un gran huevo brillante. Dentro del huevo, ellos cantaban y bailaban porque estaban locos de ganas de nacer. Dios, en su sueño, los creaba y, sin dejar de cantar, les decía: “Rompe este huevo y nace la mujer y el hombre. Y juntos vivirán y morirán. Pero nacerán nuevamente. Nacerán y volverán a morir, y otra vez volverán a morir y otra vez nacerán. Y nunca dejarán de nacer, porque la muerte es mentira”

 

Todo lo muerto vuelve a nacer y cada ceniza carga consigo las semillas de nueva vida. Sebastião, de la mano de su mujer, Lélia Wanick, devolviendo la sombra de los árboles tercamente al piso, hace que el aire comience a dejar de llevarse la humedad, y con el agua vuelven los pájaros y con ellos vuelve a germinar el bosque ido, que también se instala en su corazón para salir a buscar por casi una década el Génesis, su nuevo trabajo fotográfico, por todo el mundo.

 

No hay tierra sin esperanza, ni corazón seco que no pueda, con el abono necesario, volver a construirse, así haya dejado de latir. Así hayan vivido en él todos los demonios posibles y su memoria consciente no tenga ya rastros superficiales de alguna bondad. Siempre se puede volver a nacer.

 

Volver a nacer después de estar muertos por décadas, como hemos estado muertos un poco en este país. Muertos y muriendo. Muertos y matando de todas las formas posibles. Negándonos la bondad, exterminando la vida de “los otros” porque creemos que los otros no somos nosotros. Destrozando a los otros y a lo otro, porque el odio nos hace creer que no pertenecemos al mismo universo, a la misma tierra, a la misma vida.

 

En este país que ha exterminado a hombres mujeres y niños, de todos sus rincones, pobres, ricos y no tan ricos, por machete, bomba teledirigida, motosierra, cilindro dinamitado, papa bomba o EPS. Este país que ha matado desde la ley para hacer el bien y librarnos del comunismo –vade retro, satán-, desde la subversión del pueblo para acabar con el monstruo imperialista representado en el pueblo mismo con otro uniforme y que ha creado la sopa de cultivo perfecta para todos los atajos delincuenciales posibles, que matan más que la misma guerra civil. Este país, cuya guerra se vive a escala en cada hogar, en cada escuela, en cada oficina, donde cada quien ejerce su propia injusticia, su propia agresión, su propio imperialismo. Este país en el que hemos sido víctimas y victimarios, aplaudidores y lloradores en simultanea. Este país de emboscada y bombardeo, de prensa y público manipuladores y manipulados, de sangre desperdiciada, construido sobre pantanos de sangre y hambre, volverá a vivir.

 

Volverá a vivir porque la vida ha seguido ahí, dando la lucha, resistiendo en actos absurdos y hermosos de heroísmo y fe, construyendo espacios de paz y de respeto a pesar de las lápidas que han certificado que solo la violencia prevalecerá. Ahí, despacio, sin ruido y sin descanso, la vida no ha dejado de tender sus hilos, casi invisibles, para devolverle a esta tierra de sal todo el verde y el frescor al menor amago de cariño que este país le devuelva. Pero al igual que la finca de Sebastião y el Génesis que construyó, eso no ocurrirá solo. O al menos no, si queremos estar ahí para verlo. Este país, como ese bosque, tendremos que construirlo de nuevo. La tarea apenas empieza.