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La real frontera imaginaria

COLUMNA OPINIÓN «Las viejas apelaciones a los chovinismos raciales, sexuales y religiosos y al fervor nacionalista ya no tienen fuerza. Se está desarrollando una nueva conciencia que ve la Tierra como un simple organismo y reconoce que un organismo en guerra consigo mismo esta condenado: somos un planeta» Carl Sagan. 1978

El recuerdo que tenía en la cabeza del mapa de eso que nos enseñaron a llamar “patria” en la escuela se desdibujó finalmente un día sin mucho esperarlo y ya bastante entrado en años, cuando llegando a uno de sus lugares más llamativos de dicho mapa, la punta de la Amazonía, en dónde se ubica Leticia, lo único que vi desde el aire fue un tapete verde oscuro , surcado por una culebra marrón perezosa llamada río Amazonas. No existía la tal patita que tanto dibujamos en la escuela, ni había ninguna línea recta que me indicara dónde terminaba Colombia, “mi patria” (léase en tono circunspecto) y empezaba la de los otros, el extranjero.

 

Ya en tierra la cosa se acentuó aún más. Sin darse cuenta, uno podía estar en Perú, Colombia o Brasil. Las lenguas, las razas, la música fluyendo, como el mismo río que sube y baja modificándose cada día según su caudal. La tal frontera en la que siempre había creído no existía. Era imaginaria. Y sin embargo, así y todo, guardias armados de un uniforme o de otro, creían en ella y la volvían real a la fuerza de sus miradas escrutadoras, abusivas y paranoides como los son tantos otros portadores de poderes que no existen y que se hacen reales por su presencia pesarosa.

 

Límites imaginarios hechos reales a partir de acuerdos forjados en guerras o tratos comerciales. Cercas de alambre, barreras de cemento que luego se trazan en el papel. Dentro de esos construidos mentales, de territorios administrados que creemos tan normales y tan para siempre, es que nos movemos conceptualmente.

 

Hasta aquí puedes pasar. De esta raya hacia acá es mío y de ahí para allá mira a ver. De la línea hacia adentro queda lo bueno, lo que vale la pena, por lo que me haría matar o mataría, así no entienda bien qué significa eso que llamo con tanto ardor “mi patria”. Afuera de ella, lo extraño, lo malo, lo peligroso y seguramente lo culpable de mis males. Mientras tanto, del otro lado, se piensa igual, solo que desde ese lado el extranjero soy yo.

 

Lo mío es lo que vale, lo tuyo es lo desconocido, lo juzgable y lo tal vez no tan válido, como una proyección de nuestra primera frontera, nuestra propia piel, que define hasta dónde llega el “yo”, el ser propio, el individuo, el principio y fin del universo personal, que juzga el universo fuera de él desde su propio rasero y lo percibe como estéril y carente de identidad.

 

Lo que está afuera, cualquiera que sea el límite que definamos, es siempre el extranjero, lo que no es como yo, ni como los míos y por tanto es diferente y por lo general, en este culto al valor del yo (yo-persona o yo-patria) menos valioso.

 

La civilización soy yo, vamos repitiéndonos para convencernos. Por fuera de mi, los bárbaros, lo deleznable, lo peligroso, los otros, los que no son yo, lo que no importa siempre y cuando no me toque.

 

Curiosamente esta definición de frontera de la que hablo se suele crear y difundir no desde los bordes, sino desde los centros, que miran las lejanas líneas divisorias sobre sus mapas coloridos y mentirosos con absoluta desconfianza e ignorancia. Si se tomaran la molestia de tratar de entender al borde yendo a vivir a él se enterarían, como me enteré yo en el Amazonas, que el límite no existe y que así como uno no se entera cuándo acaba su niñez y principia su adolescencia, tampoco llega a haber

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un hecho real –más allá del rito construido- que indique qué te hace ser de un lado o de otro, diferente de los pedazos de plástico y papel que certifican las identidades en los territorios administrados que llamamos países y que tanto fervor nos despiertan cada vez que las cíclicas estaciones políticas o deportivas –que al final son casi las mismas- nos recuerdan que imaginamos que somos más que un país, una nación y que, claro, somos lo mejor del mundo mundial. Ilusiones.

 

Y entérate, que no es solo cosa del subdesarrollo, no. Cada país se lo cree, y entre más su riqueza y “desarrollo” de las naciones imaginarias, con muy contadas y notables excepciones, más el convencimiento de su imprescindibilidad y de su derecho inalienable de hacer con “lo extranjero”, con lo que va por fuera de sus fronteras, lo que le parezca mejor para sus intereses y principios, con la impunidad que corresponde a su propia auto otorgada estatura moral.

 

Cree así Europa, por ejemplo, que puede hacer sus guerras humanitarias de destrucción por décadas en Oriente Medio para sostener a sus nacionales y a sus empresarios en casa, sin que ni una gota de sudor o mugre los venga a ensuciar nunca. Ni en forma de refugiado, y mucho menos en forma de guerras dentro de su territorio. El “bebo pero no me mojo” como doctrina, mientras ven morir como moscas a los desplazados tratando de huir por el Mediterraneo o por sus fronteras del Este “ Pobre gente, pobres países. No sé por qué no logran desarrollarse, pero que acá no vengan, que afean todo”. Plagas que han de ser exterminadas o dejadas morir sin más.

 

Cree Donald Trump que la solución para los problemas de Estados Unidos es levantar un muro de 3.000 kms para evitar que entren los mexicanos, pues ellos son per se el problema, y no el despilfarro de modelo económico, ni su complejo industrial militar, ni sus corporaciones ladronas. “El problema son los mexicanos” repite y la audiencia aplaude vomitiva.

 

Cree Venezuela que la solución para sus problemas es devolverle a las patadas a los colombianos que Colombia misma sacó corriendo hace 8 años, bien buscando la salud o la educación que no tenían, bien por salvar la vida que querían quitarles para quedarse con sus tierras los refundadores de la “patria” que hoy van con megáfono a decirles que los quieren defender, que ya no creen que “no estaban sembrando café”. Todo por la “patria”, que la “patria” aguanta todo ¿eh? Porque siempre y en todo caso, los culpables están afuera. Nunca seré yo, ni que se me ocurra que algo de mi actuar tiene que ver con lo que ocurra en mis fronteras. Que para eso están los bárbaros. Para echarles la culpa. Así nuestros ojos no vean que mientras nos desgarramos las vestiduras pidiendo guerra y dureza por la injusticia que está ocurriendo con los que desplaza la Guardia Nacional Venezolana en Cúcuta, aquí por dentro de nuestra “patria” apenas si se menciona cuando los que nos dicen qué es y qué no es la patria hacen lo mismo con la baja voz de los que cuentan la realidad y de nosotros mismos, que aplaudimos lo que no nos toca en carne propia. Porque es que eso es diferente ¿o no?.

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